Viernes, 14 Noviembre 2008 05:50

ITZIAR OLABEAGA, VIUDA DE ANASAGASTI

Escrito por Iñaki Anasagasti
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HOMENAJE A MI AMA (BIOGRAFÍA)

ITZIAR OLABEAGA, VIUDA DE ANASAGASTI

Por Iñaki Anasagasti 

El exilio del Partido Nacionalista Vasco se dirigió fundamentalmente a Venezuela. Se han cumplido más de sesenta y cinco años y no estaría nada mal contar las cientos de historias que se fueron entretejiendo en aquel país tropical y la reacción de unos vascos vencidos obligados a dejarlo todo, quedándose con el cielo arriba y la tierra abajo, a los que les robaron lo que tenían excepto su ilusión y su juventud.

Ellos fueron víctimas del terrorismo aunque nadie les ha reconocido nada y mucho menos les han dicho una palabra mágica: "perdón". Todo lo contrario. Fraga que se sigue jactando de haber sido ministro de una dictadura y Aznar, Rato y Rajoy nomenclatura de un régimen, todavía no han condenado la guerra civil.

 

Por este motivo vamos a contar la historia de una pareja. Una de las muchas a las que les tocó vivir aquella odisea no sabiendo ni donde estaba Venezuela cuando, justo, justo habían salido de su casa.

Itziar, era la mayor de 5 hermanos. Su aita (padre) era Director del Banco Gipuzcoano de Zarautz. Lo había sido en Deba y en Zumaia. Iba ascendiendo. Su madre, se ocupaba de la casa, la familia, y acudía a la Iglesia. Devota de la Virgen del Carmen, nos la podemos imaginar en misas, procesiones y via crucis.

Era una familia nacionalista euskaldun. El hermano mayor, Joseba, activista del PNV, de los que escribía y organizaba cosas. Los demás, lo clásico: el batzoki, los bailes vascos, el "Aberri Eguna", las excursiones.

Un mal día estalló la guerra. Era el 18 de julio de 1936.

A UN CASERÍO EN AIZARNAZABAL

La sublevación militar estalló el 18 de julio de 1936. En Gipuzkoa la batalla de Irún fue sangrienta. En Donosti la sublevación del Cuartel de Loyola se pudo conjurar, pero, al poco, entraron, a sangre y fuego, las tropas sublevadas. Moros, requetés, falangistas, militares. Era una falsa cruzada sedienta de sangre. Había que acabar con el rojo-separatismo. En Zarautz entraron el 20 de setiembre. Allí veraneaba, lo mismo que en Donosti y Hondarribi, la aristocracia madrileña. Zarautz no era una población cualquiera. Con el tiempo, y en pleno franquismo, al director del Colegio La Salle San José de esta localidad lo trasladaron por enseñar euskera en dicho colegio. Era el Hermano Ignacio, Txotx", hermano de quien fuera el director del Banco Gipuzkoano, mi aitona (abuelo) Patxi.

Begoña era la menor de los hermanos. Iñaki, el cuarto. Este les dijo que había estallado la guerra. La pequeña preguntó: "eso ¿qué es?". Pronto lo sabría. Iñaki recogió libros y papeles comprometedores y se fue a Motriko donde cogió una pequeña embarcación y, como otros tantos, se fue por mar a Donibane Lohitzun (San Juan de Luz). El otro hermano, Joseba, activista nacionalista, ante el avance de los sublevados, en primer lugar, se fue a Itziar (Deba) y luego a Bilbao.

Cuando vieron las cosas mal, decidieron ir a un caserío de Aizarnazabal. Itziar volvió con su padre a Zarautz para hacerle la maleta. Las autoridades vascas lo llamaban a Bilbao y allí se fue con dos coches de custodia.

Volvieron al caserío. Vieron como llegaban las tropas sublevadas. Las mujeres estaban asustadas. La madre les dijo que no salieran de casa. Venían contra los nacionalistas y decidieron cambiarse los nombres para no sembrar sospecha. Tenían las tres nombres de vírgenes vascas: Itziar, Arantzazu, Begoña. A Itziar le pusieron Isabel. Hasta ahí había que llegar para salvar el pellejo. Aquello iba en serio.

Llegaron los soldados. Se bañaron en el río. Querían cenar. Les prepararon la cena. Uno de ellos pidió rezar el rosario. Iban cargados de medallas y cruces. Itziar tenía su propio rosario. Un requeté, se fijó en él. Se lo pidió a cambio de una cruz que había hecho con dos ramitas. Se llamaba José Luis Larumbe y era de Pamplona.

Al día siguiente fueron a la misa de campaña. Misa de exaltación de la victoria.

Alguien vino a avisarles que saqueaban su casa. El requeté reflexionó: "no se que pasa pero allí donde vamos solo llevamos destrucción, el odio mientras ejercemos la venganza".

Larumbe les consiguió un vehículo para volver a Zarautz. Con el padre y los dos hermanos huidos, las tres mujeres tuvieron que comparecer ante un arbitrario juzgado que les reclamaba el porqué se habían llevado al caserío ropa blanca. Decían que la habían robado. "¿Cómo la vamos a robar si es nuestra?. ¿No ve usted las iniciales?".

Habían dejado, para mayor seguridad, ropa y algunas cosas en el caserío, pero las miserias de una situación tan brutal hizo que los del caserío les denunciaran y se llevaran todo.

Larumbe les dijo preocupado. "Os tengo que dejar, pero me da la impresión que vais a sufrir mucho. Nosotros tenemos que llegar a Bilbao"-. Y allí les dejó a las asustadas mujeres. Solas ante el peligro.

Les dijeron que iban a organizar en Zarautz una misa de campaña y que, como vivían en la plaza del Ayuntamiento, tenían que poner en el balcón la colgadura con la bandera española. De prisa y corriendo compraron tela y confeccionaron lo que se conocía coloquialmente como el "piper-poto". Ellas sólo habían tenido en casa la ikurriña, pero los vencedores, la habían proscrito.

EL PELO AL CERO

A la madre de Itziar la detuvieron. Su delito era el ser la esposa de un nacionalista que había obedecido al Gobierno Vasco así como que era madre de un activista nacionalista. La recluyeron en el Convento de Santa Clara, habilitado como cárcel, junto a otras nueve mujeres. A la hermana pequeña le llevaron a casa de la familia Yeregi y ella estaba en casa con su hermana Arantza a quien le habían obligado a lavar, planchar y limpiar, en la casa de los falangistas haciendo de interina.

Por las noches subían al tercer piso a dormir en casa de Nicolás Ugarte, padre del pintor Julián Ugarte. A la pequeña Begoña le llevaron a la mencionada casa de la familia Yeregi porque iba a las escuelas públicas que estaba cerca de su casa ya que habían cerrado la otra, a la que la niña acudía, por ser de monjas.

Las hermanas iban a llevarle la comida a su encarcelada madre que estaba en el convento, dándose la circunstancia de que se quedó sola ya que, las mujeres nacionalistas encarceladas, fueron poco a poco siendo liberadas.

A Itziar le obligaron a coser camisas para los sublevados. Cada vez que éstos entraban en un pueblo, con espíritu de conquista, organizaban fiestas en la plaza de la localidad. Todo esto lo vivían sin noticias de su padre y sus hermanos y en total indefensión .

Sin embargo Itziar, mi madre, no pensaba que los llamados liberadores se ensañaran con ellos como al final lo hicieron y, por eso con sus amigas, Yeregi, Lide Arostegi, Areizaga decidieron salir. Total, si algo les iba a ocurrir, les ocurriría lo mismo en casa que en la calle. Y se fueron a la calle Mayor.

Fue a la peluquería y allí le recriminaron que fuera nacionalista, achacándole que su padre y hermanos estaban fuera. Aquello no tenía buena pinta.

Pasando frente a un bar, donde estaban los falangistas, le dijeron que le buscaban a ella.

Le ordenaron subiera al primer piso. "Siéntate ahí". Le hicieron un interrogatorio. "¿Dónde está tu padre?. ¿Dónde están tus hermanos?. ¿Qué has dicho en la peluquería?.

Uno de ellos le dijo a dos falangistas: "cumplir la orden".

Cogieron las tijeras y le cortaron el pelo al cero. Itziar lloraba desconsoladamente. Era el 29 de setiembre de 1936. Día de San Miguel.

"Como sigas llorando -le dijeron- te daremos aceite de ricino".

Al verse en semejante estado, con su cabellera en el suelo, y con la chaqueta de terciopelo llena de su abundante pelo pidió que alguien le acompañara a casa. Uno lo hizo pero no llegó, a pesar de estar cerca de donde vivía, una calle paralela en la parte trasera.

Cuando llegó a su casa, su hermana Arantza viendo aquella barbaridad le dio un ataque de nervios, aunque fue peor cuando volvieron a visitarles para decirles que querían llevarle a la Misa de Campaña. Como una mascota.

Llamaron al médico Arozena. Este le dio un calmante, que no le hizo efecto alguno, y le recomendó se metiera en la cama y no se levantara. Acudieron donde un fraile, el padre Garmendia. Este logró que no fuera humillada nuevamente con semejante aberración hecha además en nombre de la religión.

Pero la juventud lo puede todo. Con una boina puesta y superando aquella humillación se les ocurrió buscar una peluca. No consiguieron ni una. Las monjas habían acabado con ellas cuando habían huido sin sus tocas.

Pero dos chicas jóvenes no podían estar solas en casa. Una prima de su padre y la familia Ugarte, la que vivía arriba y cuyo nieto ahora es un gran pintor, les dijo durmieran en su casa mientras la pequeña Begoña seguía con la familia Yeregi. Dentro de la tragedia que vivían no estuvieron solas, aunque el panorama hubiera cambiado, en un abrir y cerrar de ojos, como de la noche al día.

Sin embargo empezaron los asedios.

Un mal día tocaron la puerta. Vivían en una hermosa casa que daba a la plaza principal. Era un Guardia Civil de cierta edad. Itziar tenía puesta una boina para tapar su cabeza rapada.

El Guardia Civil le pidió pasar pues tenía que preguntarle algunas cosas. Dentro le dijo: "me dicen eres la más bonita del pueblo y quiero verte como te ha quedado la cabeza. Quítate la boina".

Itziar dijo que no. El Guardia Civil fue hacia ella. Comenzaron a dar vueltas alrededor de la mesa. En eso llegó su hermana Arantza. El Guardia Civil se fue.

Al día siguiente vinieron otros. Les gustó un cenicero. Se lo llevaron. Vieron la colección completa de Julio Verne. Dijeron que eran libros peligrosos. Se los llevaron.

Otro día le llamaron al Cuartel. Un tipo mal encarado le dijo que sabía que su madre estaba enferma y en malas condiciones en el convento. Sabían que le llevaban la comida de casa, pero que eso podía tener arreglo. "En sus manos está que su madre vuelva a casa. Venga usted esta noche a cenar conmigo un buen plato de angulas de Aguinaga" le dijo aquel tipo asqueroso.

"A ese precio, no", le contestó. Y se fue.

Recurrió a la familia Arozena. Eran gente de derechas. "Antes, en la República, hemos sufrido nosotros. Ahora os toca a vosotros" le contestaron.

EN PAMPLONA

Viviendo nueve meses en esas circunstancias tan precarias, un día el coronel les llamó al cuartel para decirles que habían sido expulsados de su propio pueblo. Porque si. Era la ley de la fuerza de los vencedores en una guerra. "Quedan ustedes despachadas, elijan donde van. Y además se van a pagar ustedes su viaje de expulsión".

Contestaron que podían ir a Etxarri Aranaz, pues allí vivía un familiar.

"Eso es lo que vosotros quisierais. Etxarri Aranaz está al lado de la frontera y lo que vosotros buscáis es escaparos. Ni hablar", contestó aquel déspota.

"¿Y a Pamplona?". "Ahí si, que es zona nacional" -replicó.

Con aquella desolación fueron a hablar con Ángel Azkue. En Zarautz como en todos los pueblos existían envidias y, producto de las mismas, denuncias. Este Azkue quiso ser el Director del Banco, habiéndose quedado en cajero. En todo aquel trance se portó mal. Como un canalla.

Habida cuenta que el gran piso era del banco le dijeron que dejarían sus cosas. Azkue accedió a que ocuparan una habitación con vestidor. Y se pasaron la noche con ayuda de una chica interina y de la familia Ugarte recogiendo los muebles de una casa que les había pertenecido. Una familia formada por siete personas. Hacía tan poco tiempo. Parecía mentira.

Hecho éste trabajo, fueron avisadas a las diez de la mañana que serían expulsadas a Pamplona. Como la madre continuaba encarcelada, las hermanas les dijeron que sin la madre no salían de Zarautz. Arantza fue donde Echeverría que había ocupado el puesto de su padre en el banco. Este que ya les había ayudado en otras ocasiones intervino para lograr la libertad de la madre que fue sacada del convento de Santa Clara. Llegó destrozada. La habían sacado del cautiverio para su directa expulsión desde la estación del tren. Como se ve, los de la Santa Cruzada actuaban con gran caridad. Acto seguido, desvalijaron el piso. Se llevaron todo. Solo se salvó el piano que se lo había pedido a Arantza el padre Garmendia que había sido su profesor de música. Más tarde se lo devolvió para que lo vendieran.

Con la familia Ugarte, y unos primos, pagado ya el viaje y con dos falangistas de custodia, fueron a la estación. Así dejaron Zarautz en un viejo cacharro de vapor de un tren de cercanías conocido como el Plazaola. Desde Lasarte, para llegar de noche a la gris y sometida Pamplona.

Gracias a Nicolás Ugarte que les dio una carta de presentación para un primo suyo que vivía en Pamplona en la calle San Antón, en la parte vieja de Iruña, y que se llamaba Luis Sarasua. Trabajaba en un bar que se llamaba "El Espejo", donde se podían comer buenas banderillas. Así pudieron dar los primeros pasos.

Debió ser dramática aquella llegada de noche a Pamplona, sin conocer a nadie, perseguidas, con poco dinero, acompañadas de policías secretas y tras haberle amonestado a la madre porque le había hablado en euskera a su hija Arantza: "hable por favor usted en cristiano", le dijo aquel esbirro.

En Iruña les recibieron sorprendidos Don Luis y Doña María Sarasua. Cuatro mujeres, de noche y de aquella maner. Cansadas del viaje, con la madre, tras nueve meses de cautiverio. Itziar con un pañuelo en la cabeza, la hermana Arantza con cara de pocos amigos por el sufrimiento, y la pequeña hablando como una cotorra en mal castellano y diciendo que les habían expulsado por ser nacionalistas. Ellos, navarros, no lo entendían, pero les alojaron en su casa diciendo: "mañana, Dios dirá". En ésta casa pasaron unos días, pero como no tenían dinero para una pensión, pues costaba 14,50 ptas. por persona, la madre alquiló una habitación con derecho a cocina en la calle Mercaderes.

En Pamplona José Luis Larumbe, el buen requeté, que habían conocido en Aizarnazabal les había conseguido esta solución con dos camas y un catre. Tenía una terraza desde la cual se divisaba el fuerte de San Cristóbal, siniestra cárcel para republicanos y nacionalistas.

Con el tiempo mejoraron las condiciones. Establecieron relación con el golpeado mundo nacionalista clandestino, que con la discreción debida, en una situación de guerra y férrea dictadura, a pesar de todo, les ayudaron. Una de éstas fue la familia Cunchillos.

Como en el piso había hasta pichis (Guardias), no podían hablar en euskera. A la pequeña Begoña la metieron en las escuelas públicas donde una de las profesoras se interesó por la cría, al contarle ésta su historia y el cuadro familiar en que vivían.

Petra Menaya era una de las "emakumes" nacionalista que dio la voz. A partir de ahí no les faltó nada. Cestos de comida y asistencia. Un rayo de buen sol en aquella noche. La pequeña Begoña solía ir con la familia Cunchillos a su casa y los domingos pasaba con ellos la jornada yendo de pueblo en pueblo, paseando y volviendo a casa con verduras, cosas de droguería, dinero y sobre todo apoyo.

En la pensión había dos guardias de asalto que lo habían sido en tiempos de la República. Había además gente diversa y agradable, lo que les permitió en aquellas duras circunstancias ponerse a coser y con ello sobrevivir dignamente a la pesadilla que estaban viviendo como si ellas, una madre y tres hijas, fueran culpables de algo.

Itziar cosía pero también enfermaba. Víctima de un reuma se había quedado sin poder moverse. Eso no fue óbice un día en que sonó la alarma ante el posible bombardeo de la ciudad por la aviación republicana. No supo de que forma, el caso es que bajó las escaleras desde un quinto piso en un suspiro olvidándose de todos los males. Para subirlas nuevamente, le tuvo que llevar en brazos, al sexto piso, uno de los guardias de asalto. Puesta en manos del médico Ángel Irigaray, éste le recetó morfina que tuvo que interrumpir para evitar la adición.

Uno de esos días y mientras bajaban las escaleras, precipitadamente, su hermana Arantza se quedó en la terraza para ver el espectáculo mientras los vecinos se atropellaban. En eso apareció un hombre con una carta. Eran las letras de su padre reclamándoles pasar "al otro lado". El contrabandista llegaba poco después de la muerte del general Mola. El funeral que habían visto y que había sido toda una convulsión en la Pamplona de la cruzada, les había impresionado.

Aquella nota, cogida con todas las reservas del caso, les originó una discusión. La madre quería aventurarse, pero Itziar no. Aquello podía salir mal y empeorar las cosas, y además, en Pamplona iban poco a poco rehaciendo su vida, salía con Larumbe, la ciudad era tranquila, aunque con dominio carlista y por tanto franquista, ya que el requeté había acabado en la guerra con cualquier disidencia a sangre y fuego. La cosa, pues, no era fácil. Sin embargo la familia estaba dividida. El padre en Barcelona, terminaría dejando esta ciudad, y de sus hermanos, nada sabían. "Estarán en la guerra", con lo que esto suponía.

EL PASO POR MONTE

El escultor Oteiza solía decir que en la sociedad vasca hay dos personajes representativos. Uno es el Secretario Municipal, el hombre que hace el país. El otro es el contrabandista, el que lo presenta al exterior.

Pues bien, en aquellas circunstancias, con aquella frontera y en plena guerra mundial, funcionaban a tope los contrabandistas. Lo mismo pasaban un aviador inglés, que tabaco, aunque lo habitual no fuera una madre con tres hijas. Para hacer esto, el padre, desde San Juan de Luz había hablado con el Gobierno Vasco y con la red de pase de fronteras, y había hecho las gestiones para que pasaran a su familia. Y no le salió gratis el empeño. Por cada una tenía que pagar 8.000 ptas de la época. Una fortuna.

El caso es que Itziar habló con José Luis Larumbe. Le pidió ayuda para poder salir de Pamplona. Funcionaban los controles y eso no se podía hacer si no se tenía un pase. Larumbe lo consiguió.

Así llegaron a Elizondo rezando a todos los santos y en una escapada de cine. En coche y forradas con todo lo que tenían de ropa ya que no podían llevar maleta alguna. Pasaron la noche allí. Era una posada de un nacionalista muy simpático que de noche escuchaba clandestinamente la radio. Les recibieron con mucho cariño. El cura de Elizondo les fue esa noche para rezar con ellas el rosario. A la mañana siguiente salieron con Manuel. Llevaban una hogaza y una tortilla de patatas para así poder pasar los controles y decirles a los guardias civiles que iban a un caserío a pasar el día con la familia. La madre de Itziar tenía miedo. ¡Que pintaba ella allí, iniciando aquella incierta aventura que podía además acabar fatal, en aquella noche oscura, de ruidos e incertidumbres!.

Se puso muy nerviosa.

Salieron de madrugada. El chofer traía un chico vestido de requeté a su lado. Así llegaron a Urdax y a una frontera llena de guardias, pero sin llegar a ellos, giró a la izquierda hacia un camino vecinal diciendo que iban de excursión. Un poco más allá apareció una joven. El chófer les dijo: "seguidle a ésta en silencio y de forma rápida porque hay que aprovechar que la guardia civil está comiendo para pasar la frontera".

Anduvieron dos horas, por monte, con toda la ropa y en un día de calor. Era el día de San Antonio, 13 de junio de 1937. De repente, el guía les dijo: "Correr, allí está la guardia civil". Lo hicieron. Había un riachuelo. La madre se cayó. Siguieron. Se hizo daño en el brazo. Pero siguieron en esas condiciones y con los zapatos llenos de agua, pero armadas de valor porque les decían que faltaba poco. En eso apareció un chico. "Seguidme". Era una cadena.

Itziar, señorita de ciudad, no estaba para esos trotes. "No puedo más. Yo no sigo. Esto es una locura. Nos van a coger". Sigue por favor, ya falta poco. Si nos cogen lo pasaremos muy mal. No hagas esto".

Sacando fuerzas de flaqueza, continuaron extenuadas y asustadas. De repente apareció un chico de 14 años. Subieron por un descampado. El chico les preguntó si tenían miedo a los franceses, "porque ya estáis en Francia". La madre se puso loca de contenta.

El chaval les llevó a un caserío cerca de Sara. No estaba el marido y padre de las cuatro mujeres. Había estado el día señalado, pero sus mujeres llegaron con tres días de retraso. En coche, llegaron a San Juan de Luz. Su madre tenía un hermano, Ramón, que tenía la casa llena de refugiados. No nadaban en la abundancia, pero les hicieron todo un recibimiento.

El padre tenía una hermana viviendo en una granja, muy cerca de Dax, en las Landas donde había de todo, vacas, cerdos, legumbres. Por lo menos tenían comida abundante. El padre paseaba al cerdo al que llamaban Braulio. De Director de un Banco a pasear un cerdo. La hermana Arantza, inquieta, se fue a trabajar a un hotel. Pero tampoco era plan.

El caso es que el Gobierno Vasco en el exilio, atendió a los miles de refugiados, pagándoles cinco francos. Era una labor ingente y sobre todo incierta porque era un Gobierno sin jurisdicción y sin territorio, pero a pesar de ello, era un gobierno responsable que se ocupaba de los suyos. Por eso dejaron Burdeos y se instalaron en San Juan de Luz en un pequeño piso de la rué Tourasse. Sin embargo el padre no estaba satisfecho con no hacer nada y se fue a Tarbes, con un grupo, a trabajar.

El concretamente en el Economato, con lo que no le faltaba comida, aunque bajo un frío extremo en pleno Pirineo. Siguiendo éste acomodo familiar en aquellas circunstancias, su hermana Arantza se fue a Ghetary a trabajar en un hotel y de allí al consulado en casa de la familia Sainz de Vicuña como doncella de la Srta. Coki. Ella, maestra en Deva, mujer inquieta, tenía que salir adelante como fuera. El hermano pequeño Iñaki se marchó a Alger llevando vino y a conducir unos camiones cisterna llenos de vino, pero, cual no sería su mala suerte, que pasó a territorio español, pensando en hacer la mili, y lo llevaron a un campo de concentración a Algeciras.

La pequeña Begoña con sus primos Antoni y Ramuntxo iban a esperar en el muelle a que su tío Ramón volviera del mar para, con un cesto de sardinas repartirlo entre aquellos refugiados en peor condición, ya que el reparto económico de la Delegación del Gobierno Vasco no llegaba para todos.

Un día llegó un sacerdote de Motriko, D. José Antonio Usobiaga. Había estado en Bélgica y venía con la misión de llevar a los niños de los refugiados a ese país, ya que católicos belgas y flamencos estaban dispuestos a acoger a los niños vascos.

Por esta razón la llevaron con otras tres chicas, hermanas del sacerdote. En París hicieron cambio de tren hasta Bruselas donde las alojaron hasta el día siguiente en un colegio de monjas hasta que vinieron a recogerles. A la pequeña Begoña le tocó la buena suerte de caerle en gracia a Hermán Frateur, canónigo de la catedral de Malinas, además de secretario de "L'Oeuvre des Enfants Basques" del cardenal Van Roey, que le llevó a un pueblo cerca de Malinas.

La cría chapurreaba el francés, el castellano, y sabía el euskera pero oncle Hermán era flamenco y le llevó a un pueblo de una familia numerosa de flamencos. Decían que la niña estaba muy delgada y como misión de aquella familia campesina flamenca su objetivo era que engordara. La cría era su orgullo y le llevaban a todas partes para animar a la gente a acoger a niños vascos. De esa forma pasó un tiempo con aquella estupenda familia yendo a la escuela y andando en bicicleta, cosa que todo el mundo hacía, hasta que un día oncle Hermán Frateur la llevó a su casa a Manilas para que fuera a un buen colegio.

No podía vivir mejor Begoña hasta que se barruntó una nueva tragedia. Hitler invadió Polonia y la segunda guerra mundial comenzó. El canónigo cogió a la niña y la llevó a Donibane Lohitzun (San Juan de Luz) cargada de ropa nueva y regalos comprometiéndose a costear su colegio de pago y el uniforme, colegio que funcionaba al lado del que había ido anteriormente de forma gratuita. Es de destacar que cuando volvió de Bélgica solo hablaba el flamenco.

Así, a la pequeña, una organización católica se la llevó a Bélgica. En tiempos de guerra, los niños vascos habían salido por barco del Bilbao sitiado a Inglaterra, Rusia y Bélgica. Pero no solo fue en aquella oportunidad. También la ayuda siguió, caído Bilbao.

Itziar mi madre recuerda con emoción cuando vio a su pequeña hermana marcharse en el tren rumbo a lo desconocido. Y es que todo habían sido separaciones, amarguras y dificultades, aunque en aquel caso se pensaba que era lo mejor para la niña.

Itziar y su madre se pusieron a coser. Era lo único que podía hacerse. De esta forma volvieron a rehacer sus vidas.

De manera casual averiguaron en lo que entonces trabajaba su padre tras lo del economato. Juntamente con otros dirigentes nacionalistas, directores, empresarios y demás: limpiaban el carbón que caía a las vías del tren. No tenían edad para otra cosa, en Francia no había trabajo, se incubaba la guerra mundial, y había que trabajar en lo que salía. Cuando se enteraron, le fueron a buscar y lo trajeron a casa.

Pero pasaba el tiempo y aquello parecía no tener salida. Llevaban tres años en situación de precariedad, con un hermano en el frente republicano de Lérida, otro casi desaparecido, la pequeña en Bélgica, otra en un consulado y madre e hija cosiendo hasta que Itziar dijo a sus padres que había que intentar volver. "Peor no vamos a estar", les comentó.

LA VUELTA A CASA

Era el año 40. Francia estaba a punto de caer. Llevaban tres años dando vueltas e Itziar fue al consulado español, a arreglar los papeles. Lo logró. Una vez conseguido, escribió a José Luis Larumbe diciéndole que pasaría la frontera tal día. Y lo hizo. Una confusión hizo que no estuviera nadie. Menuda papeleta. Con las mismas, la policía la llevó a un campo de concentración que tenían en Fuenterrabia.

En aquellas dramáticas circunstancias logró le permitieran llamar por teléfono. Se le había ocurrido hacerlo al vicecónsul alemán, Ernesto Pieloff a quien su padre conocía mucho de Zarautz ya que tenía una fábrica y era persona muy agradable.

Le dijo quien era y donde estaba. "No te preocupes. Ahora mismo voy" le contestó Pieloff. Pero también llegaron los Mendiola y Larumbe. Pieloff quiso llevarle y atenderle pero prefirió ir con los Mendiola. Con Larumbe, que vivía en Pamplona, quedó para verse el domingo.

Nueva época, nuevo panorama.

A su padre le habían puesto la astronómica multa de ciento cincuenta mil ptas. de la época. A su hermano, trescientas mil. Aquello era impagable. Sin embargo, alquiló una casa en la calle Guetaria de San Sebastián. Se acordó de los muebles de Zarautz. Fue al juzgado. Le dieron permiso para recogerlos, pero los habían sacado de la casa y llevado al lugar en donde, cuando llegaban los aldeanos de los caseríos con legumbres, metían allí a sus burros. Era una cuadra.

Algo consiguió. Una habitación estilo art-decó, unas mesas, unas sillas, pero faltaban colchones, armarios etc. "A lo mejor estarán en San Pelayo" le dijeron. Allí fue. No los encontró. "Cógete estos" le indicaron. "No. No son míos".

La gente la miraba como a un bicho raro. Era el Zarautz duro de la post-guerra. El Zarautz atemorizado por el régimen. Y allí aparecía la hija del Director del Banco, con pelo y resuelta a rehacer su vida. Alquiló un camión para lo muebles. Ella lo hizo en el tren. Pudo de esta manera organizar la casa.

Pasado el tiempo lograron que el padre no pagara completa la multa, pero en el Banco Gipuzkoano no le admitieron. Se trataba de un nacionalista y era peligroso aceptar una persona represaliada. El Banco Gipuzkoano no estuvo a la altura. Así era el momento que se vivía. Para que ahora nos hablen de represalias.

Sin embargo, Francisco Olabeaga, mi abuelo, que era un hombre optimista y alegre, un donostiarra de la calle Campanario socio de Gaztelupe, pudo rehacer su vida trabajando. Lo había pasado bastante mal. Había estado en casa sin trabajo bastante tiempo, hasta que se colocó en Hernani en la fábrica de cueros Montes y en representación de varias empresas. No pudieron con él ni con su alegría.

¿Y que hacía el resto de la familia?

A Iñaki, el hermano, lo dejaron libre, pero enfermo, en Algeciras. Se colocó en Añorga, en cementos Rezóla. Joseba se quedó en Burdeos. Arantza se colocó en Hernani. La madre, que tenía en Motriko un piso que había heredado, había alquilado otro piso en la calle Pedro Egaña, hasta que apareció una tía y les cedió el piso que tenía en la calle Guetaria, hermoso y céntrico, que le permitía alquilar camas a los hoteles que había alrededor de una Donostia que tras la guerra volvía a ser lugar de veraneo. Finalmente, la pequeña Begoña, iba al colegio francés.

¿Y que hacía Itziar?

Ella era la Srta. Olabeaga. Cosía con su madre si, pero tenía sus vacaciones, las primeras medias de cristal, y sus novios, tras, haber salido con José Luis Larumbe que un buen día se fue a unos Ejercicios Espirituales a Loyola y tras ellos, lo dejaron. No volvieron a verse nunca más. Pero no por eso se quedó sin pretendientes. Le salió un requeté en Ondarroa, un bilbaíno, y alguno más, pero ella prefería salir los domingos con sus padres. Tenía su explicación. Algo había ocurrido el 31 de julio de 1939.

EL DÍA DE SAN IGNACIO

El día de San Ignacio es importante para los nacionalistas. Es una especie de "Aberri Eguna". Ese día, en 1895, se había fundado el PNV y, ese día, en 1939 fue un día de fiesta y celebración.

Por eso no era de extrañar que en las romerías y excursiones, aquellos refugados trataran de celebrarlo a pesar de las circunstancias que vivían. Expulsados de sus casas, sin un duro, pero confiando que aquella pesadilla acabara.

Itziar fue con sus amigas a Ghetary. Estaba con Maritxu Okiñena cuando apareció un chico de Bilbao, muy simpático que les dijo que sus hermanas no le habían preparado la comida y les pidió le invitaran. Así lo hicieron. Pasaron un buen día.

Al poco tiempo Itziar volvió a verle. El sabía todo de ella. De donde era. Quién era su familia. La edad. Resulta que el joven, se llamaba José Luis y trabajaba en Villa Endara, en Anglet, que era la sede del PNV y había leído la ficha de Itziar. Su familia vivía entre San Juan de Luz y Cambó y su padre un capitán de la marina mercante retirado, cogía castañas y se las repartía a los refugiados. Aquel joven tenía buena pinta

   RUMBO A VENEZUELA El tenía una novia francesa a la que estaba dejando y por eso comenzaron a salir. Pero Europa rugía, el nazismo preparaba la guerra y a los vascos que salían de su jurisdicción los internaban en el Campo de Gurs. A pesar de ello, José Luis quiso despedirse, pero no encontró a nadie, salvo una tormenta en la carretera de Bayona y le, escribió cartas, pero ella ya estaba en Donosti. Al final, establecieron una relación epistolar que duró hasta 1944. Aquello no fue fácil. El correo tardaba muchísimo. Las cartas se perdían. El Atlántico estaba en guerra. Los jóvenes vascos comenzaban a desesperar. Algunas novias se atrevían a viajar e Itziar, como tantas jóvenes de esa época en aquellas circunstancias no las tenía todas consigo. Era tan desesperante la espera que le dio la vuelta a un cuadro de San José en protesta. Rompió aquel noviazgo epistolar. Un día llegó un telegrama de los Estados Unidos de Venezuela: "Con permiso de nuestros padres, prepara viaje para venir. José Luis". El pasaje lo pagaría su familia en Bilbao y allí tenía que ir a tramitarlo.

Aquello volvía a ser una aventura. Sus padres le animaron, aunque se rompía aquella familia que había logrado rehacerse. Fue donde su confesor. Era la época. "No lo dudes", le dijo. Faltaba la madre de José Luis. Había estado en Fitero, tomando las aguas, y, pasaba por San Sebastián, donde había ido a visitar a unos familiares, los Irusta. Le recibió. Era una señora elegante, con tirita en el cuello. Le miró de arriba abajo. "¿Cómo se atreve usted a ir a un país desconocido con lo que se dice de los hombres?". "Es que me voy a casar con su hijo José Luis", le contestó. - Cambió el semblante. "Todos mis hijos son muy buenos, pero José Luis es el mejor" le contestó. De esa forma le dio el visto bueno. En un mes prepararon el viaje. Trajes, arreos, sábanas, maletas. Todo. Y llegó el día. Su hermano Iñaki le acompañó al caserón de la familia de José Luis. Allí le despidieron todos, y se fueron a Santurce. El "Cabo de Buena Esperanza" salía de aquel puerto. Sus futuras cuñadas le presentaron al capitán y al primer oficial. Eran vascos conocidos. Su hermano Iñaki subió al barco. Cenó con ella y bajó a escondidas el fantástico pan blanco que servían en primera. Era la época de la postguerra y el racionamiento y aquello era insólito. El capitán le dijo: "la salida de Santurce es triste, pero bonita. Vete a cubierta". Así lo hizo. Y así fue. La travesía fue tranquila a pesar de la guerra mundial y el que fueran patrullados un tramo de la navegación. Daban películas, la comida era buena, y el barco estaba lleno de gente, de curas y monjas, y personas de todo tipo.

Todas las noches había baile y todas las noches trataban de sacarle a bailar pero ella cuidaba la ausencia. Al llegar a Trinidad, el capitán le dijo: "hoy bailas conmigo, soy amigo de la familia". Y bailó. En Trinidad, colonia inglesa, el barco debía repostar y someterse a una inspección. En el barco viajaba, rumbo a la Argentina Concha Piquer, su hija y su Compañía. La policía les revisó todo, sacando hasta el lavamanos del camarote. Creían que una de las artistas, Amelia Isaura, era una espía. De hecho, en la mesa que le tocó compartir durante la travesía viajaban dos policías secretos españoles. El barco llegó a Venezuela. No iba a atracar en el puerto de La Guaira, sino en el de Puerto Cabello, llamado así porque debido a lo calmo de sus aguas se podían atar los barcos con un cabello. Siempre el cabello. Había sido también sede de la Real Compañía Gipuzkoana de Caracas. Y allí, en su puerto, había un caserón de estilo vasco. El barco se acercaba. Todo el pasaje sabía que allí le esperaba su novio. Uno le dijo. "Si no está, te llevo al Uruguay". El capitán le dejó ir al puente. Le prestó los prismáticos. Estaba tan nerviosa que no veía nada. Uno de los policías le dijo que los tenía al revés. Los puso bien y allí le vio a José Luis, con un hermoso ramo de flores en la mano, su sombrero tropical y sus mejores galas. La familia de Bilbao, como siempre les mandaba fotos con sombrero, le preguntaban si lo tenía atornillado. Llevaban cinco años sin verse. Como en una película y tras subir la sanidad y la policía, bajó la escala. Tenía puesta una pamela. Llevaba un traje estampado azul y blanco. En la cubierta todo el pasaje esperaba el recibimiento. José Luis estaba harto de esperar. Y encima aquello estaba acordonado. No aguantó más, saltó la valla, y le entregó el ramo de flores con un sonoro beso. Todos en cubierta aplaudieron, y gritaron ¡Vivan los Novios!. José Luis le mandó al chichero, que subiera al barco. El invitaba. La chicha es un refresco de arroz. Y en el trópico es un excelente refresco.

 

CUMANA

Cumaná es la capital del estado Sucre en el oriente venezolano. Se llama así porque allí había una asentamiento de indios llamados los "cumanagotos". Cuando llegó Cristóbal Colón fundó la ciudad y le puso de nombre Nueva Cádiz y, como dato, histórico, se trata de la primera población fundada por los españoles sobre continente en tierra firme. El río Manzanares atraviesa la ciudad en la que nació Antonio José de Sucre, el gran Mariscal de Ayacucho, uno de los hombres de confianza de Simón Bolívar y el destinado a sucederle. También el poeta y político Andrés Eloy Blanco aquel del poema dedicado a los angelitos negros que Machín puso de moda.

El caso es que a esta ciudad llegó aquella joven pareja pues José Luis era socio y administrador de una compañía constructora. Si alguien visita hoy aquella ciudad del trópico y ve un caserío vasco será una de las muchas edificaciones de aquellos exiliados que entre otras variadas actividades se dedicaron a la construcción con bastante éxito. Y allí nací yo, a cinco metros del mar Caribe, en una amplia casona de aireados corredores columnados rodeados de palmeras y cocoteros. La zona se llamaba Caigüire y el médico, que era un buen partero pero algo borrachín, se pasó la noche en un chinchorro dándole al ron.

 

Como en una película de Bogart. Nada más nacer, mi aita, mandó a todos sus familiares un telegrama con este mensaje: "ha nacido un gudari". El hombre tenía muy presente lo que había vivido diez años antes. De pequeño, como casi todos los niños, yo debía ser, como lo era mi padre, un crío blanco y rubio que mi madre sacaba al sol hasta que una india que pasó por allí le dijo: "misia, Isidra, meta al niño en casa pues de lo contrario le van a echar mal de ojo". No sé si me lo echaron pero a mi madre le llamaban "misia Isidra" porque eso de Iciar no les sonaba de nada y lo de "misia" era un tratamiento dado a los extranjeros. Los hombres era "musiús", deformación de "monsieur", y las mujeres, "misias". Algo así como Doña. Yo era pues el hijo de "misia Isidra". A mi me pusieron el nombre de Iñaki por aquel hermano de mi madre que acababa de morir como consecuencia de unas fiebres adquiridas en Algeciras en los campos de trabajo y porque mis padres se habían conocido el día de San Ignacio en San Juan de Luz. Pura militancia. En Cumaná nacimos los cuatro hermanos, Maitena, Jon y Koldo y allí fuimos al parvulario y al Kinder con nuestros uniformes de peto.

Ir a la playa, al Colegio de los Padres Paules donde los vascos jugaban a mano en el frontón, vivencias muy intensas con la pequeña colectividad vasca exiliada entre los que se encontraban familiares de Joseba Egibar, ver como avanzaba la carretera Cumaná-Puerto La Cruz en los tiempos en que mi padre era el Administrador de las Obras Públicas del Estado, observar las cartas que mi aita escribía a las novias de algunos vascos euskaldunes que no sabían hacerlo en castellano para que éstas fueran a vivir a Cumaná, trabajo social en la diócesis, visitar un cocodrilo que tenía el Obispo en el patio de su casa, jugar al diábolo, oírle a mi madre y a su hermana hablar en euskera y a mi padre atento para que yo lo aprendiera en aquel trópico de sol incandescente y recibir en casa a cuanto vasco pasaba por allí.

Todo aquello me decía que yo era un venezolano un poco raro porque además aquellos exiliados añoraban volver a una tierra que era la suya y de la que habían sido expulsados de mala manera. Hasta que un día mi padre tomó la decisión: "o vascos, o venezolanos". Y decidió que fuéramos vascos y en 1955 en el "Marqués de Comillas" de la Compañía Trasatlántica Española nos puso rumbo a Santurce. El no podía acompañarnos pues le habían dicho que tenía una ficha con todo un mandamiento de búsqueda: "separatista peligroso, perseguirlo en el exterior". Casi nada.

FUERA, FUERA El Marqués de Comillas era el orgullo de la Trasatlántica Española y como mi madre venía cargada de baúles, crios y una chica de Astigarraga que mis padres habían llevado para que nos hablara en euskera lo mejor era viajar tranquilamente en barco haciendo escalas. Era la manera como se "cruzaba el charco" en aquellos años aunque yo lo había hecho en avión en el año cincuenta en un viaje que había durado veinticuatro horas. Me había triturado un dedo con la puerta del garaje y la primera cura en el Hospital de Cumaná no había sido muy feliz. Pero eso de la tranquilidad era lo que pensaba mi madre. No sabía lo que le esperaba. A mi padre a quien le gustaba la fotografía, de uno de sus viajes a los Estados Unidos se vino con una filmadora y un proyector de cine. En aquellos tiempos no había televisión, ni videos y lo novedoso era filmar en 16 mm. películas familiares. Junto a esto nos ponía y reponía películas del "Pájaro Loco" de "Tom y Jerry", del "Pato Donald", de "Abbot y Costello" que era nuestra delicia porque era traer un mundo mágico a casa, de tal manera que con aquel proyector y aquellas películas embarcamos en La Guaira para que en Euzkadi se pudiera ver aquel mundo nuevo y fantástico.

 

Habida cuenta que la travesía era larga y había cantidad de crios por todas partes a mi madre se le ocurrió la feliz idea de proponer al contramaestre la posibilidad de que se vieran aquellas películas en el salón principal del barco. Al oficial aquello le pareció una buena idea. Buscaron el aparato y una tarde se pusieron a proyectar aquellos rollos para tranquilizar a los chavales, aunque aquellas imágenes tan divertidas llamaron a muchos adultos que por allí estaban, entre ellos al conde de Vallellano que había sido alcalde de Madrid y era el ministro de Obras Públicas en viaje oficial. Pero cual no sería nuestra sorpresa cuando entre aquellas películas se coló una, filmada por mi aita (padre) en la que aparecía la inauguración del Centro Vasco de Puerto La Cruz con el Lehendakari Agirre, la ikurriña, el txistu y el tamboril. De repente se oyó un estentóreo: "Fuera, Fuera, Fuera" y allí acabó la proyección. Al poco, el capitán, le llamó a mi madre. "¿Usted no sabe lo que ha hecho?. Faltarle de esa manera al respeto al señor ministro. ¿Pero quien se cree usted que es?. No sabe usted la que le espera, porque esto no puede quedar así. Usted tiene que purgar este delito".

Con el consabido susto, mi madre, le dijo que tirara la película al mar si ese era el delito y Santas Pascuas ya que ella sólo había querido entretener a los crios. "No, no. Usted tiene que pagar por lo que ha hecho" le contestó aquel imbécil. El caso es que al llegar A Coruña el ministro fue recibido con todos los honores militares de su rango aunque yo lo que recuerdo es que me compraron una gabardina con solapas que en aquellos años se llamaban trincheras. Recuerdo también la llegada a Santander y sobre todo el arribo a Santurce con familiares por todas partes y la policía subiendo por la rampa y requiriendo la presencia de mi ama (madre). - "Queda usted detenida" le dijeron. A duras penas y aludiendo a que los crios no conocían a nadie, que era una mujer y que no había habido intención de ofender al ministro no le detuvieron pero sí la retuvieron, impidiéndole salir de San Sebastián y quitándole el pasaporte. Fue en ese momento en que tomé conciencia de que iba a un sitio donde pasaba algo y ese algo no era bueno. Fue pues aquella una entrada gloriosa para un crío que observaba lo que ocurría sin entender muy bien cual había sido el delito de su madre. Pasados un año, mi madre se enteró de que el conde de Vallellano tomaba sus aguas termales en el Balneario de Cestona. Y ni corta ni perezosa, allí se presentó.

A lo lejos vio al citado conde con sus amigos y con los vasos llenos de aguas termales en el jardín. Le pidieron que esperara. Lo hizo. Y allí llegó el famoso conde. "No sé si se acuerda de mí pero soy aquella señora que prestó unas películas para que las vieran los crios y apareció una ikurriña. Me han quitado el pasaporte, tengo nacionalidad venezolana y necesito esa documentación para poder viajar. ¿Tendría usted la amabilidad de ayudarme?. El conde se acordaba del hecho pero quizás impresionado por la entereza de aquella mujer le quitó importancia al incidente, cosa que no había hecho el capitán quien quizás, para darle coba al ministro, había organizado semejante atropello. "Vaya usted mañana a la policía y se lo devolverán" le dijo el ministro. Y así fue. Le devolvieron el pasaporte y todas las películas excepto el cuerpo del gran delito: la de la ikurriña. De esta manera arbitraria actuaba aquel régimen. La pregunta se impone. ¿No fue mi madre también y, a su manera, una Víctima del Terrorismo?.

 

 

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