Jueves, 09 Octubre 2014 19:00

Digitalizan último manuscrito de Agustín de Iturbide

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Digitalizan último manuscrito de Agustín de Iturbide teñido con su sangre


La Biblioteca Digital Mexicana digitalizó y mostró fragmentos del último manuscrito de Agustín de Iturbide encontrado entre su faja y su camisa, tras su fusilamiento en julio de 1824. El texto, evidentemente, está teñido con su sangre.

En él, el artífice de la Independencia de México realizaba una defensa de su persona y establecía una posición respecto a los acontecimientos recientes.

Iturbide fue un militar criollo que persiguió a los insurgentes durante las primeras etapas de la Revolución de Independencia. Luego de convertirse en el militar más importante del bando realista y tras múltiples acontecimientos en España, fue el elegido por las élites novohispanas, eclesiásticos, aristócratas y otros militares, para acabar con la guerra y consumar la independencia de la Nueva España, protegiendo así los intereses de los poderosos.

Después de la consumación, con la entrada del Ejército Trigarante el 27 de septiembre de 1821 y después de algunas discusiones para elegir la forma de gobierno, en mayo de 1822 fue coronado como Emperador de México, con el nombre de Agustín I.

Sin embargo, los problemas económicos, las disputas contra los antiguos insurgentes y las divisiones de las élites conservadoras, provocaron su abdicación en marzo de 1823. Partió al exilio hacia Europa.

Con la instauración de la República fue declarado traidor. Él, sin saberlo, volvió a México en julio de 1824 y desembarcó

en Tamaulipas. Fue capturado y fusilado, luego de un juicio rápido y a los 41 años de edad.

Sus últimas palabras fueron: ¡Mexicanos! Muero con honor, no como traidor; no quedará a mis hijos y su posteridad esa mancha, no soy traidor, no”.

Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de Padilla y no fue hasta 1838, durante el gobierno del conservador Anastacio Bustamante, antiguo compañero de armas, que bien o mal, se le reconocería como uno de los artífices de la Independencia de México. Sus restos fueron inhumados con honores militares en la Capilla de San Felipe de Jesús.

El manuscrito que exhibe la Biblioteca Digital fue el último de Iturbide y fue escrito durante su destierro en Italia y estuvo dirigido al ministro plenipotenciario de Su Majestad
Británica. Decía así:

“[...] no tengo la presunción de los literatos, ni el orgullo que suele atribuirse a los que ocupan puestos semejantes al que yo dejé; mi objeto es solo sincerarme de las detracciones con que se me calumniara, y del desafecto de los que me son deudores de otros sentimientos: amor a la humanidad, idolatría por mi patria,
anhelo por el orden y deseos de destierro de mi país la esclavitud y la ignorancia en que yacía [...]”.

Manifiesto al mundo de Agustín de Iturbide

http://bdmx.mx/detalle_documento/?id_cod=16#.VCMR1_J0zrd

 

 El vasco que fue el Libertador y el primer emperador de México

Fuente aboutbc

 
 
Hemos encontrado en la web del diario mexicano, El Siglo de Torreón, un interesantísimo articulo, firmado por Luis Alberto Vázque Álvarez, que ofrece algunas claves para entender a uno de los personajes históricos más importantes, extraordinarios y controvertidos de la Historia de México.
Un hombre que llego a ser nombrado, por mas de 100 años, en el Himno de ese país y que, al volver a su país del exilio para avisar del peligro que corría el México, fue fusilado por orden del propio gobierno al que iba a avisar de dicho peligro.

Su presencia en el himno de México se debía a que fue el creador de la bandera del país, a la que el denominó la bandera de las Tres Garantías (Unión, Religión e Independencia) con el águila coronada.

Ese personaje clave, fundamental para entender la historia de México, era un vasco como el mismo gustaba de definirse. Se trata de Agustín de Iturbide, Libertador de México y primer emperador de ese país norteamericano.

Luis Alberto Vázquez Álvarez recoge en su artículo las referencias que en el libro “El Libertador” del padre Mariano Cuevas, sacerdote jesuita (qué poco nos extraña que sea un jesuita quien escriba sobre un vasco), se hace de hechos trascendentales en la vida del discutido consumador de la independencia de México, Agustín de
Iturbide. Acontecimientos que se presentan divididos en tres períodos, cada uno de cuatro días, y que conforman una significativa etapa de la historia de México.

Este artículo publicado en  el diario el Siglo de Torreón, hacer referencia, por tanto, a un momento exacto de la historia de este vasco-mexicano. Para que nuestro lectores tengan una visión más amplia de este personaje histórico incluimos el artículo “Agustín de Iturbide, Libertador de México“, publicado en Euskonews (siempre
una fuente imprescindible) por Gorka Rosainz Unda, además de  la obligada referencia a Wikipedia.

Creemos que resulta extremadamente interesante para entender la capacidad de visión que tuvo Iturbide.  Su visionario planteamiento del riesgo que corría el recién creado estado de México ante las pretensiones de control, y territoriales, que tenían los USA. Una percepción de riesgo que poco después se vio confirmada con la Guerra
de Intervención Estadounidense  y la posterior  firma, en 1848, del Tratado de Guadalupe Hidalgo.  Por la que México cedió a los USA más de la mitad de su territorio, y que, además, fue incumplido por los Estados Unidos de América del Norte.

 

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  Los doce días de Iturbide

Por: Luis Alberto Vázquez Álvarez Ph. D.

    

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Proclamación de Iturbide el 19 de marzo de 1822. Acuarela anónima.
Museo Nacional de Historia. INAH México.
 

Fuente: El Siglo de Torreón
 
SIGLOS DE HISTORIA

En su libro "El Libertador" el padre Mariano Cuevas, sacerdote jesuita, hace una relación de hechos trascendentales en la vida del discutido consumador de la independencia de México, Agustín de Iturbide que, divididos en tres períodos, cada uno de cuatro días, conforman una significativa etapa de la historia de México, por lo menos las dos
últimas circunstancias.

 

Vascongado de la misma tierra de Ignacio de Loyola y Sebastián Elcano, Agustín de Iturbide y Arámburu nació en Valladolid al igual que su padre José Joaquín Iturbide y Arrégui; y sin seguridad alguna su abuelo Don José Iturbide y Álvarez de Eulate; ya que de su bisabuelo si tiene plena seguridad que era originario de Navarra, España, aunque luego vivió muchos años atrás en esa preciosa ciudad tarasca.

Cuenta la leyenda familiar, misma que 38 años más tarde se convertiría en leyenda nacional, que doña María Josefa de Arámbu; esposa de José Joaquín de Iturbide, empezó con sus dolores de parto desde el día 24 de septiembre de 1783 y al paso de los tres primeros días, todo parecía indicar que el fruto de dicho embarazo no nacería; el día 27, el cuarto de este doloroso trance, médicos y familiares predecían lo peor para parturienta y naciente; fue entonces que una de esas mujeres que en aquella época vivían con las familias ricas desde que nacían, por así decirlo, nana de la madre aquella que no paría, se dirigió al cercano Convento de San Agustín y extrajo de él el burdo sayal del fundador de dicho monasterio. Esta prenda tenía fama de milagrosa y corriendo con ella de regreso a la casa de sus amos, la colocó sobre la parturienta, quien en esos precisos momentos inició eficaz labor de alumbramiento, naciendo un fuerte niño, al que correspondía el nombre de José, pero a quien, en honor del manto que le ayudó a nacer, se le bautizó con el nombre de Agustín. Cuatro días para nacer.

Fuerza hercúlea; virilidad, agilidad y destreza como jinete que le valieron el llamarle "Dragón de Fierro", designado familiarmente al servicio eclesial ya que su tío el canónigo Arrégui así lo estaba disponiendo. Pero el futuro libertador de México, al igual que el conquistador de esta patria nuestra, es decir, Hernán Cortés, cuando colgó los hábitos en Salamanca para embarcarse a la América, y más tarde muchos otros héroes, incluso de la Reforma, también Agustín de Iturbide abandono el seminario conciliar, lo que no impidió una asombrosa preparación tanto cultural como filosófica, ya que alternó con grandes personajes intelectuales de su época como Manuel Abad y Queipo, futuro obispo de Valladolid y con el mismo Miguel Hidalgo y Costilla, pariente de Iturbide, un hombre sumamente preparado e inteligente que bien pudo haber influido en la mentalidad de ese joven que llegaría al trono de México, teniendo un lenguaje de abundantes expresiones, gracias al manejo del romance castellano de su ciudad natal, Valladolid, hoy Morelia. Eso fue precisamente lo que hizo que Iturbide considerara a su patria América y no España, tres generaciones atrás ya era mexicano.

Lo mismo Abad y Queipo que el Conde de Calderón, Félix María Calleja; previeron desde varios años atrás, que el único que podría lograr la independencia de México era el entonces coronel Agustín de Iturbide, incluso, cuando en 1821 Calleja viviendo en España supo que éste dirigía el movimiento de separación de México de la vieja España,
se pronunció públicamente por la pérdida anticipada del Rey de estas tierras; situación que ya era previsible años atrás y ciertamente, inevitable.

Fuese así, que el antiguo inquisidor, Matías Monteagudo quien gracias a la Constitución de Cádiz y a la rebelión de Rafael del Riego en España, perdió ese empleo, decidió reunir en el edificio de la Compañía de Jesus, llamado "La Profesa" a un grupo de "notables" de la entonces "Nueva España" y en paralelo con el famoso grupo
"Atlacomulco", ciento noventa años más tarde, a principios del siglo XXI, "notables" actuales; decidieron utilizar a un joven guapo para actuar públicamente, mientras ellos dirigen tras bambalinas.

De tiempo atrás, Iturbide había comentado con su compañero de armas Vicente Filisola que era necesario consumar la independencia de México, pero sin tantos atropellos sanguinarios y matanzas como las ocurridas en 1810 en Guanajuato y Guadalajara por los insurgentes de Hidalgo o por las terribles represiones callejistas.

En esas condiciones se le ofreció a Agustín de Iturbide la empresa de liberar a la Nueva de la Vieja España, lo que aceptó más que gustoso y de inmediato puso manos a la obra, pero ojo: Iturbide veía que dicha separación era fundamental para conservar la pureza de su religión, la católica, que él veía en peligro, incluso en la Metrópoli por la inclusión de masones en la mismísima corte de Fernando VII, por ello inició una contrarrevolución católica, a fin de querer evitar que la Nueva España cayera en el poder de las proyanquis logias masónicas.

Acerca de una posible traición de Iturbide a España, debemos recordar que en ese entonces no existía tal concepto, la fidelidad se le juraba al Rey solamente, pero si bien, Fernando VII había sometido su testa a Napoleón Bonaparte, ¿Sería válido seguir adepto al vasallo de un invasor? O ¿Debería contestar como años atrás lo había hecho José María Morelos y Pavón, cuando discutía si debía mantenerse lealtad a un juramento a quien había hecho un mal a los habitantes de ese gran imperio?

Desde la muerte de Morelos en 1815, la fuerza independentista por los insurgentes había menguado considerablemente y, la llegada de Juan Ruíz de Apodaca, futuro conde de Venadito, con su política de al ofrecer y otorgar indultos a los sublevados, logra atraer a esta promoción a varios cientos de ellos y pacificar, en muy buena medida, al virreinato. Por ello, hacía 1820, se veía si no imposible, si sumamente difícil el logro de una independencia basada en una revuelta popular; el camino a la separación de la América septentrional española de la Metrópoli europea, debería ser en forma diferente y muy sui generis.

Después de su designación como comandante de los ejércitos del sur del virreinato y una vez entrado en tratos con Vicente Guerrero; Iturbide escribe al Virrey Juan Ruíz de Apodaca: "Conde de Venadito"; ciertas cartas en que, sin incurrir en mentira, más guardando parte de la verdadera intención de esa relación, comunica que se ha logrado un entendimiento con el insurgente que asegurará la paz en la región. Luego vendrá su comunicación con el Rey, las Cortes de España, los prelados de la Colonia y los generales en ella, conteniendo un amplio razonamiento del Plan de Iguala, destacando gran capacidad diplomática y conciliadora, así como una persuasión que invita a muchos a sumarse a la causa independentista.

Es por ello, que si bien hubo algunas batallas de los realistas contra los trigarantes, estas no tuvieron lo sanguinario de la etapa inicial, e incluso, muchos de los
clérigos estaban de acuerdo con el plan iturbidista, al grado de que, a diferencia de Hidalgo, no hubo excomunión para el libertador como la hubo contra el iniciador de la
justa independentista de México. Los mismos defensores del virrey, acobardados por el crecimiento exponencial de la marea emancipadora, obligaron a Juan Ruíz de Apodaca a
dimitir al cargo, colocando a Pedro Novella en su lugar.

Lo difícil de comprender la historia de México estriba en las múltiples contradicciones de los escritores, por ejemplo, mientras algunos, subsidiados por los liberales
aseguran que Juan O´Donojú, mal llamado último virrey de la Nueva España (ya no tenía ese grado después de la constitución "La Pepa" de 1812, consolidada en 1820 en España) inmediatamente que llegó a Veracruz lanzó una proclama para reunirse con Iturbide y pactar la independencia, los iturbidistas aseguran que primero quiso defender la
colonia, incluso que propuso armar nuevos ejércitos para combatir a los trigarantes, pero pronto, al ver la real situación nacional y lo necio, arrogante y fatuo de su
criterio, prefirió, ahora, si, negociar y por ello se trasladó a Cordova a firmar los tratados que consumaban la lucha libertaria.

Para la entrada triunfal del ejército trigarante en la ciudad de México, 27 de septiembre de 1821, los soldados pulían sus armas, lavaban sus uniformes y lustraban sus
botas, el pueblo engalanaba casas y limpiaba vialidades, en tanto la llamada nobleza mexicana, la que había perseguido a Primo de Verdad y a Azcárate; que había aplaudido la excomunión de Hidalgo, gritado contra Morelos y enemistado contra Iturbide un día antes de esta fecha, ahora abría las puertas de sus palacetes al libertador y habla de
independencia y libertad, es la misma clase que perdura hasta hoy: inclinando la testa ante Maximiliano; aplaudiendo a Porfirio Díaz y luego a Carranza y más tarde a Obregón,
posteriormente a Salinas y después a Fox. Ellos no han dado un solo céntimo de sus fortunas ni han vertido una sola gota de su sangre, pero si se han beneficiado siempre de su acomodaticia situación que respetan hasta los más izquierdistas una vez en el poder. Ellos irían a engrosar la Junta Provisional Gubernativa, como lo hicieron entre los notables de Santa Anna y luego entre los "científicos" de Díaz y con la actual "Familia Revolucionaria".

Los Guerrero, Bravo, Quintana Roo o López Rayón no figuraban entre los destacados de la consumación de la independencia, incluso, Vicente Guerrero aceptó un segundo
puesto bajo las órdenes de Morán, un realista de hueso borbonista hasta ese día.

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  Agustín de Iturbide, Libertador de México

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Gorka Rosainz Unda

Fuente: euskonews
 
Vasco de cuatro costados, como a él mismo le gustaba llamarse frecuentemente, Agustín de Iturbide y Aramburo, nació en la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, en el actual estado de Michoacán, el 27 de noviembre de 1783, en el seno de una familia acomodada, poseedora de vastas extensiones de tierra, entre ellas las haciendas de Apeo y Guaracha.

Su padre era de Pamplona, aunque fue bautizado en Peralta y se llamaba José Joaquín de Iturbide, en tanto que su madre nació en la misma Valladolid y era hija, también, de padres vascos.

A los cuatro días de nacido fue bautizado con los nombres de Agustín, Cosme y Damián, en la Catedral vallisoletana por el canónigo don José de Arregui. Andando el tiempo, el niño llevaría los nombres de Agustín de Iturbide y Aramburo y Arregui, “el del camino fuerte” o “el Varón de Dios”, como le pusiera cierto latinista antiguo maestro suyo, o “Agustinus Dei Providentia”, como el Congreso del Imperio Mexicano decretó que se pusiese de lema bajó el busto desnudo en la moneda imperial.
 

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La bandera de las Tres Garantías (Unión, Religión e Independencia) con el águila coronada.

Agustín de Iturbide fue, con toda la naturalidad y sencillez propia de todo vasco, consumador de la Independencia de México y creador de su bandera nacional, cuyos colores significan lo que él llamó “Las Tres Garantías”: Religión, Unión e Independencia. Por cierto, como dato adicional, fue él quien dio el nombre de México a todo el país pues antes sólo se llamaba así la ciudad capital de la Nueva España. Fue proclamado por el pueblo su primer emperador con el nombre de Agustín I, cuyos dominios abarcaban desde Oregón y Luisiana, en lo que ahora es territorio de la Unión Americana, hasta Colombia, incluida toda Centromérica.

Un vasco emperador es algo que, considerado a la ligera, puede parecer muy surrealista pero no hay que olvidar que los vascos se cuecen aparte y que siendo vasco se puede ser emperador o lo que se quiera sin perder la brújula de su esencia y de lo que se pretende. En casos como este puede decirse que el vasco es primero vasco y luego emperador si conviene y así sucedió con Iturbide.

Agustín I no deseba ser emperador, como pretenden acusarlo sus detractores, no lo deseaba ni le interesaba pero como fue él el caudillo que logró llevar a buen término la revolución de Independencia y además tenía las cualidades necesarias y la popularidad requerida para encabezar el gobierno del naciente país, sólo él podía asumir esa responsabilidad y por eso el pueblo, con el abierto apoyo de todo el Ejército, lo elevó al trono.

Ahora bien ¿por qué un imperio? ¿por qué no una república, como estaba en el plan trazado por el gobierno de Estados Unidos? Por la sencilla razón, en principio, de que un país que apenas está naciendo a su independencia y que durante toda su historia fue gobernado por autoridades absolutistas y despóticas y además con tantas diferencias raciales, sociales, económicas, religiosas y de todo género no puede de buenas a primeras autogobernarse democráticamente, como querían los estadounidenses. Iturbide, con la transparencia de un vasco pretendía un imperio constitucional que se podría definir como de transición hasta llegar a establecer la democracia gradualmente; de otra manera no funcionaría, y tan no funcionó, que por hacer las cosas como los norteamericanos querían todo el siglo XIX fue para México de guerras, revoluciones, cuartelazos, pronunciamientos, rebeliones, derramamientos de sangre y pérdidas económicas que dejaron al país exhausto, soplando siempre desde el norte vientos que avivaban el fuego de la hoguera.


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Agustín I, Emperador de México.

Iturbide intuía que eso podría suceder y desde que tuvo posibilidad de hacerlo se opuso a la labor del ministro plenipotenciario de Estados Unidos, Joel Roberts Poinsett,
quien desde antes de la independencia de los territorios de España anduvo muy activo recorriendo todo el continente.

Poinsett traía instrucciones precisas en relación con estos movimientos de emancipación y ya había tenido fricciones con Iturbide desde antes de que éste ascendiera al trono de México y cuando por fin se constituyó el Imperio, el agente estadounidense hizo cuanto pudo por pulverizarlo para lo cual organizó a políticos liberales, enemigos naturales de Iturbide, estableció y fortaleció el rito masónico yorkino para oponerlo al llamado rito escocés, que ya funcionaba en México, y a partir de entonces conspiró para acabar no sólo con el Imperio sino con Iturbide mismo, lo cual logró tan plenamente, que a pesar de ser Iturbide el verdadero padre de la patria mexicana, hasta la fecha es tabú siquiera mencionarlo en medios oficiales, no sólo no se le reconoce nada sino que se le ve y se le trata como si se hubiera tratado del peor delincuente y los libros de historia lo evitan o apenas lo mencionan.

Estados Unidos buscaba expandirse y le molestaba la presencia y la influencia de Europa porque interfería con sus propósitos de ejercer su hegemonía en concordancia
con el llamado “Destino Manifiesto” que los llamaba a ser los líderes de América (y luego del mundo) y veían a Iturbide como un estorbo para borrar toda reminiscencia
europea, como era un imperio y para establecer un sistema federalista.

Las intrigas del ministro plenipotenciario confidencial norteamericano consiguieron que el Congreso, con el cual el emperador ya tenía dificultades, lo enviara al destierro
por motivos espurios y que estableciera impedimentos para su posible regreso pero sin comunicarle esta última disposición. De esta manera, cuando Iturbide, nostálgico,
creyó de buena fe que sería fácil regresar para ponerse nuevamente al servicio de México y ayudar a poner orden en el país, o aunque fuera como simple militar, fue
apresado por el general Felipe de la Garza , comandante de la zona de Tamaulipas, al desembarcar en las costas de ese estado, y luego de tenderle varias trampas para
inspirarle confianza, estuvo haciendo tiempo para que el Congreso local lo sentenciara a ser pasado por las armas en el lugar llamado Padilla, de ese mismo estado
norteño, el 19 de julio de 1824, en donde fue sepultado y permaneció hasta el 27 de octubre de 1839 en que sus restos fueron depositados en la capilla de San Felipe
de Jesús, de la Catedral de México, lugar en que aún permanecen olvidados por el propio pueblo al que dio independencia, dentro de una urna bajo la cual se puede
leer en una placa de mármol la siguiente inscripción:

“Agustín de Iturbide, autor de la Independencia Mexicana. Compatriota llóralo, pasajero admíralo. Este monumento guarda las cenizas de un héroe. Su alma descansa en el
seno de Dios”.

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