Martes, 10 Marzo 2009 18:00

ALFREDO “BIÓNICO” ZEA parte II de III

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ALFREDO “BIÓNICO” ZEA

Parte II de III

Sólo por detrás del campeonísimo.

El mundial de 1986 se celebró en Vitoria. A él llegó como campeón nacional de tres paredes –mano, frontón corto-, pero nuevamente por decisión técnica se vio abocado al trinquete. En el primer partido se topó de nuevo con Iraizoz, el uruguayo, en una oportunidad inmejorable para vengarse e inyectarse de moral que Alfredo no desaprovechó: 40-20. Después se topó con el representante de EEUU, luego con su amigo Presa, y así se plantó en su primera final. En el gran partido no hubo lugar a la sorpresa: tenía enfrente al campeonísimo, Martiarena, que le endosó “una soberana paliza”: 40-10 para el francés.

De Vitoria no sólo se llevó la plata. También una bonita amistad con el menciondo Presa, que aún persiste y que la prensa de la época se encargó de retratar. Alfredo acababa de vencerlo y Presa no sólo lo llevaba de paseo o a ver museos: lo estaba alojando en Sodupe con su familia y sus amigos. Pero aparte, fue el propio Presa quien le dio la oportunidad de conocer a su primer ídolo, José María Palacios “Ogueta”. Lo encontraron de intendente en un frontón. Presa los presentó y el recio alavés le tendió “una mano de acero, dura, dura.” En el frontón gasteiztarra que luego llevaría ese nombre, Alfredo recuerda a la perfección una placa “al mejor pelotari alavés de todos los tiempos”.


El oro cubano, dulce como el azúcar.

En Cuba’90 se dieron un cúmulo de circunstancias favorables que auguraban un mundial prometedor. En primer lugar, el clima caluroso de la isla era más plácido para los mexicanos que para Francia, como siempre el rival a batir. En segundo lugar, frente a tanto sacrificio y tanta penuria económica, por fin hubo una pequeña beca nacional esperando un triunfo mexicano que supondría un gran alivio para la familia del ganador. En tercer lugar, la progresión del Biónico era manifiesta y, ya sin Martiarena, se preveía un desenlace muy distinto al del mundial precedente. Y así fue. Sin demasiados problemas se deshizo en la final del galo Aguerre, último escollo para proclamarse campeón mundial individual de trinquete. Tras veintiocho años, México desbancaba a Francia, que había ganado siete mundiales consecutivos desde Pamplona 1962. “Ellos jugaban porque eran profesionales; yo, porque había beca”.


El escaparate olímpico y el bonus.

Al año siguiente de la hazaña, en 1991, el seleccionado volvió a Cuba, en esta ocasión para disputar los Juegos Panamericanos. Sin España ni Francia, Alfredo y México fueron campeones continentales. Pero el gran premio, el escaparate mundial, llegaría en 1992. En las olimpiadas de Barcelona, como ya antes había sucedido en París 1924 y en México 1968, el frontón entraba en el programa como deporte de exhibición. “Jugué un partido nada más”, reconoce, “porque fui suplente de Saldaña. Y salimos campeones olímpicos del trinquete mano parejas.” Fue algo extraño para Alfredo. A la postre, el “ábrete Sésamo” del dinero porque suponía que los campeones pasaban a formar parte de la beca vitalicia de la Confederación Deportiva Mexicana (CODEME) para medallistas olímpicos. En lo personal, un premio deportivamente menor, o en todo caso, no mayor que lo de Cuba, pero para alguien que apuesta media vida al sacrificado mundo de la pelota tuvo una trascendencia sin igual.


Una plata para tocar el cielo.

En lo deportivo y en lo personal, el de 2004 en San Juan de Luz fue el mejor mundial de Alfredo. Era el vigente campeón a costa de desbancar a Francia, derrotada también en parejas en Barcelona. Así que llegaba a la tierra del trinquete, donde cientos de fanáticos enrabietados apoyarían desde las gradas para recuperar la hegemonía. Ganar ese mundial sería como entrar al cielo.

Nuevamente alcanzó la final. El rival era un joven jugador local, Thierry Etcheto. El partido transcurría parejo, pero Alfredo aún mandaba en el marcador, 36-34, y había conseguido fatigar al francés. Defendía el punto y se disponía a sacar. La experiencia le decía que todo era una cuestión de mente, de mantener la tensión y no dejarse vencer por la euforia ni el vértigo a la derrota. “No te enfríes ahora, puedes ganar aquí”, se dijo a sí mismo. Por eso se dio dos golpes fuertes con la mano en la cabeza. El 36-34 resultó el clásico momento en que uno rememora todo el camino andado. A Alfredo le subió la adrenalina, pensó en la familia, en dónde había llegado, en los países que había podido conocer sólo por la pelota, en las amistades vascas. Sabía muy bien del riesgo de no tener la mente a raya en esos momentos. Días antes, había visto a Etcheto destrozar a su suplente grandote por falta de confianza. Entonces, comenzó a andar. “Caminando sentí un calambrazo y se me enchinó todo, desde el dedo pequeño.” En los momentos decisivos, sólo gana el que está hecho para ganar. “Hay quienes están hechos para aguantar y quienes para explotar.” Lo de siempre, el problema de México.

Etcheto ganó 38-40. La cámara captó a Alfredo llorando. Momentos dramáticos, emotivos al máximo. El campeón mundial entregando su victoria. “No lloré porque perdí el título. Lloré porque me acostumbré a ganar. Lloré por lo que dirían al ver a mis hijos: ya no podrían decir, mira, ahí van los hijos del campeón.” Parece que, más allá de haber salido vencedor cuatro años antes, el perder de aquella manera anulara esa condición. “Era por mis hijos. Yo, por mí, pasaba desapercibido.” Sin embargo, al salir, quedó boquiabierto: Fuera del frontón tenía una fila de quince metros para pedirme un autógrafo”.

El premio del jurado.

La final había terminado, pero no el mundial. Alfredo había conocido a Pampi Laduche, toda una institución de los frontones franceses. (Y españoles. Fue, ante Retegui II, el primer francés campeón de España). De origen humilde como Alfredo, desde muy pronto se entendieron y se hicieron íntimos. Pampi era y es una persona muy activa, que además de jugar, organizaba competiciones e incluso cantaba profesionalmente –ahora es botillero de Xala, Arizmendi y González, en el circuito profesional-, así que era una persona muy popular en Iparralde. Nada más terminar el partido se lo llevó a cenar. Pasaron varios días de casa en casa, honrando con su presencia a aficionados, empresarios y personalidades que acudían a Pampi para invitar a El Biónico. La figura de Alfredo, tan sociable, fue aumentando su carisma y éste, complacido y consentido, no hacía sino aceptar comilonas que siempre acababan en borrachera. Además, ellos alucinaban con México. “En sus casas tenían decenas de discos de José Alfredo Jiménez cuando yo sólo tenía un par. Nos la pasábamos bailando con Pampi, y cantando su canción preferida, ‘El el viejo San Juan’, de Javier Solís.” Hasta que llegó el día de la clausura, algo que a Alfredo le encanta por ser el momento más fraterno entre los pelotaris, donde los jugadores se reencuentran al calor unos de otros y charlan sobre los cuatro últimos años. Se montaron en el carro de Pampi y salieron aprisa. Al llegar, Alfredo recuerda que abrió la puerta del vehículo, decidido, y antes de justo al caerse en redondo afuera, Pampli lo agarró. “Tú así no vas a ningún sitio”.

continúa....

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