Martes, 03 Marzo 2009 16:17

ALFREDO “BIÓNICO” ZEA Parte I de III

Escrito por Pablo Zulaica Parra
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Parte I  de III

“Que los franceses te elijan mejor jugador vale más que cualquier mundial”

ALFREDO “BIÓNICO” ZEA, IXTLAHUACA, EDO. DE MÉX., 1960. PELOTARI.

En el Deportivo Ferrocarrilero se enfrentaban, en partido de exhibición por parejas, una leyenda de los frontones y una de las mayores promesas del momento. Lo de exhibición es relativo porque Alfredo acaba de perder mil pesos a causa de los largos golpes del joven Momo. Alfredo Zea, dos veces campeón del mundo de trinquete, es para todos “El Biónico”. Y a sus 48 años y ya fuera de los mundiales, apostarse la victoria “entre cuates” es ahora casi la única forma de ganarse la vida.

Es una concurrida tarde en este rincón de Azcapotzalco destinado al esparcimiento de los antiguos empleados del tren, como atestigua una vieja locomotora Baldwin que luce al sol convertida ahora en parque lúdico. A metros del lugar, tras los muros del viejo frontón y sobre las vías, esperan al próximo servicio flamantes trenes de CAF.

El numeroso público que invadía la cancha pese a la indignación de Alfredo se dispersa tras el partido. Él, con sus ciento sesenta y pocos centímetros, su figura poco atlética y un dedo machucado, se seca el sudor, cambia de playera y se prepara para la entrevista a un costado del frontón. Uno se pregunta cuál es la facha de un campeón del mundo y seguramente no piensa en esa. Pero es que en pelota no todo es ser alto y grande. “Nosotros tenemos cuerpo de aztecas”, dice Alfredo, “y nuestros antepasados también jugaban pelota”. Visto así, no suena extraño que Alfredo y otro puñado de aguerridos pelotaris se adjudiquen títulos mundiales  cada cuatro años.

El nacimiento de El Biónico.

Ganador siempre, pero buen perdedor cuando le toca; sociable como el que más, pero con carácter; y sencillo en el fondo, aunque incendiario si hay que serlo. Alfredo lo tiene todo. Sabe que ha sido y es aún un héroe, pero no de masas, sino underground. Un héroe de la pelota, que es como decir de las paredes de las colonias, de las esquinas decrépitas, de los barrios y los pueblos del Valle de México. Suena extraño porque, en Francia, la prensa lo adora.

Aquí, a los pelotaris nadie los llama por su apellido y en los carteles más bien parecen luchadores. Al Biónico, su apodo le confiere el aura mítica que su físico no le brinda y es que el personaje de Alfredo, como todo héroe, tiene un nacimiento mitológico. Era un día de 1982. “Yo me estaba llevando a dos en esta cancha”, comenta, “uno con pala y otro con mano, con la pelota de tenis”. Por esas fechas la televisión empezaba a emitir ‘El hombre biónico’, las aventuras de un astronauta enviado al espacio cuya nave explota y cae a la Tierra, pero sobrevive. En Estados Unidos le reemplazan un brazo, una pierna y un ojo dañados por piezas robóticas, “de modo que corre a setenta por hora, aplasta objetos con el puño o ve un alfiler a cien metros; en fin, cosas increíbles.” Tras el inciso, Alfredo continúa: “En una jugada, el de la pala me mandó una bola al final, al rebote; yo la corrí, me tiré al suelo y se la reboté. De allá salí corriendo hacia el otro extremo de la cancha, luego el de la mano me la dejó muerta y de pronto sintió que alguien le pasaba volando: ¡Ssssh...! Le había adivinado el tiro a tabla. Entonces, él se volvió a contratabla, yo se la devolví a contraesquinita y se la gané.” Y el amigo que miraba, sorprendido, le dijo: “Y todavía se la ganas... ¡pareces Biónico!”

La aventura hacia el primer mundial.

Meses después llegaron unos vascos a celebrar una semana internacional de pelota. Lo vieron chaparro y con su traje blanco, ellos de uno noventa, y le preguntaron si jugaba. Respondió que apenas comenzaba a pegarle un poco, pero para sí, él se sabía “un Titín en pequeñito”. Cuando llegó su turno empezó el espectáculo. A dos paredes y de aire, una vez, otra... a los pocos minutos tenía a toda la comitiva mirando y comentándolo.

Se avecinaba el primer mundial, el de 1982, y era en casa. Alfredo había salido campeón nacional de mano parejas y un día el entrenador le dijo: “Vas a jugar trinquete”. La respuesta no fue sino otra pregunta: “¿Qué es eso?”. Alfredo, resignado, comenzó a familiarizarse con los nuevos elementos, la tejavana, la red, el fraile y el chaflán. Pero para aquel entonces apenas faltaban quince días para debutar “¡y ni siquiera la pared de entrenamiento estaba completa!”. Y así llegó al primer partido. El uruguayo Carlos Iraizoz lo derrotó por 40-35. Sólo tras el choque el joven Alfredo supo que acababa de lidiar con el doble subcampeón mundial. Además, le había hecho veinte tantos seguidos al charrúa, que mandó pedir a su embajador una máscara de oxígeno mientras el Biónico correteaba por la cancha como pez en el agua. En el partido siguiente se estrenó como ganador derrotando a Estados Unidos, pero el padre de Momo, de nombre Fernando Medina, como él, perdió contra España y quedaron sin opciones. La prensa local anunciaba el último partido de México como intrascendente, y además, resuelto de antemano: el Biónico en su recién descubierto trinquete contra la poderosa Francia, los campeones, los inventores. Pero parece que los galos despreciaron la altitud y la aclimatación no fue la idónea. Tras cincuenta minutos, el marcador quedaba en 40-22 para el Biónico. “Lo hice pinole a Joseph Flanders”. No olvida su nombre por una feliz casualidad: en 1992, en uno de sus numerosos paseos por Iparralde en busca de frontones, al pasar por un pueblito el derrotado lo reconoció a él. Diez años antes, justo a su lado, había nacido El Biónico.

continuará...

 

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