Domingo, 22 Marzo 2009 18:00

ALFREDO “BIÓNICO” ZEA Parte III de III

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 ALFREDO “BIÓNICO” ZEA

Parte III de III 

En esos días, Pampi intentó organizar un amistoso de revancha contra Etcheto. Aparecieron patrocinadores, Pampi abogó por su amigo y vista la reputación lograda, pudo cuadruplicarle la oferta económica por jugar. Le pagaron 20.000 francos que al final hubo de repartir entre la expedición. Pero en un último instante, hubo  cambio de planes y finalmente jugó contra Zugasti. Hubiera sido muy sano para Alfredo, pero para el francés sería como jugarse el título a doble o nada.

Pampi Laduche, por Xavier Lorente-Darracq. Pampi y Zea, grandes
amigos,  se apodan “Toro” y “Torito”, el uno al otro.

Ahora sí, el mundial había terminado. El autobús esperaba frente al hotel de la expedición mexicana para llevarnos al aeropuerto. Alfredo llegó el último, y un compañero le dio la enhorabuena. ¿Enhorabuena por qué? Alfredo no entendía. Entonces lo llevaron a la recepción, habían dejado algo para él. Era un trofeo con el nombre de El Biónico, que decía: “San Juan de Luz’94 - Mejor jugador del mundial”. Con aquello entre las manos, Alfredo no se sintió pelotari: se sintió tenista. “Sólo que sin tanto dinero”, bromea. Hasta la

fecha, es la única vez que un pelotari mexicano ha logrado esa distinción. Y, según supo luego, la votación fue unánime. Fue el mejor reconocimiento que jamás pudo soñar. “Que los franceses te elijan mejor jugador vale más que cualquier mundial.”


Federaciones y otros males necesarios.

A partir de entonces, Alfredo continuó su participación internacional alternando titularidades con suplencias. Con la selección, fue de nuevo campeón panamericano en Argentina’95, en la primera edición de la Copa del Mundo de Bayona (Francia) de 1997 y, finalmente, oro como integrante del equipo de parejas en el mundial de Pamplona’02.

Sin embargo, se veía involucrado cada vez más en cuestiones políticas, líos internos de la federación que terminaban por hacerlo a un lado, como la decisión de apearlo del mundial de trinquete de Bayona’04 pese a haber logrado plaza con un nuevo subcampeonato mexicano. El entonces presidente de la federación, Pepe Musi, compañero, ídolo y amigo de Alfredo, firmó un documento que contravenía lo establecido y con el argumento de dar paso a las nuevas generaciones, lo dejaba fuera.

Más allá de aquella decepción concreta, lo que más lamenta de los entrenadores y federativos son quizás los procesos de selección de jugadores. Cuando en un mundial alguien le pregunta sobre la presencia de un representante mexicano que ha salido vapuleado, él, resignado, responde que “salió campeón de México”. “Muchos creen que ganar a tus paisanos garantiza luchar por una medalla en un mundial. Van sin experiencia y no los preparan mentalmente. Como cuando llevaron a los indios tarahumaras a  unas olimpiadas y los obligaron a correr con tacos, menudo desastre. Ganar aquí es una cosa, pero pelear un mundial es otra muy distinta.”

Otro factor que a Alfredo le pesa mucho es la rivalidad desaforada entre los frontones, especialmente en el sur de la ciudad. Como los de Xochimilco y los de Tuylehualco, por ejemplo, pueblos o zonas que son verdaderos nidos de pelotaris donde el recelo y los intereses, sin duda, perjudican la salud de la pelota.

Alfredo distingue muy bien entre lo que es deporte y lo que no. Asegura que ha “tirado periódico” muy duro contra las instituciones mexicanas, “una bola de ineptos capaces de mandarte a un mundial habiendo entrenado otra disciplina diferente”, como en su día dijo. A Etcheto, en el pódium de San Juan de Luz, le dijo: "Felicidades, no es que haya querido perder, pero sé que ahora la medalla vuelve a quedar en buenas manos."

Ahora, mal que bien, los jugadores tienen beca. A los medallistas de exhibición ya no les dan lo mismo que a los oficiales y paralímpicos, pero algo es algo. Han tenido que recorrer despachos, cargando sus diplomas y medallas, y argumentar decenas de razones, desde las federaciones hasta Los Pinos incluido. Pero los problemas, al parecer, son dos. Uno, el nepotismo y los intereses. Y dos, que los de arriba son políticos, no deportistas, totalmente ajenos a las canchas. Alfredo cuenta cómo a Raúl González, anterior secretario de la Confederación de Deportistas, le costó darse cuenta de la situación, pese a que él, como atleta, lo había vivido en carne propia en las olimpiadas de Los Ángeles.  Tras ganar con sus famosos tenis rojos, los periodistas mexicanos lo encontraron afuera del estadio angelino, desolado. El nuevo campeón olímpico lucía traje de charro, sombrero y medalla, y los reporteros le preguntaron qué le sucedía. "No tengo dinero ni para comprar un recuerdo", respondió. En esa época no había una mísera subvención para nada. Entonces, todos los reporteros pusieron cien dólares y le juntaron otros mil al grito de “una ayuda para nuestro campeón”. Al cabo de los años, González, al que Alfredo tiene en mucha estima, dio la razón a los atletas.

Otra anécdota que no tiene pérdida es la de Vicente Fox jugando un partido de tenis contra George Bush, que le dio una paliza. Entonces, el avergonzado presidente mexicano adujo ante la prensa que todo se debía a esas zapatillas tan malas “con una W delante” que le habían comprado y resbalaban. La W en cuestión era de Wilson, marca indiscutible en el mercado del calzado deportivo.

De su juicio demoledor quizás no se ha librado casi ningún funcionario público. Pero en sus comentarios, es escrupulosamente respetuoso con sus rivales en el plano deportivo, a varios de ellos los admira sin tapujos y se alegra de sus éxitos afuera. Tiene conciencia de que muchos de ellos han vivido situaciones similares a la suya y mantiene muy clara la pertenencia al ‘gremio’, por muy rivales que sean.


El estado de la pelota en México.

Para Alfredo, es obvio que falta un complejo de frontones, “porque hay gente que juega, pero no pueden progresar”. Son muchos los rincones de la ciudad que tienen una pared improvisada como frontón. “En la calle hay necesidades, y la mayoría de chicos no quiere trabajar. Hay quien se consigue una pistola y asalta, y si entra al reclusorio, sale y ya.” Compara la pelota con el boxeo, porque todos los chicos salen de la pobreza. “Con el deporte, nuestra mente está más limpia. Los niños crecen mejor, no sufren por que su papá falta porque está en la cárcel o porque lo mataron, los jóvenes no beben tanto...”

Pero a sus ojos, que han viajado por los frontones del mundo, en México nadie parece amar el juego en profundidad. “Para empezar por lo que tenemos cerca, yo en estos juegos pondría música. Esto es una fiesta popular, y aunque ahora ya hay más aficionadas deberían venir más mujeres, como en Europa.” Pero a la mayoría de los jugadores no les gusta ni vestirse de blanco, “que es el color del pelotari, reflejo de la nobleza de este juego; jugamos con pelota de tenis o con guantes para no hacernos daño, y luego no sabemos pegarle a la dura; no tenemos cultura de comer bien, y se nota en la preparación; y cuando somos público, si pagamos los pocos pesos de la entrada, invadimos el espacio de juego.” Ese espacio, normalmente, está resquebrajado, es de cemento, con un piso que no resbala, que muele las rodillas y nunca está cubierto. “Jugamos bajo la lluvia, te caes, te rozas... como los aztecas de hace siglos.” Ya no se corta la cabeza del vencedor, ni del vencido, ni se la bota rodando para que salgan siete cabezas de serpiente y su sangre fecunde la tierra. Pero en cierta forma, mientras no los reconozcan, sigue siendo el juego de la vida y la muerte.

El frontón es para siempre.

“Soy un hijo de la calle. Siempre ando en la calle y mi techo sigue siendo de lámina”, declaró en el 94 a un diario francés. No es por nada que Alfredo lleva en los frontones callejeros desde los trece años. Sus padres se separaron cuando él tenía nueve y su mamá se mudó con él a Xochimilco, donde trabajaba de siete a doce en una tortillería. Justo enfrente había un frontón, y siempre que acaba de ayudarle Alfredo salía a ver jugar. Entonces, su mamá falleció y su tío se encargó de él. Le dio un cajón y lo mandó a bolear (lustrar) zapatos. Tenía que sacar una media de cincuenta pesos y devolver veinte de ellos para sustentar a sus dos medios hermanos. A los trece años comenzó a jugar con los chóferes de los peseros en un mercado de la zona. Ya podía bolear, vender dulces o hacer de albañil, que nunca salió del frontón. Hasta que comenzó a apostar, y se dio cuenta de que podía sacar lo mismo jugando que en seis horas boleando. Nunca lo dejó. Se casó temprano, y a los veinte, su mujer quiso verlo trabajando. Entró a una fábrica de pantalones de mezclilla, en horario nocturno. En el día, estaba sonámbulo y empezó a perder partidos, así que al medio año lo dejó para centrarse exclusivamente en el juego. Como todo deporte, opina que es cuestión de constancia y sacrificio, pero en su caso fue sobre todo necesidad. Lleva treinta y cinco años golpeando la pared, con diez pelotas diferentes.

Es por eso que ahora, después de tantas luchas, ya no espera gran cosa a la federación. Quizás porque llevan décadas discriminando a los de mano y no cree que nada vaya a cambiar. En todo caso, le encantaría que alguien lo llamara para ser entrenador. O para comentar retransmisiones, ya sea en el mundial. “Al fin y al cabo, si yo necesitara un palista, llamaría a Pepe Musi.” Si necesitan un manista, pocos habrá con más experiencia, oficio y disposición que él, porque su único medio es éste. “Yo voy a morirme en un frontón. Sin frontón, estoy de malas.” Tal vez pudo desempeñarse en España, se lo recuerdan los amigos, pero en su día no lo tomó muy en serio y prefirió los frontones cerca de su casa, pese a la situación.

Para completar el dinero que le da la beca, y al igual que otro puñado de veteranos, Alfredo es asiduo de las “jugadas”, pequeños torneos que se organizan regularmente y cada pocos días por los pueblos del Valle de México. Mira si pagan viáticos, comprueba la cantidad que está en juego y entonces sopesa. Tiene los meniscos amolados, y juega con los dos tobillos vendados, pero de momento no quiere operarse. “Si me detengo, ya no vuelvo. Así que, mientras duren los ligamentos, seguiré.” Y quizás incluso sin ellos,  mientras la bola sea redonda parece que El Biónico tendrá hacia dónde correr.

                                                             FIN

 

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