Viernes, 17 Octubre 2008 14:11

Dos barcos, dos patrias y dos vidas III/III

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El regreso “Papá nunca quiso volver a casa mientras viviera Franco. Corría 1960 y yo moría de ganas por regresar, pero se me hacía una especie de traición a sus ideas. Un día decidí pedirle permiso para viajar a España, conocer Euskadi e Irún.” Mª Carmen encontró en su padre a un hombre firme pero comprensivo. No hubo que insistir. Compró un pasaje a Madrid para ella sola. Ya desde el mero momento del aterrizaje, pero más aún en su casa, estaba maravillada. “A primera vista, Euskadi me impresionó, y en realidad toda España. En los pueblitos chiquitos había de todo, hasta súper. Ahora, incluso helipuerto para que llegue el helicóptero médico. Limpieza, orden, gente que se cuida… Destaca que en Bilbao, en casa de unos amigos, conoció a una chica de limpieza que podía ser modelo, guapísima, educadísima. Se le quedó marcado este detalle, aunque en realidad puede extrapolarlo al grueso de la población. De carácter, la gente le pareció amabilísima. Cita concretamente lo muy gentiles que fueron con ella en el antiguo Gaztelupe. Y cuando intentaba relajarse caminaba por el malecón, pero alguna gente le paraba: “¿Mª Carmen, la del hotel Jáuregui? ¡Yo soy hija de tal! ¡Yo soy hijo de cual!”. Ella atribuye aquel inesperado detalle, tan lleno de gratitud, a que en épocas malas para los pescadores éstos iban a las bodegas del hotel para obtener comida. En cuanto al hotel, en aquella primera visita, el primer Jáuregui “estaba cubierto con una tapia, pero actualmente está precioso”. Mª Carmen reconoce que la última vez que lo vio le entró una llorera tremenda. Antes lo regentaba un primo de su amachi. Ahora, la viuda de uno de los hijos del primo. Aparte del Jáuregui, en su día los hoteles familiares fueron muchos más: el hotel Concha, en…
Viernes, 17 Octubre 2008 14:04

Dos barcos, dos patrias y dos vidas II/II

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Contra viento y marea, la ikurriña por bandera Sanborns de los azulejos Mientras la posada se asentaba, Antonio había empezado a trabajar de dependiente en el Sanborns de la calle Madero, el famoso edificio de los azulejos; de ahí se fue a una factoría de estaño donde fabricaban tubos de dentífrico; trabajó después en La Holandesa y de ahí pasó al restaurante del Centro Vasco de la propia calle Madero. Pero hay veces en la vida en que la lógica no aplica y veces en que lo más fácil resulta ser lo más complejo. Del Centro Vasco del centro de la ciudad le quedaron a Antonio recuerdos agridulces, ya que, como recuerda Conchita, a él no le querían demasiado por ser madrileño de nacimiento. “Le hicieron la vida de cuadritos”, afirma Mª Carmen. “Él no prestaba demasiada atención al asunto, más bien se lo saltaba a la torera, pero a mamá aquello sí le generaba mucha rabia, mucho rencor”. Cuentan las hermanas una anécdota que no tiene desperdicio y que todos recuerdan a la perfección: cierta vez, unas señoronas dijeron abiertamente a su madre que sus hijas no eran vascas puras. Ella, lejos de enojarse, respondió: “Menos mal que no, porque tienen también la gracia del madrileño y no la sosería de los vascos.” De justos es reconocer a cada pueblo sus virtudes. Allí, en el centro, Antonio permaneció trabajando cuatro o cinco años, aunque esas pequeñas rencillas alejaron más que acercaron a las hermanas de la vida social del Centro. Sin embargo, pese a todo dedo acusador, Antonio de la Serna era un amante empedernido de su tierra del norte y a ello no había nada que hacerle, conservó sus buenos amigos vascos y nunca mermó su sentimiento. Tanto que en 1950 se juntó con un grupo de paisanos…
Viernes, 17 Octubre 2008 13:41

Dos baros, dos patrias y dos vidas I/III

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Conchita de la Serna Jaúregui, su padre Antonio de la Serna Pozzi y Mª Carmen de la Serna Pozzi Conchita y Mª Carmen de la Serna Jáuregui. Hondarribia (Fuenterrabía), Guipúzcoa, 1934 y 1936 respectivamente. Dos barcos y dos patrias y dos vidas. El periplo de las hermanas de la Serna Jáuregui tiene dos particularidades, ya que fue prematuro donde los haya y porque, en realidad, se trató de un doble exilio. Una de ellas ha vuelto en varias ocasiones a conocer Euskadi. La otra, nunca. En el salón de su casa capitalina, entre estantes repletos de libros de aquí y de allá, sus recuerdos paralelos reconstruyen ahora juntos la historia de ambas. Hijas del treinta y seis Fueron muchas las familias vascas que, al igual que las de otras regiones ibéricas, encontraron en México la tierra calma que la Guerra Civil española les negó. Aquí llegaron con sus pocos enseres, dispuestas a rehacer una vida que no aceptaron someter a manos del enemigo. Con ellas viajaban, más vivas que nunca, las viejas tradiciones, que pasaban así a engrosar el patrimonio de una numerosísima -y creciente- comunidad en el exilio. El Dr. Ernesto de la Serna Sainz, abuelo de Conchita y de Mª Carmen, era un médico madrileño asentado en Irún, adonde había llegado para atender de urgencia un brote infeccioso extendido por la zona. En el momento preciso del traslado, su hijo Antonio de la Serna Pozzi, padre de las hermanas, tenía cuatro años. Por esos años en la vecina villa de Fuenterrabía, a media hora caminando de Irún y en el seno de una familia de pequeños hoteleros crecía la niña Concepción Jauregui Lapitz. Tiempo después ambos tuvieron dos hijas, que allí nacieron, y un varón que murió prematuramente. Ya a miles de kilómetros de distancia, quién les diría…
Jueves, 04 Septiembre 2008 13:00

Historia de un Inmigrante

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HISTORIA DE UN INMIGRANTE Transcurría el año 1900 y Romualdo Cano y Aja vivía junto a su madre y hermanos menores en Bilbao. Él era el mayor de los hermanos y, como varón, el responsable familiar dado que su padre y Marcelino, el hijo mayor, habían fallecido recientemente. Con ese panorama, triste ciertamente, le llega a Romualdo la citación del ejército español para hacer el servicio. Su madre se desespera, junta el poco dinero que tenía y embarca a su hijo Romualdo en un barco que lo lleva primero a Cuba y luego a México. El capital de Romualdo se reducía a tres baúles en los que su madre le había guardado todos sus bienes, pero resultó que al desembarcar en México los preciados baúles ya no estaban, le habían sido robados. Grande fue la desesperación de Romualdo que a su corta edad, solo en tierra extraña, se encontraba con otro problema. De todas formas, sin amilanarse, salió con unas pocas pesetas a tratar de encontrar trabajo en el México de 1909. Pasaron los días, se acabaron las pesetas y el trabajo no se dio. Y era Navidad, su primera Navidad solo en un país desconocido y sin amigos ni alimento. Y lamentando mucho su apetito, decidió sentarse en un bar, que tenía mesas en la vereda, y comió todo lo que pudo. Al finalizar le pidió al mozo cigarrillos y ahí aprovechó para escapar, prometiéndose en lo más profundo de su corazón, volver a pagarle a aquel pobre hombre que tan bien lo había atendido. Parece que la Navidad, la buena comida y su carácter tozudo le dieron fuerzas para seguir viviendo y buscando trabajo. Dios lo ayudó tanto que lo consiguió, en casa de otros vascos que como él vivían en México. Pasó el tiempo, se asentó su…
GABRIEL CEBALLOS, MÉXICO DF, 1980. EUSKALZALE. “Por cien pesos al mes, me fui a Euskadi, aprendí euskera y llegué a ser profesor.” Da la sensación de que a Gabriel nunca le costó trabajo hacer las cosas. Parece que todo lo importante en su vida comienza por un hobby. Pero la suya es la historia de un tipo voluntarioso que, mientras disfruta lo que hace, sabe estar en el lugar y en el momento adecuados. Entre todos los del Centro Vasco de la capital mexicana hay un afiliado en cuya historia no aparecen apellidos, ni sangre, ni partidas de nacimiento euskaldunes. Es el profesor de euskera. Cuesta creerlo, porque a simple vista hay algo que en él que lo contradice, llámese cercanía o naturalidad, y más aún cuando comienza a hablar, ya sea en mexicano. Ha interiorizado tanto su papel en esta cultura de ultramar que nadie lo sospecha, y menos aún escuchándolo hablar euskera. En una mesa del frontón del Centro, tras las pilotakadak de cada viernes, Gabriel cuenta su historia con la serenidad y la experiencia propias de un campeón del mundo retirado, pero aunque su ‘currículum vasco’ ya está bien lleno, no ha hecho más que comenzar. Tiene sólo veintiocho años. Un niño muy curioso. Todo comenzó de chico viendo un partido de pelota. Gabriel viene de una familia muy activa y un día, todos juntos, se acercaron a ver un partido en el Frontón México. Impresionado por la velocidad de la bola y el control que los puntistas tenían de ella, se le ocurrió preguntar si allí habría forma de aprender. Por ese tiempo Gabriel practicaba, y no sin éxito, artes marciales, pero a ninguna de ellas le veía mayor futuro. La respuesta de los encargados no le dejó opción: “Por sólo cien pesos al mes, decidí…
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