Martes, 11 Noviembre 2008 13:05

"Tianguis de El Chopo: rastafaris, punks y un puñado de camisetas de Euskadi",

Escrito por Pablo Zulaica Parra
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GUSTAVO GARCÍA RAMOS, MÉXICO DF. COMERCIANTE DE ARTÍCULOS VASCOS.

Tianguis de El Chopo: rastafaris, punks y un puñado de camisetas de Euskadi.

Muy cerca de la estación Buenavista, recién reinaugurada para el ferrocarril suburbano de CAF, hay un mercado muy poco convencional. Cada sábado, cientos de jóvenes llegan allí a exhibirse cual productos, abanderando sus identidades y dispuestos a ver qué se cuece. El tianguis cultural de El Chopo, que así le dicen, es cosa de dos: darketos y rastas. Si uno va decantado se mimetiza fácilmente en los tenderetes, entre músicas que invaden como olas esa bocacalle con fama de peligrosa que nadie llama Rossains. Sin embargo, punks, darks, rocabilis y alguna quinceañera emo sólo compran discos o collares de pinchos, o beben cerveza sin mucho escándalo en torno a una esquina donde hacen conciertos. Por su lado, los rastafaris, apostados a ambos lados de la entrada ofrecen ropas artesanales, venden música o hacen draids.


Entre dos tierras

En cierto punto del callejón, las voces guturales y guitarras pesadas se mezclan con el caramelo reggae que llega de las traseras. La música es el estandarte de cada bando y parece dejar claro que aquello es cosa de dos. O casi. Con darketos y rastas como si fueran España y Francia, en un rincón fronterizo del mercado se despliega una ikurriña. Y bajo ella, colgadas con pinzas y formando equipo, una bufanda de la Real Sociedad, una camiseta del Athletic y otra de la selección de Euskal Herria. Ante este panorama, uno mira adentro buscando la explicación en la cara del propietario, pero un mexicano de piel morena lo aborda primero. “¿Qué desea?”.

Se llama Gustavo García Ramos y es el propietario. Aunque más bien parece el genio de la lámpara dispuesto a conceder deseos imposibles. Satisfecho por haberme sorprendido –y sabiendo que sólo acaba de empezar- me muestra dos bufandas del Alavés. Una es de Eztanda Norte y otra de las siete cuadrillas alavesas. La segunda, incluso, no la había visto jamás. Se ve que el género está a la última, y vende de todo: las únicas bufandas que no hay faltan por fin de existencias. Son las de Indar Gorri, cuenta que Osasuna es muy reclamado últimamente.

Aunque es comerciante, y de mercado, no es el clásico vendedor callejero ansioso y compulsivo que te busca a los gritos. Gustavo se muestra encantado de complacer al visitante, le habla poco y sus ojos sólo aguardan a los del recién llegado para ver su reacción. Es tranquilo, se nota que disfruta lo que hace. Con un poco de tiempo tiene mucho que compartirle a la grabadora. Nos sentamos en el bordillo de su acera.

Gratitud a la mexicana.

Antes que nada, a mí me urge saber qué hace todo esto allí. Y la primera pregunta es tan obvia como inesperada su respuesta. “Mi hermana conoció a unos vascos -cuenta-, le ayudaron a irse para Euskadi y en agradecimiento a esa cultura, yo quiero difundirla”. ¿Será sólo eso? Quiero decir, tanto y a la vez tan poco... “Bueno, no es sólo una cuestión de difusión”, añade, “cuando viene gente de allá también voy por ellos al aeropuerto y les hago de guía por mi ciudad.” Me ha malinterpretado. Me refiero a si esa hospitalidad con su hermana es la única razón de todo lo que me rodea, pero ya veo que aparte de que sí, el puestecito de camisetas no es su única labor. Todo sin haber visitado nunca Euskadi. Cada vez me queda más claro que esta no es una entrevista convencional, es una lección de cómo se puede amar la tierra del prójimo. La verdad, la pasión con que algunos toman lo vasco me hace sentir mal, por desapegado, por venirme tan lejos. Pero después, me siento honrado de su parte y muy afortunado.

Gustavo sitúa su relación con lo vasco en un plano de amistad. Le encanta recuperar historias personales, aunque ahora le hemos cambiado los papeles. Jóvenes, estudiantes, personas mayores y de todas las edades visitan su puesto. Sin perder de vista que come de lo que gana de ello –entre otras cosas-, para él es una oportunidad de conocer gente variada, entre ellos a más vascos, y de escuchar diversas opiniones. En función de estas opiniones, luego busca unos u otros artículos para ofrecer al público mexicano, casi del género que sea con tal que sea vasco. Pero tiene una máxima a la que debo mis respetos porque no es muy común en estos días: “No toco la política... porque la desconozco”. Se refiere con ello a que no opina, no a que no vende política, porque sí encontramos entre los artículos del puesto todo tipo de símbolos vascos, arrano beltzas incluidos, o camisetas a favor de la repatriación de presos, que sí tocan el conflicto. Pero se reafirma bien pronto: “Si ven en esto política, cada cual que interprete lo que quiera.” A él, lo que en realidad le conmueve no es la lucha actual, sino el folk vasco, ni siquiera el rock reivindicativo, sino los orígenes de la euskal musika.

Merchandising constructivo.  El fútbol como obra social.

Es consciente de que es un rara avis. Dice que en El Chopo hay mucho descendiente de vascos y que su puestito llama la atención entre ellos “porque no hay nadie por aquí que se dedique especialmente a la cosa de los vascos”. A él, que ve lo que otros no ven, esto le extraña. “La Rotonda de los Hombres Ilustres –un monumento cercano que toma como ejemplo, lleno de eminencias patrias- parece un panteón vasco”. Siente lástima de la desinformación que hay acerca de un pueblo tan presente en la construcción del México moderno.“En la ciudad se ven edificios con nombres como Lequeitio o el penal de Lecumberri. Me gustaría compartir sus porqués con mi gente.” En este punto reconoce que el déficit cultural que se vive es un traba, unida muy estrechamente con la manipulación mediática: “Aquí los medios tratan a Euskadi como si sólo fuera Herri Batasuna y ETA.”

Lejos de resignarse, tiene el firme propósito de instruir a los curiosos aunque debido a lo espinoso de la política optó por no hacer de ella su fuerte: “Me fijé en lo deportivo como vehículo. Y una de las cosas simbólicas, pese a ser otra historia, es el fútbol”. Fruto de su empeño por demostrar que Euskalerria es más que bombas y gente encontrada, el fútbol lo llevó aún más lejos: nació el Atlético Independentzia. “Se me hizo que de unir el fútbol y Euskalerria podía salir algo bueno. Decidí formar un equipo de fútbol de niños de diez a doce años.” En cuanto al nombre -que a priori no es todo lo imparcial que podría serlo- Gustavo afirma: “Quise enviar un mensaje entre claro y no, y lo llamé Atlético Independentzia. Quería que la gente se cuestionara las cosas. A mí me parece que el fútbol conlleva una educación de los niños .Y a los chicos les enseñaba que después de todo este asunto hay muchas formas de pensar, de pensar por sí solos, de pensar independientes. Incluso los uniformé como a la selección de Euskadi, para no tener que decantarnos por ningún equipo”.

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En su efímera vida, antes de disolverse, el Atlético Independentzia salió campeón de su liga, representando a la colonia Ampliación Providencia, en la delegación Gustavo Madero del Distrito Federal.

De tenderete personal a stand cuasioficial.

En septiembre de 2007, después de cuatro años con el puesto, todo estuvo a punto de echarse a perder. Su situación económica hacía que pasar los sábados en El Chopo fueran casi un lujo para él. Para entonces, ya había oído de la existencia de una delegación del gobierno Vasco aunque nunca había pensado demasiado en ella. Quiso acercarse allí con una propuesta más completa y darse a conocer, pero el dinero le apretó y decidió el momento.

Por suerte, su entusiasmo encontró respuesta inmediata en Iñaki Ruiz y en Lourdes Olagüe, quienes le proveyeron inmediatamente de folletos, mapas y demás parafernalia. “Todo aquello me reactivó, me reanimó”, reconoce. Fue algo simple pero necesario. Ya tenía una pila de folletos y de material, pero también fuerzas nuevas, porque “todo esto va más allá de la venta de una camiseta o de una zamarra. Quiero que haya una cultura detrás. Como en el fútbol, en la vida no hay equipo chico o grande, sino que es cuestión de cada individuo, lo que siente, lo que uno representa.

La relación con la delegación quedó abierta y poco después supo de la visita del Lehendakari al Centro Vasco del DF. Pudo acudir gracias a la invitación de Lourdes, hacia quien rebosa gratitud al hablar. “Yo nunca había andado en ese tipo de reuniones. Tuve la suerte de poder hablar con Ibarretxe, le conté del equipo, le dije que pronto escucharía de él.” Le trataron muy bien e incluso varios de los acompañantes oficiales se interesaron por él. Algunos era exjugadores del Athletic afincados en México.

Sonrisas del día a día.

Admite que aún le falta mucho material. Sin embargo, cuando alguien compra algo de la Real, por ejemplo, le regala el himno o le obsequia un cedé. Lo importante para él son sus propias ganas y las pequeñas alegrías de sus visitantes, que son su savia. Al fin y al cabo, el material es sólo material. Y aunque espera que el negocio mejore, su intención es toda la del mundo para continuar su pequeño reducto, verdadero centro de interpretación que es como una isla de ultramar. “Todo esto me retroalimenta. Sé que somos pioneros y estoy muy contento de tener lo que tengo, de poder servir a mi gente y a gente de otros lugares”. A Gustavo no le habían entrevistado nunca antes.

 

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