Jueves, 23 Octubre 2008 09:51

Cap XVI Mi topetazo de cuando me salí a ganarme la vida

Escrito por Félix Arrieta Etxeberria
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Mi topetazo de cuando me salí a ganarme la vida


Aquí en México, cuando en alguna reunión de amigos, en Gaztelupe normalmente, cuando hay gente, también amigos, invitados de Gaztelupe, con alguna frecuencia Arrillaga saca a colación de cuando yo estuve de soldado, y me presentan, dadas las circunstancias, como un bicho raro, para quien no hubo uniformes ni botas, y que cumplió el servicio militar en Gernika, presentándome a nivel de comentario jocoso, como "guardavías de aviación" por lo que me parece correcto comentar algo al respecto. Pero para llegar a lo que me propongo necesito retomar el asunto a partir de un tiempo anterior.
 
Después de la Escuela de Armería.

Creo que fue el año 1940 cuando ingresé en la Escuela de Armería, yo tenía trece años. Tres años más tarde nos recibimos como Técnicos Mecánicos. Los que terminamos nuestra especialidad con cierto nivel en las calificaciones, algo más elevado que el promedio, tuvimos la oportunidad de continuar con nuestros estudios para una Maestría en Mecánica de Precisión. Un año más tarde, terminé con la Maestría, y ya con 17 años, y supuestamente bien preparado y capacitado, y muy ilusionado, muy seguro de mí mismo, me dispuse a enfrentarme al mundo laboral.
Y lo que siguió a este momento me resultó una experiencia muy traumática. Como muchos de nosotros, supuestamente por el hecho de ser egresados de la Escuela de Armería, y más en calidad de Maestría me sentía muy confiado en que se me facilitaría el encontrar un, más o menos, regular empleo. Suponíamos, y así nos lo remacharon hasta la saciedad, de que los egresados, de la Escuela de Armería recibiríamos, para complementar nuestros estudios con una posterior práctica y experiencia, especiales apoyos y consideraciones, por parte de la industria, sobre todo de la de la zona nuestra. En esos momentos, nuestras aspiraciones de trabajo eran en primer lugar, la de poder ingresar en alguna oficina técnica de industria de buen nivel, donde poder poner en práctica todos nuestros conocimientos teóricos y prácticos adquiridos en la Escuela de Armería. quedando nuestras aspiraciones respecto al salario, relegado a un segundo lugar.

Lo cierto era que por nuestros estudios y prácticas, resultábamos ser perfectamente capacitados para este tipo de actividades.
Y la realidad fue, que en una forma no declarada, se nos negó esta ayuda. Con algunas excepciones, los que no contábamos con antecedentes familiares industriales o con compadres generosos, nos enfrentamos pese a nuestra capacitación a nivel académico, con ofertas de indignos trabajos peonales o de ínfima categoría, aunados, por nuestra edad y argumentada falta de experiencia, aspirantes a salarios mínimos. La triste realidad fue que por parte de la industria, no existió la más mínima disposición a reconocer los esfuerzos personales y de nuestras familias para capacitarnos en una actividad que a la larga, en mucho podría beneficiar a la industria, tanto en lo particular como en lo general.
Tampoco recibimos por parte de la Escuela de Armería la necesaria ayuda a través de una bolsa de trabajo promotora de nuestras capacidades, tendiente a defender dignamente nuestras pretensiones y necesidades laborales, ante la posición tan negativa asumida por la industria en lo general.

Terminamos nuestra carrera y fuimos abandonados a nuestra suerte, huérfanos de apoyo, en una selva de incomprensión y abuso laboral. Y a muchos, a casi todos, así nos fue. A medida que pasaba el tiempo y con muchas decepciones pese al esfuerzo, algunos, no la mayoría, pudimos en alguna forma, salvar nuestra vapuleada dignidad.

Por ese tiempo y en lo que a mí respecta, respondí a todo tipo de ofertas de trabajo. Pero el hecho de ser egresado de la Escuela de Armería, en contra de lo que suponíamos, no fue motivante de consideraciones especiales. Por nuestra edad y nuestra supuesta falta de experiencia en el mundo industrial, éramos considerados menos que aprendices, poco menos que incapacitados, y tratados como tales.
Aún cuando en mis solicitudes de trabajo presentaba mis certificados de estudios y calificaciones el primer trabajo que me ofrecieron fue como operador de un taladro chico en trabajo de producción. Me negué a aceptarlo por ofendido. Me costó convencerme de que los certificados eran papel mojado. Después de varias experiencias igual de humillantes no me quedó de otra, ante la imperiosa necesidad de tener que trabajar, sino claudicar.

Así que olvidando mis pretensiones, acepté que mi primer trabajo fuera de ayudante de tornero, con salario mínimo. Diariamente tenía que trabajar hora y media más, con el mismo salario. Trabajé en este lugar por muy poco tiempo, pues el lugar de trabajo era tan oscuro e insalubre que caí enfermo ante esta realidad, mis padres insistieron en que renunciara a este trabajo. Y así lo hice. Apenas me repuse de mi enfermedad, nuevamente con mis estudios y pretensiones ignoradas y despreciadas, tuve que agradecer un nuevo trabajo en otra fábrica, y ésta vez, como ayudante de ajustador. Con igual salario al anterior. Aquí estuve como año y medio, pues me llegó el momento de tener que cumplir con mi servicio militar obligatorio.

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