×

Advertencia

No se pudo cargar el archivo XML
Viernes, 17 Octubre 2008 14:04

Dos barcos, dos patrias y dos vidas II/II

Escrito por Pablo Zulaica Parra
Valora este artículo
(0 votos)

Contra viento y marea, la ikurriña por bandera

  Sanborns de los azulejos

Mientras la posada se asentaba, Antonio había empezado a trabajar de dependiente en el Sanborns de la calle Madero, el famoso edificio de  los azulejos; de ahí se fue a una factoría de estaño donde fabricaban tubos de dentífrico; trabajó después en La Holandesa y de ahí pasó al restaurante del Centro Vasco de la propia calle Madero.

Pero hay veces en la vida en que la lógica no aplica y veces en que lo más fácil resulta ser lo más complejo. Del Centro Vasco del centro de la ciudad le quedaron a Antonio recuerdos agridulces, ya que, como recuerda Conchita, a él no le querían demasiado por ser madrileño de nacimiento. “Le hicieron la vida de cuadritos”, afirma Mª Carmen. “Él no prestaba demasiada atención al asunto, más bien se lo saltaba a la torera, pero a mamá aquello sí le generaba mucha rabia, mucho rencor”. Cuentan las hermanas una anécdota que no tiene desperdicio y que todos recuerdan a la perfección: cierta vez, unas señoronas dijeron abiertamente a su madre que sus hijas no eran vascas puras. Ella, lejos de enojarse, respondió: “Menos mal que no, porque tienen también la gracia del madrileño y no la sosería de los vascos.” De justos es reconocer a cada pueblo sus virtudes. Allí, en el centro, Antonio permaneció trabajando cuatro o cinco años, aunque esas pequeñas rencillas alejaron más que acercaron a las hermanas de la vida social del Centro.

Sin embargo, pese a todo dedo acusador, Antonio de la Serna era un amante empedernido de su tierra del norte y a ello no había nada que hacerle, conservó sus buenos amigos vascos y nunca mermó su sentimiento. Tanto que en 1950 se juntó con un grupo de paisanos para fundar Gaztelupe, un centro de reunión para toda la colonia irundarra a modo del Gaztelupe bidasotarra y que aún hoy subsiste en la plaza Popocatépetl de la colonia Hipódromo Condesa. Los socios fundadores fueron Jacinto Lasa y el señor Miquelajáuregui; los Alegría, los otros Jáuregui y los propios hermanos Regueiro; y Pinceles y Papeles, apodos respectivos de Gerardo Lizarraga -pintor y primer marido de la surrealista Remedios Varo- y de Jacinto Suárez, quien gustaba de escribir.


Las reuniones de Gaztelupe

En el Gaztelupe de Irún se juntaban, sobre todo, a propósito de las fiestas de San Marcial. Allí, además, Antonio escribía en el Bidasoa, la revista interna de la que llegó a ser director. Y así, de igual manera lo hicieron en México, reuniéndose todos los martes, dando luz al nuevo Bidasoa y festejando cualquier acontecimiento de la tierra originaria. Al principio alquilaban un local de la calle Bolívar, pero lograron moverse a la actual sede de La Condesa y allí llegaron a ser más de cien socios, todos hombres. Las mujeres sólo eran aceptadas en las festividades mayores, como el Día de las Madres o en Sanmarciales. Al primer número del Bidasoa, de 1950, siguieron muchos más que imprimían por medio de Jacinto Lasa, que era propietario de la editorial Patria, empresa que hoy día subsiste especializada en los libros de texto.

Como hombre activo que era, Antonio probó también sus dotes como promotor. Logró traer a México, y a Gaztelupe, a un visitante muy especial. Irúnes como ellos y exiliado contemporáneo, aunque en Burdeos, Luis Mariano se había ganado fama cantando tanto en España como en Francia. Una de las veces, el tenor regaló a Gaztelupe una bandera de seda bordaba por las monjas de Irún, un obsequio tan precioso que de ese día en adelante se acostumbró enterrar a todos los fallecidos vinculados a la sociedad.


Posguerra de ultramar

En lo personal, el recuerdo de dos niñas a las que pusieron país y bandera nueva guarda un puñado de anécdotas interesantes. “Mamá nos metió al Colegio Madrid, -cuenta Mª Carmen- recién fundado con dinero español. Era laico y en él había alumnos con los orígenes más diversos.” Salvando que era un colegio, allí no se encontraban mal. Pero su madre, devotamente católica, se preocupaba por los riesgos morales de una escuela laica y terminó por llevarlas a un colegio de monjas que además resultaron ser franquistas. Mª Carmen era una niña vivaracha y preguntona, y de ellas guarda una anécdota impagable.

 

Con motivo de las fiestas patrias, las monjas mandaron que cada alumno dibujara la bandera de México junto a la suya propia. Conchita agarró los colores y dibujó: rojo por aquí, amarillo después y morado allá. Con toda naturalidad, Mª Carmen hizo lo mismo y al terminar fueron ambas a entregar sus creaciones a la monja: “¿¿Qué bandera es ésta??”. “Pues la nuestra”, respondieron ellas, tácitamente. “¡Esto no es ninguna bandera de España”, gruñó la sor, y acto seguido, la rompió en pedazos. Inmediatamente, las niñas fueron a casa y Mª Carmen hizo partícipe a su padre de los hechos. Al día siguiente, bandera idéntica en mano, Mª Carmen habló a la monja: “Dice mi padre que esta es nuestra bandera y que antes de romperla lo llames al trabajo”. Era la primera disputa, que no la única. La pequeña de las dos sabía muy bien dónde estaban metidas y su carácter era demasiado para contener dentro de aquellos muros. Allí vivían casi de internas, pues el colegio estaba en San Ángel, bien lejos, y la comida era infumable. Así que un mediodía, con nueve años, Mª Carmen pinchó la carne, dobló el tenedor con las manos y gritó: ¡Hermana, mira cómo está esta carne!”. Después de aquel incidente, la hermana superiora le pidió que cerrara por fuera las puertas de la escuela. No hay mal que por bien no venga. Conchita terminó allí la primaria mientras a Mª Carmen la llevaron a un colegio de gobierno, donde además la eligieron Reina de la Primavera de todos los colegios.

Su ex suegra siempre les había rogado que no dijeran que eran refugiadas de la República. Todo lo contrario que su padre, quien les inculcó que ante todo debían estar orgullosas de ello, por su carácter intelectual y por ser gente de principios. Así que cuando preparaba su casamiento, a Mª Carmen le tocó confesarse ante un cura franquista y se presentó como hija de rojos. La reacción del cura fue rotunda: “Muy bien, así que sois de las que habéis venido con las manos manchadas de sangre…”. Cuentan que cuando llegaron los refugiados, en México se creía que por lo general venía lo peor de España. Pero luego quedó bien claro de quiénes se trataba: en su mayoría médicos, artistas comprometidos, filósofos o catedráticos que renovaron la universidad y el Colegio de México, entre otras muchas aportaciones.


Dos mejor que uno

Otro de los errores que más lamentan Mª Carmen y Conchita fue lingüístico: acostumbradas a utilizar español y euskera, y a veces unidos en la misma frase como acostumbran en muchas familias vascas, una maestra le dijo una vez a su ama que dejara de hablarles en dos idiomas, ya que no iban a poder aprender ambos y que por razones obvias era más práctico usar el castellano. Así fue que, poco a poco, el euskera fue reduciéndose en su habla a poco más que ama, aita, amachi, los primeros números y alguna que otra expresión chistosa como purruska, a la que felizmente no encuentran sustituto.


Sábados de Domingo

Fuera de Gaztelupe, las de la Serna también forjaron grandes amistades venidas de Euskadi. Y muy notorias, como las de Plácido Domingo y su esposa, Pepita Embil, ella natural de Guetaria, nada menos que los padres del gran tenor. La primera vez que los Domingo llegaron a México con la Compañía de zarzuela de Federico Moreno Torroba, Antonio trabajaba en el Centro Vasco. Ellos se hicieron asiduos del lugar, que frecuentaban junto con el barítono Tomás Álvarez y su esposa, la soprano Marianela Barandalla.

 

Por aquellos tiempos y para no quedarse solas en casa, Conchita y Mª Carmen pasaban los sábados con su padre en el Centro Vasco, y así conocieron a Plácido y a Pepita. Con ellos sucedió algo muy curioso. El matrimonio viajaba a menudo sin hijos, que quedaban en España. Ello provocó que al ser de la misma edad aproximada que sus rapaces, la relación de los Domingo con las dos niñas fuera especialmente paternal. A raíz de aquellos primeros sábados, Plácido y Pepita terminaran por llevarlas consigo todos los sábados y domingos cada vez que cantaban en el Teatro Abreu y en el Teatro Lírico. Allí anduvieron las dos, entre bambalinas, sin perderse todas las zarzuelas habidas y por haber.

continúa III/III

Visto 3034 veces Modificado por última vez en Lunes, 31 Marzo 2014 15:23

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.