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Viernes, 21 Diciembre 2007 03:44

ZORIONAK ETA URTE BERRI ON

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 ZORIONAK ETA URTE BERRI ON


Jueves, 20 Diciembre 2007 05:50

Bautizo Trillizos Eguia / Blanchet

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BAUTIZO TRILLIZOS EGUIA / BLANCHET 

 

Aupa :

Hace un año el 11 de Diciembre Pedro Eguía y Luz Blanchet  fueron padres de 3 angelitos, 3 angelitos que llegaban al mundo solo con 6 meses de gestación es decir muy, pero muy prematuros. Desde el primer día los 3 angelitos LUCHARON por su vida,  estuvieron varios meses en el hospital sorteando toda clase de obstáculos pero finalmente Lorea, Aitana y Lander sobrevivieron gracias a Dios, a la medicina, al amor de sus padres, a las oraciones de TODOS y que a llevan por sus venas sangre vasca : de Markina!!!!!!Y pues un año el pasado día 15 de Diciembre se llevó a cabo el bautizo de Lorea, Aitana y Lander, tengo que aclarar que una semana antes pasé por una tremenda gripe así que aunque estaba invitada al bautizo la verdad no creía que podría ir…. pero como no acompañar a Pedro a Luz y a sus familias y amigos en ese día??? El bautizo sería de noche y en la Torre Mayor!!!! Como muchos de ustedes saben Luz la esposa de Pedro trabaja en el medio del espectáculo por lo que además de amigos y conocidos estaban invitados gente del espectáculo.El caso es que mi gripa iba “mejor” y como me asignaron dos boletos para el bautizo decidí invitar a Miren para que fuéramos juntas, le avisé el jueves….de entrada se emocionó pero luego pensando, y aunque queríamos estar ese día acompañando a Luz y a Pedro sabíamos que iba a ser un evento por todo lo alto _además de ser en la Torre Mayor_ y con gente del espectáculo invitada así que nos empezamos a echar para atrás…..pero ahí fue donde Miren entre que le contó a Lorea y entre que se encontró a Arantza Ruíz de Azua en el Centro Vasco y le contó…y pues entre las dos nos CONVENCIERON de que no podíamos fallar….

 

50 AÑOS DE PRESENCIA VASCA EN MÉXICO, Josu Ruiz de Gordejuela Urquijo
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Jaione te comento: El miércoles presenté una ponencia en el congreso internacional Euskalherria mugaz gaindi (yo lo traduzco como traspasando la frontera de Eukal herria o algo parecido) celebrado en Vitoria-Gasteiz y que se ha dado a conocer como nuevas investigaciones sobre la presencia vasca en el mundo. El artículo completo aparecerá en internet, junto al resto de ponencias, pero he considerado interesante para mis amigos de México enviarte la presentación del estudio ya que es más corto y fundamentalmente porque no tiene pies de página que pueden dificultar la presentación en la página web.

Bueno Jaione, yo sigo trabajando en el proyecto de escribir una historia de los vascos en México en el XIX.

Recibe, como sueles decir tu, muxuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu aundi bat.

Josu

P.D. Sería interesantísimo encontrar correspondencia particular entre los vascos de México y de Aitaren Etxea (la casa del padre) es decir de Euskadi durante el siglo XIX. Ya sabes si puedes preguntar a nuestros amigos sería muy importante porque no hay casi nada.

Josu Ruiz de Gordejuela Urquijo

 

 

 

 

CINCUENTA AÑOS DE PRESENCIA VASCA EN MÉXICO, 1800-1850

 

A pesar del interés por el estudio de la emigración española a América durante el siglo XIX, los primeros años de emigración a México durante este periodo han sido escasamente tratados. A partir de la independencia de la Nueva España y hasta mediados del siglo pasado, México recibió a varios cientos de emigrantes vasco-navarros —que convivieron con otros muchos vascos que consiguieron permanecer en México tras la independencia—, hecho que marcó un punto y aparte en la historia de la emigración a este país. Es por ello intención de esta ponencia aportar luz sobre este tema prácticamente desconocido pero de gran importancia, ya que supone el eslabón entre la emigración del antiguo régimen y la contemporánea

 

La presencia vasca en el nuevo continente fue una constante desde el mismo descubrimiento de América y que perdurará, aunque residualmente, hasta mediados del siglo XX. Durante el periodo colonial, la condición innata de hidalgo de la mayoría de los vascos les ofreció importantes facilidades para desempeñar cargos públicos, lo que motivó que muchos jóvenes eligiesen la carrera funcionarial al otro lado del Atlántico para labrar su porvenir. Otros muchos, a la sombra de familiares o parientes instalados en el comercio en las colonias, decidieron abandonar desde temprana edad su hogar para aprender el oficio de comerciante, tal como lo habían hecho anteriormente miles de compatriotas suyos. La aportación religiosa del País Vasco a América fue otra vertiente relevante en el flujo migratorio al nuevo continente. Del conjunto del territorio que formaba España, el aporte humano vasco fue quizá el más significativo, no tanto por el número de emigrados sino sobretodo por la trascendencia de su presencia en la vida social y económica en las colonias.

Los estudios sobre emigración a América muestran cómo las guerras revolucionarias, la crisis económica y del comercio frenaron la progresiva emigración vasca a América reduciéndose significativamente durante las dos primeras décadas del s. XIX, sin que significara una paralización total de la salida de peninsulares hacia el continente americano. Es a partir del último tercio del siglo XVIII cuando la presencia vasco-navarra en México tuvo una importancia decisiva dentro del conjunto de comunidades españolas, representando más de un 18% del total, cifras que fueron aumentando sin cesar hasta la víspera de la independencia. El modo de emigrar de estos vasco-navarros es el reflejo del modelo de emigración “clásico” que vinculaba a los jóvenes peninsulares con familiares y paisanos colocados en su mayor parte en el comercio novohispano.

Así la presencia vasca alcanzó el 18,42% del total del conjunto peninsular —correspondiendo a Bizkaia un 57% de esta emigración mientras que Álava y Gipuzkoa fue similar con un 21,5% — y la Navarra continuó creciendo, aunque de manera más moderada, con el 19,93%. Dentro de este conjunto los encartados de Bizkaia, los ayaleses de Álava y los baztaneses de Navarra constituyeron el grueso de esta presencia vasca en Nueva España.

La insurgencia mexicana y la guerra de independencia en España frenó el flujo migratorio que llegó prácticamente a anularse con la independencia de México. A partir de este momento tal como afirmaba el ilustre pensador y político Lucas Alamán, “la situación de los españoles cambiaría sustancialmente después de consumada la independencia. Los criollos pasarían a ocupar el primer plano en la política nacional. Los peninsulares continuarían en absoluta minoría; sin el respaldo de España y sin la influencia y los privilegios de la Colonia. Los problemas a los que se enfrentarían después de 1821 serían muy diferentes a los del periodo anterior. En adelante, no tenían más alternativa que sufrir los vaivenes de la política y las vicisitudes de los primeros gobiernos nacionales”. Para Lorenzo de Zavala, la desconfianza de los mexicanos hacia los “gachupines” era inevitable, ya que a pesar de haber logrado la independencia, los antiguos opresores seguían disfrutando cargos en el gobierno nacional, en la burocracia militar y eclesiástica, y todos ellos beneficiándose de la nueva nación.

En definitiva, el colectivo español fue acusado de suscitar todos los males que padecía la república, lo que provocó continuas manifestaciones de animadversión a los peninsulares.

 

La mayor parte de los primeros en salir —además de los altos funcionarios coloniales que, obviamente, tenían que abandonar el país— fueron aquellos que más podían perder en la nueva situación y que vieron la conveniencia de abandonarlo a tiempo, cuando aún podían proteger a sus familias y salvar el valor de sus propiedades regresando a la península. Pero una parte significativa de éstos, sobre todo hombres del comercio y los negocios de apellido y origen vasco, decidieron asentarse en plazas europeas como Londres o Burdeos donde podían hacer rendir mejor sus capitales. Algunos de ellos se convirtieron en testaferros y depositarios de otros muchos paisanos suyos que permanecían en México pero que prefirieron sacar del inestable país sus capitales, hasta que se vieron obligados ellos mismos a marcharse. Comenzó así la exitosa carrera de algunos que, como los Aguirrebengoa, Urribarren y los Iñigo y Ezpeleta, llegaron a convertirse en grandes banqueros en la Francia de Luis Felipe o en la Inglaterra en plena revolución industrial. Además, estos hombres de negocios dieron continuidad en gran medida al comercio entre Europa y México, sólo que ahora otros puertos europeos como Bayona, Burdeos, Londres, sustituyeron a Cádiz y los puertos peninsulares españoles.

Del estudio total de 235 personajes emigrados españoles estudiados en la tesis doctoral entre 1821-1827, 104 tienen apellidos vascos o son vascos de nacimiento.

Esta muestra, de la que tan sólo conocemos la mitad aproximada de las ocupaciones de estos emigrados, nos ofrece, por tanto, una primera conclusión: la mayor parte (en concreto, un 73 por ciento) de los emigrados de la primera hora son los hombres del comercio.

 

El número de oficios desconocidos sólo alcanza el ocho por ciento, seguido de oficios liberales con el cinco, los mismos que sacerdotes y de oficios diversos y el cuatro por ciento de militares. Por otro lado, una mayoría de estos comerciantes eligieron como destino un puerto extranjero, sobre todo de Francia (67) o Inglaterra (14), y de estos la mitad son vasco navarros, algo por otro lado lógico debido a la larga tradición que tenían estos hombres del norte de relacionarse con los puertos atlánticos de Europa.

 

Mientras, otros muchos permanecieron en México —unos por no haber alcanzado la fortuna suficiente como para empezar de nuevo en otro lugar y otros porque tenían hecha su vida en el antiguo virreinato y carecían de motivos o posibilidades de emigrar— sufriendo en los años siguientes el ambiente cada vez más hostil hacia la presencia española. Esto es lo que debió de ocurrir con muchos pequeños comerciantes atrapados en sus negocios locales y con empleados de diversa clase. Es ésta una historia que está en gran medida por hacerse y que ofrecería mucha luz sobre la vida cotidiana de los vascos en el México de las primeras décadas del siglo XIX. Entre los documentos que guarda el Archivo Foral de Bizkaia he podido rescatar la documentación epistolar entre José María Maruri y su empleado José Ramón Basagoiti en donde se refleja bien la diferencia entre los que regresaron y los que tuvieron que quedarse.

 

En primer lugar la conspiración del padre Arenas y posteriormente los preparativos de la invasión de Barradas dieron la excusa decisiva a los políticos liberales mexicanos para decretar la expulsión de los españoles, de modo que, en una perspectiva más amplia, la fracasada operación militar significó también la pérdida del último eslabón que aún mantenía unidos, hasta cierto punto, a la metrópoli con su antigua y más rica colonia.

La presión de la opinión pública y de las cámaras regionales obligó por fin al Senado a aprobar, el 20 de diciembre de 1827, la primera ley de expulsión de españoles. Tan sólo 15 meses después una segunda ley pretendió resolver radicalmente el problema con medidas más estricta al afectar a todos los nacidos en la península —con independencia del estado civil, relación familiar, creencias políticas o vinculaciones personales— y no dejar prácticamente margen para excepciones o exenciones, tal como había sucedido en la primera ley.

El total de exceptuados de las leyes de expulsión de 1827 y 1829 por las cámaras del senado y congreso de la unión fue de 473 españoles, de los cuales 83 eran nacidos en el País Vasco, representando el 17,54% del total.

Muchos de los expulsos, ante la urgente necesidad de abandonar el país, se vieron obligados a malvender sus haciendas y propiedades. Luego tuvieron que sortear un conjunto ilimitado de dificultades: evitar los peligros del camino hasta el puerto de salida; una penosa espera en los embarcaderos hasta obtener un pasaje que los sacase del país, si es que antes no sucumbían a la fiebre amarilla; los abusos de los capitanes de buques y, por fin, un destino inmediato para la mayoría, Nueva Orleans y Burdeos, en donde se encontraron completamente desamparados, también por las autoridades consulares españolas donde las había.

 

Al desamparo y falta de medios se unió la desconfianza de los gobiernos, especialmente del español, que los convirtió en auténticos hombres sin patria, con un destino incierto. Muchos consiguieron llegar a las costas francesas, donde fueron acogidos por los emigrados que ya se encontraban allí; pero incluso entonces fueron vigilados por las autoridades españolas y mexicanas temiendo unas su eventual actitud “revolucionaria” y, las otras, que no participaran en posibles aventuras de reconquista. Silenciosamente fueron regresando, los que pudieron, a sus solares originales en la península, hasta perderse de nuevo en el anonimato de la historia.

 

En efecto, a partir de 1830, la inmensa mayoría de los emigrados que permanecían en Francia pasaron la frontera y se instalaron en España. A su vez muchos de los que aún permanecían en Nueva Orleans decidieron burlar las leyes de expulsión y regresar a México.

Pasado el furor revolucionario, las necesidades comerciales ya venían anunciando desde 1831 la urgencia de un acuerdo de paz entre México y España que llevara a la reconciliación y el restablecimiento de las relaciones de personas y bienes entre la vieja metrópoli y las nuevas repúblicas. El gobierno mexicano mostró tanto o más interés que el español por regularizar las relaciones, endeudado por los gastos de la guerra con Texas. Así, después de su estudio y aprobación por las Cortes españolas, el ministro plenipotenciario mexicano, general Miguel Santa María y su homólogo español José María Calatrava firmaban el tan anhelado Tratado de Paz el 28 de diciembre de 1836, por el que España reconocía la independencia de México y ambas partes declaraban la libertad de comercio y de tránsito de personas entre los dos países.

 

Habían transcurrido quince años desde la independencia hasta la firma del Tratado de Paz y Amistad y la situación legal de los españoles residentes en México era de lo más ambigua. De hecho el conflicto de la identidad de estos españoles va a marcar prácticamente las relaciones entre España y México durante los años cuarenta de ese siglo. La independencia hizo que muchos españoles adoptasen la nueva nacionalidad para poder continuar con sus vidas y negocios en la ex colonia y como dice Clara Lida ni los criollos los aceptaban ni ellos mismos se veían como hijos de la nueva nación. Para el gobierno mexicano los españoles que juraron fidelidad a la nueva república y que habían permanecido en esta nación —incluidos los españoles que fueron expulsados entre 1827 y 1829— eran a todos los efectos ciudadanos mexicanos, a diferencia de los llegados a partir de 1837 que fueron considerados súbditos de Su Majestad Católica.

A la hora de cuantificar el número de vasco-navarros que llegaron a las costas mexicanas durante los años 1837 y 1842 debemos considerar al menos dos factores que impiden conocer exactamente lo que supuso esta emigración. Por una parte, la inmensa mayoría de los jóvenes que se dirigieron a México zarparon del puerto francés de Burdeos evitando el control policial de las autoridades españolas, por lo que no existen fuentes fidedignas para este periodo; y por otra parte, ya en México, no todos los españoles se registraron en los consulados de España en México para obtener sus respectivas cartas de seguridad.

Gracias al documento titulado “Lista de los individuos que se han presentado en el Consulado General de España en México para obtener sus respectivas cartas de seguridad” conocemos la identidad de 983 españoles de los cuales 739 conocemos su procedencia, perteneciendo al colectivo vasconavarro 237 (35% Bi, 24% Gi, 3% Al y 38% Na)

 

En palabras del ministro español Pascual Oliver las edades de estos emigrantes, incluidos los vasco-navarros, oscilaban entre los 14 y 40 años “y su ocupación la del comercio por menor en clase de dependientes, a excepción de unos cuantos que tienen establecimientos propios, tres o cuatro que ejercen la abogacía, otros tantos médicos y algunos artesanos y artistas, aunque muy pocos”.

 

Coincidiendo con la llegada del citado ministro plenipotenciario español, el gobierno liberal moderado de Bustamante fue sustituido por el conservador dirigido por el omnipresente general Santa Anna. En este nuevo marco político el enviado español reclamó a su homónimo mexicano, Gómez Pedraza, que los españoles que hubieron permanecido después de la independencia en tierras aztecas pudieran recuperar la nacionalidad española.

Mientras, fueron muchos los vasco-navarros que padecieron la política del gobierno mexicano que les obligaba a realizar servicios forzosos tales como la custodia en cárceles o los temidos préstamos, haciendo caso omiso al artículo 6º del Tratado de mutuo reconocimiento. Un año después, el 10 de agosto de 1842, el gobierno mexicano decretaba que los españoles que se habían acogido a los tratados de Córdoba y el Plan de Iguala podían permanecer como mexicanos o bien renunciar a esa prerrogativa y ser considerados como extranjeros si así lo deseaban.

Oliver tuvo que enfrentarse un año después al endurecimiento de la política del general Santa Anna contra los ciudadanos extranjeros al prohibirles practicar el comercio al menudeo —principal actividad de los vasco-navarros afincados en México— lo que provocó que muchos de ellos decidieran recobrar la nacionalidad mexicana y de este modo continuar sus actividades profesionales.

 

Los acontecimientos obligaron al ministro español a requerir a sus superiores en Madrid que dotaran medidas restrictivas que paliaran el constante goteo de jóvenes a un México diferente al que habían emigrado años antes sus parientes y paisanos, proponiendo un conjunto de medidas restrictivas.

 

Por desgracia fueron muchos los que sufrieron la indigencia y la enfermedad, hecho éste que motivó que los hombres más pudientes de la Colonia española en México, cuya mayoría era de origen vasco-navarro, decidiesen fundar el 9 de octubre de 1842 la Sociedad de Beneficencia. Todos los socios contribuyeron a costear los gastos del mantenimiento del hospital-residencia para los españoles que vivían en la miseria con suscripciones que ascendían a cerca de los mil pesos mensuales. Entre los fundadores se encontraban importantes hombres de negocios vascos como, Manuel de Trueba, Benito Macua, José María Bassoco, Lorenzo Carrera, Pío Bermejillo y Luis Rovalo, por citar algunos de lo vasco-navarros más relevantes.

 

El estudio de la emigración vasco-navarra en México puede parecer a primera vista un ejemplo de “microhistoria” por su relativa presencia humana en el país americano, pero sin embargo es un vehículo de conocimiento de un vasto universo social que trasciende el mero análisis demográfico para profundizar en las múltiples dimensiones humanas y económicas de la sociedad vasca y mexicana.

 

 

Domingo, 09 Diciembre 2007 05:28

ANÁLISIS Sobre el origen de los dialectos del euskara

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Los «euskalkis» actuales tienen su origen en la Edad Media

Frente a la tesis tradicional sobre el origen de los dialectos del euskara, que los ha relacionado con las antiguas tribus que poblaron el territorio que hoy constituye Euskal Herria y con las distintas diócesis episcopales en que luego fue dividido, Koldo Zuazo defiende una bien distinta que, sin duda, sorprenderá a muchos lectores.

 

Koldo ZUAZO Profesor de Dialectología y Sociolingüística del Euskara en la Universidad del País Vasco

La primera mención de los dialectos vascos se la debemos a Arnaut Oihenart, historiador suletino del siglo XVII. Los relacionó con las antiguas tribus, por lo que diferenció cuatro dialectos: el de los aquitanos, hablado en Iparralde, el de los vascones, de Navarra, el de los várdulos, de Gipuzkoa y Araba, y el de los autrigones, de Bizkaia.

Al binomio «tribus-dialectos» establecido por Oihenart se le añadió un tercer elemento en el siglo XX: el de las diócesis eclesiásticas. Así, por ejemplo, en un artículo publicado por Serapio Mujika en la revista «RIEV» (1914-17) se decía que los límites de las diócesis guardaban relación con los de las antiguas tribus y que los modernos dialectos eran una reminiscencia de ello. Esa tesis fue recogida posteriormente por Julio Caro Baroja en dos libros que tuvieron una amplia difusión: «Los pueblos del norte de la Península Ibérica» (1943) y «Materiales para una historia de la lengua vasca en su relación con la latina» (1946). De ese modo, la idea de que los dialectos vascos son antiguos y que sus límites coinciden con las demarcaciones de las tribus y diócesis eclesiásticas logró una gran aceptación. Hoy día, sin embargo, se observa un escepticismo cada vez mayor.

Tribus y diócesis eclesiásticas

La hipótesis de la relación «tribus-diócesis-dialectos» tiene su mejor apoyo en la zona occidental: en Bizkaia, Araba y valle del Deba. Se dice que esa zona estuvo poblada por los caristios -no por los autrigones, como por error dijo Oihenart-, que eclesiásticamente constituyó la diócesis de Armentia, que luego se integró en la de Calahorra, y que en ella se hablaba un tipo de euskara similar.

También se cita a menudo el caso de Oiartzun-Hondarribia-Irun, pero ahí tenemos ya una contradicción, pues, si bien esa zona se supone que estuvo poblada por los vascones y se ha considerado de habla navarra, eclesiásticamente perteneció a la diócesis de Baiona, y no a la de Iruña, tal como en principio cabría esperar.

De todos modos, los desajustes son todavía mayores en otros lugares, por lo que habitualmente se silencian y se ocultan. Así, por ejemplo, el príncipe Bonaparte distinguió cuatro dialectos en Iparralde. Otros creemos que ese número es excesivo, pero en cualquier caso todos aceptamos que hay al menos dos dialectos: el suletino y el navarro-labortano. Pues bien, las provincias de Iparralde están divididas en tres obispados y, según parece, estuvieron ocupadas por una única tribu.

La relación «tribus-diócesis-dialectos» tampoco se cumple en Gipuzkoa y Navarra. Eclesiásticamente, la mayor parte de esas dos provincias estuvo encuadrada en un único obispado, el de Iruña. Sin embargo, estuvieron pobladas por dos tribus diferentes, la de los vascones y la de los várdulos y, desde el punto de vista lingüístico, se hablan dos dialectos principales, todo ello sin olvidarnos de las peculiares hablas de los valles navarros de Salazar y del Roncal.

En definitiva, no parece que las demarcaciones eclesiásticas sean una continuación de la antigua organización tribal y, de hecho, así lo ha demostrado Elena Barrena en «La formación histórica de Guipúzcoa» (1989), tomando como modelo el caso guipuzcoano. También Roldán Jimeno ha defendido un punto de vista similar en «Los orígenes del cristianismo en la tierra de los vascones» (2003).

No ha de olvidarse, además, que las diócesis eclesiásticas se constituyeron con posterioridad a la desaparición de las tribus vascas, por lo que sería mucha casualidad que pasados varios siglos pudieran reproducirse sus mismos límites.

El testimonio de la lengua

En 1981 se publicó un artículo de Koldo Mitxelena, «Lengua común y dialectos vascos», donde se hizo una breve mención al tema que nos ocupa. Defendió la tesis de que los dialectos no podían ser muy antiguos y presentó dos razones para ello:

1) El amplísimo número de características comunes a todos los dialectos, lo cual sería improbable si éstos fueran tan antiguos.

2) El elevado número de innovaciones comunes a todos los dialectos, hecho difícilmente explicable de ser antiguo el fraccionamiento dialectal. Por poner un ejemplo, las abundantes palabras provenientes del latín han seguido una evolución similar en todos los dialectos.

Basándose en esas razones, Mitxelena consideró que la fragmentación dialectal se produjo probablemente después del siglo VI.

Un análisis detenido de los dialectos vascos nos lleva a aceptar la propuesta de Mitxelena, pero creemos, además, que debe añadirse un tercer argumento: los únicos dialectos verdaderamente divergentes son los laterales, es decir, el suletino, el roncalés, el salacenco y el occidental. En los dialectos centrales las diferencias son escasas y no muy importantes, lo cual tampoco sería de esperar si los dialectos viniesen de época muy antigua.

Pero ha de tenerse en cuenta, además, que no cualquier tipo de divergencia sirve para demostrar la antigüedad de los dialectos. Principalmente es el número y la importancia de las innovaciones lo que nos dará una idea sobre su origen. Hemos de aclarar que llamamos «innovaciones» a aquellos cambios que se producen en el seno de la lengua. Por citar un ejemplo conocido de todos, el dialecto occidental presenta una innovación importante en los nombres de los días de la semana. Frente a los generales astelehena, asteartea, asteazkena, osteguna, ostirala, larunbata e igandea, en aquel dialecto se dicen ilena (también, y en una extensión muchísimo mayor, el común astelehena), martitzena, eguaztena, eguena, barikua, zapatua y domekea. En definitiva, cuanto mayor sea la cantidad y la calidad de las innovaciones, ello será indicio de que los dialectos pueden ser antiguos, mientras que, si ese número es reducido, ello será prueba inequívoca de que los dialectos son recientes.

Aplicando ese criterio a los dialectos divergentes arriba mencionados, vemos que las hablas de los valles del Roncal y de Salazar apenas tienen innovaciones propias, sino que, por lo general, se han abastecido del suletino y de otras hablas navarras de su entorno.

En el suletino sucede algo similar, pues muchas de sus innovaciones más importantes -la vocal ü, por ejemplo- no son autóctonas, sino de origen occitano. No hemos de olvidar que el occitano fue idioma oficial de Zuberoa y que hasta bien entrado el siglo XX muchos habitantes de esa región utilizaban o, al menos, entendían dicha lengua.

Nos queda, por último, el dialecto occidental, el cual posee, en efecto, un número considerable de innovaciones propias. Pero lo único que nos permite este dato es afirmar que los habitantes de esa zona han seguido un camino bastante diferenciado con respecto a las otras regiones vascas desde una época muy temprana.

El cuándo y el porqué del fraccionamiento dialectal

Al hilo de lo que decimos, cabe preguntar cuáles han sido los momentos y las razones que han originado la formación de los dialectos vascos. Digamos, para empezar, que la fisonomía de los actuales dialectos se hace ya patente en el siglo XVI, en el momento en que aparecen los primeros documentos escritos. Se formaron, pues, a lo largo de la Edad Media, probablemente de manera simultánea a como se fueron constituyendo las provincias vascas que ahora conocemos.

Por otra parte, dentro de la estructura del euskara observamos dos cortes importantes, también presentes para el siglo XVI. Uno que separa el euskara de las provincias de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa del de Iparralde y Navarra, y otro que separa el euskara de Iparralde del de Hegoalde. Tal vez la fragmentación del Reino de Navarra esté en la base de ambos hechos, pues fue a partir de entonces cuando las provincias de Lapurdi y Zuberoa, sobre todo, orientaron sus relaciones políticas y sociales hacia centros ubicados al norte de los Pirineos, mientras que Araba, Bizkaia y Gipuzkoa quedaron integradas en el reino de Castilla. La reordenación de las provincias vascas operada entre los siglos XI-XII pudo repercutir en la evolución posterior de la lengua y tal vez fue entonces cuando se dio el primer paso importante en el proceso de la dialectalización del euskara.

Otro paso importante se dio, con toda seguridad, entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XX. A mediados del XVIII surgió el dialecto literario guipuzcoano, en el siglo XIX tomaron cuerpo el vizcaíno y el suletino y en el siglo XX el navarro-labortano, lo que propició el distanciamiento entre los diferentes dialectos. El papel de Bonaparte y sus colaboradores en el siglo XIX fue también decisivo. Su afán por demarcar de una manera neta y clara las fronteras dialectales, subdialectales y aun las de aquellas hablas que él consideraba peculiares tuvo como consecuencia que dichas fronteras se ahondaran todavía más.

Desde 1960, aproximadamente, estamos asistiendo a un proceso de convergencia de los dialectos vascos, pero al mismo tiempo observamos que la distancia entre el euskara de Iparralde con respecto al de Hegoalde está aumentando a causa de la influencia de las dos lenguas oficiales que se hablan a cada lado de la frontera administrativa. También en Bizkaia se mantiene todavía viva la tendencia divergente, propiciada principalmente por aquellos grupos que desean promover un estándar vizcaíno en dicha provincia.

Los focos innovadores

Hemos señalado la importancia de las innovaciones a la hora de calcular la antigüedad de los dialectos. También habremos de fijarnos en ellas en el momento de llevar a cabo clasificaciones dialectales, pues es a partir del área que abarcan las innovaciones como se señalan los límites de los dialectos. Queda claro, por lo tanto, que su estudio resulta absolutamente fundamental.

Ha sido una historiadora, Elena Barrena, la primera en ocuparse del tema. En la obra antes citada, y basándose en los mapas lingüísticos de Pedro Irizar, propuso tres focos de formación de los dialectos y los situó en tres macizos montañosos: el Gorbeia, el Aralar y el Saioa, éste en el norte de Navarra.

En mi opinión, resulta difícil explicar los dialectos partiendo de esos focos y, además, no es en las montañas, sino en los núcleos urbanos, donde creo ver su origen. Yo, por mi parte, señalaré los cinco siguientes, dos de ellos antiguos y los tres restantes más modernos (hemos presentado algunos datos en apoyo de esta hipótesis en «Euskalkiak, Herriaren lekukoak» [2003]).

Entre los antiguos, uno parece estar en Navarra, seguramente en su ciudad más importante: Iruña. El segundo se sitúa en la zona occidental, muy probablemente en Gasteiz. El área de influencia de Iruña parece abarcar la Baja Navarra, Lapurdi, la zona oriental de Gipuzkoa y, aunque con menor intensidad, la parte oriental de Araba, además, naturalmente, de la propia Navarra.

El área de acción de Gasteiz parece extenderse, aparte de su provincia, a Bizkaia, valle del Deba, La Rioja y, con menor fuerza, a las comarcas del Urola y Goierri guipuzcoanos y a ciertos valles del oeste de Navarra; concretamente, Burunda, Lana y las Amescoas.

Como puede verse, el oeste navarro y el este alavés han participado de ambos tipos de influencias, lo cual es un hecho habitual y da origen a lo que se denominan «hablas de transición». De todos modos, queremos dejar claro que en toda esa zona parece haberse hablado un tipo de euskara similar, a pesar de pertenecer a dos provincias -y a dos reinos, Castilla y Navarra- y a dos diócesis diferentes. Con ello se demuestra que en la formación de los dialectos intervienen factores muy diversos, como, por ejemplo, las relaciones económicas, comerciales y sociales.

También quisiera señalar que, vista la silueta del euskara occidental, su núcleo ha de situarse necesariamente en Gasteiz. Si estuviera en Bizkaia, sería improbable que las innovaciones hubieran llegado al oeste de Navarra. La presencia de rasgos occidentales en el Goierri también se explica mejor partiendo de Gasteiz, pues no ha de olvidarse que ha existido una importante vía de comunicación que unía Araba con la costa a través del túnel de San Adrián. Además, los núcleos urbanos vizcaínos de la época medieval en absoluto pueden compararse con la importancia de Gasteiz.

Entre los tres focos innovadores más modernos, uno lo situamos en Zuberoa, que, como se ha dicho, ha sido la puerta de entrada de numerosas influencias occitanas. Su área de acción llega en ocasiones hasta el este de Lapurdi, así como a los valles navarros del Roncal y Salazar y, más débilmente, a Aezkoa.

El segundo lo ubicamos en Gipuzkoa, a lo largo de la importante vía de comunicación que ha unido y une Iruña con la costa, en torno a núcleos de población como Tolosa, Villabona, Andoain, Hernani y Donostia. Su radio de acción alcanza el norte del valle del Deba y los valles occidentales de Navarra, en concreto, Araitz, Basaburua, Larraun e Imotz. Con menor intensidad llega también al sur del valle del Deba, a las comarcas navarras de Bortziriak y Sakana, a la costa labortana y a la comarca vizcaína del Artibai (Ondarroa-Markina).

El tercero y el más moderno lo fijamos en la zona central de Bizkaia, en las comarcas de Mungialdea, Busturialdea, Txorierri y Arratia. Se ha desarrollado a partir del siglo XIX y sus principales agentes propagandísticos han sido los sacerdotes y los miembros de determinadas congregaciones religiosas, por lo general franciscanos, carmelitas y pasionistas. No ha alcanzado el valle del Deba y, sólo de manera muy atenuada, el valle del Artibai.

Llama la atención en el caso de Bizkaia la escasa incidencia de su capital, Bilbao. Son pocas las innovaciones que parecen haber surgido allí y ninguna de ellas ha alcanzado una difusión importante. Por citar un ejemplo, la pérdida de la -n final en las formas verbales de pasado (za, `era', en lugar de los generales zan/zen), que tal vez pudiera tener su origen en Bilbao, tan sólo se ha testimoniado en algunas pocas localidades de Uribe Kosta, próximas a la capital.

Más sorprendente resulta el caso de la costa labortana, donde, a pesar del arraigo de la literatura en euskara en el siglo XVII y su importancia económica y demográfica, apenas ha generado innovaciones lingüísticas dignas de mención. Tan sólo considero procedente de esa zona la utilización de verbos bipersonales en lugar de los tripersonales, en ejemplos como erran nau o galdegin naute, en lugar de los generales erran daut o esan dit y galdegin dautate o galdegin didate.

Éste es, de manera resumida, el camino seguido por los dialectos vascos. Un camino que al parecer se inició en la época medieval y que ha llegado hasta el siglo XXI. En el momento actual se observan cinco dialectos: a) el occidental, que se mantiene vivo en Bizkaia, en el valle del Deba guipuzcoano y en el valle alavés de Aramaio; b) el central, que, además de hablarse en Gipuzkoa, se ha ido extendiendo a los valles navarros de Araitz, Larraun, Basaburua e Imotz; c) el navarro; d) el navarro-labortano, que, además de hablarse en esas dos provincias, penetra en el noroeste de Zuberoa y en el valle navarro de Luzaide, y e) el suletino, que se habla también en una localidad administrativamente bearnesa: Eskiula.

Los «focos de innovación» del euskara