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Martes, 21 Octubre 2008 19:00

Cap I En qué quedó nuestro desventurado “raid” a una huerta de manzanas.

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 Principio con recuerdos de antes de la Guerra. 1936. Primera parte. En qué quedó nuestro desventurado “raid” a una huerta de manzanas.


Creo que era en 1936, un poco antes del comienzo de la rebelión fascista. Yo tendría unos nueve años, cuando en compañía de varios amigos decidimos “visitar” una huerta de manzanas.
Me parece recordar que el nombre del caserío escogido era el caserío “Iragorri” o "Iraragorri". Se iba por un camino que estaba a continuación de la fuente de Urkusua por detrás de donde hoy está la iglesia de los Carmelitas. Seguro que éramos Pedro Arizmendi, conocido como “Payasua” y vecino nuestro. Vivía en el primer piso donde vivíamos. Otro sería Tiburcio Albistegui, hijo de “Xipri el Carbonero”, también vecino nuestro. Este vivía en el mismo edificio que nosotros. En el tercer piso, nosotros a la derecha y ellos a la izquierda. Estos dos eran de la piel del diablo, medio malditos y traviesos a más no poder. Yo no. Tenían cada idea...


Seríamos en total unos cinco o seis amiguitos. De los otros no recuerdo quiénes eran.
Lo decidimos y de inmediato para allá nos encaminamos. No era la primera vez que íbamos a esta huerta. Este caserío estaba bastante cerca, creo que a unos quince minutos de caminar. Este manzanal estaba rodeado en su mayor parte por un muro, como de unos dos y medio metros de altura, y toda su parte superior estaba sembrado con trozos de botella, lo cual lo convertía en casi inaccesible, pero nosotros sabíamos de un lugar, un antiguo paso para el agua que atravesaba al muro por debajo y por donde fácilmente , nosotros chavales, podíamos introducirnos a la huerta y salir sin peligro. 
La razón de ir a tomar algunas manzanas no era porque nos gustaran demasiado, o por que estuvieran muy maduras. La razón principal era por aquello de poner a prueba nuestra autoestima ante los demás amigotes. Generalmente ni las comíamos, de llevarlas a casa ni soñar por aquello de la paliza que nos hubiera esperado por parte de los padres. Así que posiblemente hasta las tiráramos al río.
Como en otras ocasiones, la idea surgiría por que estuviéramos aburridos sin saber que hacer, y seguro que alguien sugirió la aventura y de inmediato todos nos mostramos dispuestos. Y nada de negarse a ir, pues hubiera quedado marcado para siempre como un cobarde.
Y allá nos fuimos. Buscamos el hueco en el seto por donde solíamos entrar, pero resultó que el paso estaba cerrado por una reja. Y no nos quedó de otra sino buscar otro hueco y entrar por esta vía a la huerta. Con tan mala suerte, que se podría decir que nos estuvieran esperando. Pues nada más entramos, cuando el casero y varias personas mas  nos cercaron y nos detuvieron fácilmente a los seis. Y cuando estábamos temiendo lo normal en estos casos, una gran paliza, resultó que ni siquiera nos tocaron, lo único que el casero deseaba, era saber nuestros respectivos nombres y apellidos, así como la dirección de la casa donde vivíamos y cómo se llamaban nuestros padres. En principio nos inquietó tanta pregunta y más, cuando observamos que una de las personas que estaban con él, iba anotando detalladamente todos nuestros datos, pero lo hacía empleando para cada quién, una sola hoja de papel, por separado.
Después de tener todos los datos, a cada quién nos invitaron, con el “por favor” por delante, a quitarnos toda nuestra ropa, y como éramos muchachos bien criados y con un miedo que no podíamos ocultar, así que obedecimos como una sola persona, quedándonos totalmente desnudos (en pelotas) con sólo las alpargatas puestas. Y en esta facha nos llevaron a la puerta de entrada dejándonos que nos fuéramos libres. Fue horrible esta situación, nos sentimos injustamente humillados. Además que quedó totalmente trapeada nuestra propia dignidad de muy machitos.
Y lo peor fue, que nuestra salida coincidió con el paso, por delante del caserío, de un grupo de niñas de una escuela, de regreso de una excursión. 
La vergüenza que sentimos ante las risas de tanta niña, no es posible compararlo con nada.
Recuerdo que era al atardecer y no supe si hacía calor o frío, nuestro humor no estaba para temperaturas, lo que nos tenía aniquilados era la vergüenza que nos invadía con sólo pensar, el que camino a casa, alguien conocido nos viera.
Después de imaginar las más terribles torturas que haríamos al causante de nuestras vergüenzas, abarcando éstas desde quemar el caserío hasta quemar estilo indio al casero, ya cerca de la calle, decidimos ocultarnos y esperar a que oscureciera y a que no hubiera gente, antes de salir a la calle. Tratamos de cubrirnos con ramitas y hojas de árbol, sobre todo, aquellas partes sinónimas de nuestra expuesta hombría, pero no creo que tuviéramos mucho éxito. No por exceso de poder sino por lo exiguo del tamaño de las hojas de árbol.
El caso es que tuvimos que esperar un rato largo, hasta que aproximadamente a las once de la noche, por fin decidimos arriesgarnos e irnos hacia casa, las once eran una hora tardísima para nosotros los chavales. y ya nos imaginábamos la que nos esperaría en casa.


 
De zaguán en zaguán, buscando lugares oscuros para que nadie nos viera, eso de que nadie nos viera, no lo conseguimos, pues fuimos siendo el hazmerreír durante todo el camino por toda la gente que nos veía, jamás supuse de que a esa hora prohibida para nosotros, hubiera tanta gente por las calles, por fin llegamos al portal de casa. Y aquí, para mayor vergüenza, nos estaban esperando un grupo de nuestros “amigos”. Quienes entre burlas y risas nos hicieron pasar hartos sofocos, pues en un intento de exponernos tal y como vinimos al mundo trataron de quitarnos las pocas hojitas y ramitas, que púdicamente aun conservábamos.
Con semejante griterío y risas no hizo falta el tener que tocar la puerta para que nos abrieran en nuestras casas. Enseguida se asomaron a la escalera nuestras respectivas familias, y las guasas y risas continuaron a medida que subíamos los pisos hasta entrar en casa, e incluso continuó el festejo dentro de nuestra casa hasta que pude cubrirme con mis ropas.
Entonces nos explicaron la razón de que nos estuvieran esperando toda la familia incluso nuestros, dizque, amigos. Pues alguien de alguna familia se encargó de pasar la noticia a nuestros amigos y de inmediato caímos en la cuenta del por qué el casero no nos reprendió con alguna paliza o de perdida alguna cachetada como hubiera sido lo normal, y por qué se conformó con tomar todas nuestras referencias y nuestras ropas.
La razón se debió a que recogidas las ropas de cada quién, las metieron por separado en bolsas de papel, enviando a un sirviente “morroi” para que las entregara en nuestras respectivas casas. Al mismo tiempo que fue el encargado de dar una explicación del porqué de aquello. 
Cuando, al menos mi familia, supieron de nuestras andanzas y de la solución puesta por el casero, lo celebraron con gran regocijo y encargaron al sirviente para que transmitiera al casero sus más sinceras felicitaciones al respecto de la sabiduría empleada en el remedio.
Este casero nos resultó ser un psicólogo de primer nivel, le fue suficiente una sola sesión de terapia en grupo, para que nos curaran a todos nosotros de nuestras ideas, manías y complejos. 
La noticia de este remedio, con nombres, pelos y señales, sobre todo a nivel de los de nuestra edad corrió por todo el pueblo como reguero de pólvora encendida. Y yo creo que a partir de ese día desaparecieron para nosotros y para siempre, el renglón que correspondía a nuestras frecuentes visitas a las huertas. 
Y aquí, si que se cumplió aquello de escarmentar en cabeza ajena, la lección la aprendimos no nada más nosotros, sino toda la chavalería del Eibar y del entorno de esa época.
Y desgraciadamente la cosa no acabo aquí, pues por un tiempo, y a nivel de chavalería, en cuanto nos veía alguno de los malditos, no faltaban los consabidos y ofensivos silbiditos.
En lo que respecta a la reacción de nuestras respectivas familias, fue de general regocijo y de alabanza al casero por su atinado remedio.
Por ese tiempo se produjo la rebelión fascista y con esto nuestras tribulaciones pasaron a segundo término.

 

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