Jueves, 23 Octubre 2008 10:30

Cap XX De cuando aquí en México DF fuimos victimas inermes de un asalto

Escrito por Félix Arrieta Galarraga
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De cuando aquí en México DF fuimos victimas inermes de un asalto. (Ésto que voy a referir nos sucedió aquí en México).


El día 4 de enero de 1998, domingo, acordamos nosotros, Dora, Jaione, Nerea con Andoni y yo, juntos con Laurita y su esposo Vicente Trejo, en una especie de celebración por Año Nuevo ir a comer al restaurante Gernika, en la calle Mariano Escobedo y frente al Club Deportivo Chapultepec. El propietario de este restaurant es un ex-pelotari de nombre Iñaki Soraluce (Sor-Alicia). Nacido en Ermua.
Iñaki y nosotros somos muy amigos. Hace muchos años que nos conocemos.
La especialidad en cocina de este restaurante es la comida vasca. Y lo cumplen con bastante acierto.

Nos habíamos citado a las dos de la tarde, pero como siempre, fue hasta las tres y media que pudimos por fin reunirnos. Mientras esperábamos aprovechamos el tiempo de espera para tomarnos algunos aperitivos (botanas): txistorra, morcilla, jamón serrano, etc. etc. bien bañados con tequila, así que para cuando nos reunimos todos, y el que los recién llegados trataran de alcanzarnos a nuestro nivel, pasó otro rato, y ya con todos muy animados, por fin nos decidimos a hacer el pedido de la comida.
Dada la hora , había pocas mesas ocupadas. Yo creo que serían una seis mesas en total.
Ya nos sirvieron y comenzamos la comida, vino va y vino viene, todos muy animados y ya en los postres y en el café, a eso de las cinco y media entraron en el restaurant dos muchachos de unos diecinueve y veinte años. Yo los ví entrar y oí que decían ¡todos quietos! ¡esto es un asalto! y ¡el que se mueva o haga algún movimiento sospechoso se muere!
Al mismo tiempo que uno de ellos sacaba de entre sus ropas una pistola automática, por lo grande que vi el agujero, me pareció que sería de calibre 45, y lo dirigía amenazador a todos los que estábamos.
Otra orden ¡a los señores, que vayan sacando todo lo que tienen en los bolsillos, carteras, dinero, tarjetas de crédito, relojes, y todo ello lo dejan sobre la mesa!, ¡a las señoras, que se quiten todas la joyas, relojes, collares, pendientes, así como también vacíen los contenidos de los bolsos! ¡y no trate nadie de pasarse de listo!
El de la pistola a quien se le veía muy nervioso, seguro que drogado, agitando la pistola en forma amenazadora, y a mí, de entrada, el cañón me lo aproximó a la frente, y se paseó de mesa en mesa recogiendo lo que cada quién iba sacando y colocándolo sobre la mesa, en algunos casos, con insultos y amenazas instaban a que sacaran todo lo que tenían sin tratar de ocultarlo.

Yo por mi parte, con precipitación y con no mucho disimulo, conseguí sacar de mi cartera las tarjetas de crédito y el dinero que llevaba y me los metí en la caña de mi bota, sólo dejé cien pesos en la mesa junto con otras cantidades, la verdad es que del reloj ni me acordé, y eso que estaba en mangas de camisa. Pero tampoco el asaltante lo vió y cuando el empistolado pasó a mi lado, recogiendo lo depositado en la mesa, vió mi teléfono móvil que tenía en mi bolsillo de la camisa, y me lo arrebató. Al esposo de Laurita le quitaron su cartera completa con dinero y tarjetas y a las mujeres los anillos y pulseras que llevaban. Pero dada la inseguridad que priva por estos tiempos, las mujeres evitan llevar alhajas de alto costo, las que llevaban eran de plata o plateadas.

El otro asaltante portaba un descomunal cuchillo cebollero y con ello iba amenazando a todos lo que encontraba en su camino, se dirigió a la barra del restaurante y vació la caja, y a los camareros también.
Ya con todo lo recogido, luego de advertirnos el que no intentáramos salir detrás de ellos, hasta pasados cinco minutos, pues que fuera del restaurante había un compañero de ellos encargado de cerrar la huida, y que si alguien salía en su seguimiento, podría pasarle que le fuera peor que a nosotros. Por tras los vidrios del restaurant los vimos perfectamente cuando salieron del restaurante, y que siendo jóvenes, a buen paso como corriendo, pero con no demasiada prisa, cruzaron la calle y enseguida los perdimos de vista al confundirse entre la gente.

Esta última advertencia de que nadie saliera en su persecución o en solicitud de ayuda, la tomamos muy en cuenta, pues con mucha frecuencia salían noticias en los periódicos, en la que relataban que luego de un asalto a un restaurante o comercio o banco, al salir los asaltantes a la carrera, alguno de los asaltados, se decidió a salir en su persecución, y que desgraciadamente justo al momento de salir recibió un balazo, procedente de un cómplice oculto entre la gente, o incluso aparentemente asaltado, y que era el encargado de evitar que salieran en su persecución. Así que no lo hicimos.

Cuando entraron en el restaurante y como digo más arriba, uno de ellos amenazador con una pistola yo los ví en cuanto pasaron la puerta y escuché su aviso y amenaza. Pero viéndolos me pareció estar viendo una escena surrealista, un tanto caricaturesca, no me parecía nada real, como si se tratara de una película en la televisión. Y aún cuando nos amenazara , en ningún momento me sentí amenazado.
Aunque vi sus caras, en lo único en que sí me fijé bien y que no se me olvida, fue en la pistola, y creo que llevaba el seguro puesto, y el percutor abajo. Pero naturalmente, que yo ví lo que quería ver, y que tal si estaba yo equivocado... y fue cuando yo estaba tratando de fijarme mejor, en parte en su cara pero más en su pistola fue cuando me preguntó ¿y usted qué tanto mira?. Y nuevamente acercó la pistola a mi frente, pero esta vez lo hizo apoyando la pistola en mi frente... el agujero del cañón de la pistola que yo ví en ése momento, me pareció de tal tamaño, que estaba seguro de que fácilmente podía caber mi dedo gordo de la mano (una pulgada).

Después de que todo pasó, nos pusimos a considerar sobre la conveniencia de acudir a una delegación policíaca y levantar el acta correspondiente. Pero consideramos que son tan inútiles estas gestiones, y tan poco efectivas y tantas las molestias por las que te hacen pasar. Además que después de todo, más fue el susto y la contrariedad sufrida, que el mal económico, o en la propiedad. Así que todo quedó como una pesadilla pasada y pesada.

Pero pasada la cosa, y claro que por causa del nerviosismo pasado, y ya que no estaban los asaltantes, y a falta de a quien culpar, mis hijas y Dora me pusieron como "chupa de dómine", por haber provocado, según ellas, el que el "Juan Candelas" apoyara la pistola en mi frente......¡habráse visto semejante ocurrencia!
Si hubieran sabido lo que en realidad pensaba y lo que estuve a punto de hacer, y que si no lo hice, fue por la presencia de mi familia... me fusilan.

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