Jueves, 23 Octubre 2008 09:24

Cap XIV 1937. La tragedia de Santander.

Escrito por Félix Arrieta Etxeberria
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1937. La tragedia de Santander.


Coincidente con estas fechas de retirada ante las tropas rebeldes, se produjo una inesperada situación en Santander en la que fue escenario, esta última ciudad. Y que culminó en una gran tragedia.
Es por lo que voy a ocupar un espacio en hacer un paréntesis y detenerme para mencionar lo que en tiempo de la guerra eran sólo rumores, prohibida su publicación, y que pasado varios años tuve oportunidad de enterarme sobre estos sucesos hasta en su más mínimo detalle. Y fue en la época en que cumplí con mi servicio militar obligatorio.

Durante mi primer año que lo cumplí en Zaragoza, en el aeródromo militar de Sanjurjo, tuve dos compañeros santanderinos que fueron en primera mano testigos presenciales, y que dada la edad que tenían, en ese momento no pudieron captar los sucesos en su justo valor. Pero fue más tarde que escuchando a sus padres y a otras gentes que pudieron captar la realidad tal y como fue en momentos previos a la ocupación de Santander por las tropas rebeldes.
En fechas previas a la ocupación de Santander por las fuerzas rebeldes, se produjo una situación terrible e inesperada, provocada por la afluencia de multitudes de refugiados procedentes de todas las provincias vascas y de Santander, que huyendo de las tropas rebeldes que los estaban alcanzando, llegaron a Santander y fueron concentrándose, la mayoría camino al puerto, y como para la situación de angustia y urgencia que los agobiaba no parecía haber solución, desesperados, los refugiados en gran número decidieron, ya cansados de tanto peregrinar y como última oportunidad, tratar de salir de Santander a como diera lugar, por las buenas o por las malas, por la única vía posible que veían, por mar.

Antes de seguir, imagínense el espectáculo en Santander. Por un lado los miles de refugiados llenos de terror corriendo y asaltando casas y comercios, buscando algo que comer, o donde descansar, procurando ocultarse donde fuera, siempre y cuando fuera de la vista de los aviones alemanes que experimentaban nuevas tácticas y estrategias en la que los ametrallaban y bombardeaban, tanto la ciudad como los accesos a la misma, o a los que en su huída se dirigían al puerto, con la esperanza de poder hallar en el mar una puerta segura que les permitiera salir y escapar del horror de la guerra.
Y por si no fuera suficiente y a la vista de Santander un acorazado perteneciente a las fuerzas rebeldes, con todo su armamento orientado a Santander, disparando continuas andanadas de artillería de grueso calibre.
En estos últimos instantes, con todo lo anterior y la desesperación colectiva que iba en aumento y que se disparó por la inminencia de la ocupación de Santander por las tropas rebeldes, de quienes se referían estaban formadas por tropas de moros salvajes y regulares de la Legión, con el rumor anticipado de que por donde pasaran iban cometiendo las mayores atrocidades y barbaridades.

Y fue tal el terror que estos anuncios derrotistas producían en los que huían, que muchos, en su desesperación, ante las dificultades que encontraban, no sólo para poder ocultarse de los aviones y de las andanadas de artillería, no pudiendo siquiera, acercarse al mar, debido a la irracional muchedumbre de refugiados y huídos que se concentraban en el puerto, y que sordos y ciegos a cualquier lógica, impedían cualquier intento de organización, para una evacuación ordenada.
Entre estas gentes, las más cercanas al borde de los muelles en el puerto, en parte, por los empujones de los que venían por atrás, y por otra parte, aterrorizados y enloquecidos por el pavor que sentían, fueron siendo empujados contra su voluntad, hasta el punto de caer en el puerto, como en cascada al agua, donde una gran mayoría, pese a la ayuda improvisada con que se intentó socorrerlos, se fueron ahogando.

Afirmaban mis amigos de la “mili” que fueron testigos, de que muchos de los que cayeron al agua, lo hicieron voluntariamente, arrastrando con ellos a sus familiares, incluyendo niños y ancianos, en un acto desesperado que culminó en suicidio colectivo.
Y que hubo otros más, entre gente generalmente joven, que confiados en su juventud, se lanzaron al agua, nadando entre cadáveres y restos de embarcaciones, con la esperanza de poder subirse a alguna embarcación o confiando de que algunas de las naves, hasta botes de remos que salían, por caridad los recogieran, pero salvo excepciones, no resultó así, y no siéndoles posible, por agotamiento, regresarse a la orilla y subirse a los muelles, fue causa por la que, al límite de sus fuerzas, fueron ahogándose.
Entre los barcos que había en el puerto, la mayoría eran de pesca, muy chicos, y otros, aunque también de pesca, pero de altura un poco más grandes, que habían sido habilitados para la guerra, con un sólo y pequeño cañón, y que fueron conocidos como “bous”.

Y llegó un momento en que un gran número de estos barcos, entre chicos y los un poco más grandes, fueron asaltados violentamente por grupos de gentes enloquecidas, atropellando a todo lo que encontraran en su camino, arrollando y empujándolos al mar, incluso a los tripulantes que trataban de evitar la invasión, y en esta anarquía en la que todos gritaban, ordenaban, lloraban, rogaban y maldecían resultó que las embarcaciones, fueron sobrecargadas con estas personas, de tal forma, que antes de poder salir, muchas de ellas se hundieron o se voltearon, y esto sucedía en el mismo puerto.

Y para los que tenían la fortuna de que la embarcación en la que estaban, saliera de puerto, ya en alta mar, a la vista de Santander, los estaba esperando un acorazado rebelde, quien a cañonazos, como quien caza patos, se dedicaron a destrozar las embarcaciones que habían conseguido salir de puerto, hasta hundirlas. Y a los sobrevivientes que no desaparecieron con la embarcación, y trataban de alejarse a nado, a tiros de fusil o con ametralladoras los masacraron sin piedad.
Aseguraban los mismos testigos mencionados habérselo escuchado a sus padres, que no supieron de un solo caso, en que éste acorazado hubiera ejercitado ni siquiera por caridad, su obligación de salvamento a náufragos por muy enemigos que fueran. Por lo que suponían que no se salvó nadie.
Que todo esto sucedía a la vista de Santander y ante los horrorizados ojos de los miles y miles de personas que no pudiendo escapar, se quedaron, paralizados por el terror, en el mismo puerto entre gritos y maldiciones de la gentes, testigos de tales atrocidades.

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