Viernes, 17 Octubre 2008 13:41

Dos baros, dos patrias y dos vidas I/III

Escrito por Pablo Zulaica Parra
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Conchita de la Serna Jaúregui, su padre Antonio de la Serna Pozzi y Mª Carmen de la Serna Pozzi

Conchita y Mª Carmen de la Serna Jáuregui.
Hondarribia (Fuenterrabía), Guipúzcoa, 1934 y 1936 respectivamente.

Dos barcos y dos patrias y dos vidas.

El periplo de las hermanas de la Serna Jáuregui tiene dos particularidades, ya que fue prematuro donde los haya y porque, en realidad, se trató de un doble exilio. Una de ellas ha vuelto en varias ocasiones a conocer Euskadi. La otra, nunca. En el salón de su casa capitalina, entre estantes repletos de libros de aquí y de allá, sus recuerdos paralelos reconstruyen ahora juntos la historia de ambas.


Hijas del treinta y seis

Fueron muchas las familias vascas que, al igual que las de otras regiones ibéricas, encontraron en México la tierra calma que la Guerra Civil española les negó. Aquí llegaron con sus pocos enseres, dispuestas a rehacer una vida que no aceptaron someter a manos del enemigo. Con ellas viajaban, más vivas que nunca, las viejas tradiciones, que pasaban así a engrosar el patrimonio de una numerosísima -y creciente- comunidad en el exilio.

El Dr. Ernesto de la Serna Sainz, abuelo de Conchita y de Mª Carmen, era un médico madrileño asentado en Irún, adonde había llegado para atender de urgencia un brote infeccioso extendido por la zona. En el momento preciso del traslado, su hijo Antonio de la Serna Pozzi, padre de las hermanas, tenía cuatro años. Por esos años en la vecina villa de Fuenterrabía, a media hora caminando de Irún y en el seno de una familia de pequeños hoteleros crecía la niña Concepción Jauregui Lapitz. Tiempo después ambos tuvieron dos hijas, que allí nacieron, y un varón que murió prematuramente. Ya a miles de kilómetros de distancia, quién les diría que en México, nacería un cuarto hijo, Antonio, que actualmente reside en Tepoztlán, estado de Morelos.


El primer exilio

El 18 de julio estalló la guerra. Mª Carmen tenía sólo diez días de vida cuando salió de España. Recién nacida, fue sacada “de contrabando” a Francia con ayuda de los pescadores del pueblo. “Nos subieron en las barcas y nos cruzaron a Hendaya a todas las mujeres y los niños”, cuenta enérgica, como si hablara de ayer. Apenas doscientos metros al noreste y estaban en Hendaya, la villa-espejo de Fuenterrabía que, ya cruzado el Bidasoa, contemplaba la contienda emergente desde la tranquilidad de quien se sabe del otro lado.

Conchita tenía por aquel entonces un año y medio. Ella cuenta que desde Hendaya subieron hacia París, donde su abuela había rentado una casita, exactamente en Andresy, Île-de-France. Después pasaron a París. Fue allí donde se juntó toda la familia, abuela, primos... y por último su padre, Antonio, que tras trabajar en Irún como empleado del Banco de Bilbao, había conseguido un puesto en el Banco de España de la capital gala. Sin embargo aquella compañía duró poco, hasta que el ejército republicano llamó a filas para la contienda que se supone iba a ser definitiva, la batalla del Ebro.

Los planes no salieron. La batalla sí fue definitiva, pero con el signo que no esperaban. La guerra terminó y el bando nacional selló en tierras tarraconenses el exilio de miles de familias republicanas. Antonio volvió a Francia con los suyos.

Claro que expiraban los años treinta y París no andaba mucho mejor. Los alemanes habían entrado en Francia y acechaban la capital. Así las cosas, los de la Serna Jáuregui escuchaban como cantos de sirena las noticias que llegaban del otro lado del océano. Excepto por una prima que se fue a Chile, los demás decidieron tomar la mano abierta que ofrecía en México el gobierno de Lázaro Cárdenas.


Rumbo a América

A bordo del buque Champlain, partieron del puerto de Le Havre con destino a Nueva York. Allí, tal como sucede con los aviones de hoy en día, hubo que hacer escala. Embarcaron después en el Siboney, y a bordo de él arribaron al puerto de Veracruz un diez de mayo de 1939. Las dos hermanas memorizaron la fecha, sin embargo Conchita, que ya rondaba los cinco años, tiene recuerdos más precisos de su primer contacto con México: “En la travesía pasamos primero por Nueva York, pero también por otro puerto antes de llegar a Veracruz; años más tarde pregunté a papá qué era aquel malecón tan largo y con tanta gente saludando y me dijo que era el muelle de Progreso, ya entonces puerto playero yucateco, cercano a Mérida”. También recuerda que al desembarcar en Veracruz los obreros erguían banderas rojas y negras: estaban en huelga, un detalle que le quedó muy marcado a su madre. Desde allí, una vez en Veracruz, un tren les condujo a la Ciudad de México.


A rehacer la vida: un hotel Jáuregui a 10.000 km


Llegaron a parar directamente a un hotel de la Condesa, donde los acogieron. Se habilitaron unos departamentos y allí pasaron sus primeros días, ya no existe el lugar, justo al lado del Parque México. Puede pensarse que el ser exiliadas tan jóvenes tenía su lado bueno, que uno ignora las dimensiones reales del problema. No del todo: “Cuando escuchábamos sirenas en el parque, nos tirábamos al pasto”, afirma Conchita.

Por suerte, Antonio padre encontró trabajo y Concepción madre y la amachi (la abuela, Maximina) levantaron una posada para seguir la tradición familiar “con algún dinero que debían de haberse traído escondido, porque lo amueblaron todo”, sonríe Mª Carmen. Sin embargo, Conchita pone cara de que sabe más del tema: “Yo sí me acuerdo de un saquito que tenía la amachi con monedas de oro...” Se decía que los pescadores de Fuenterrabía, por las noches, juntaban la plata del hotel y la guardaban a buen recaudo en Hendaya. Así, las cuentas sí cuadran.

De todas formas, la posada Jáuregui del DF resultó un fracaso estrepitoso. Mª Carmen ríe ahora contagiosamente al recordar que al principio hubo dos o tres huéspedes americanos, “pero enseguida empezaron a llegar refugiados republicanos que, enterados de la posada de los Jáuregui, se presentaban en ella sin nada con que pagar. Y claro, los pasábamos a todos. ¡Aquello resultó un desastre!”

Cuentan las hermanas que la abuela acostumbraba a guardar, en la caja fuerte del hotel Jáuregui de Fuenterrabía, las joyas de numerosos aristócratas españoles a cambio de su valor en efectivo. Antes de salir del país, ella devolvió las joyas y el único que le abonó su equivalente en efectivo fue curiosamente un conde de la Maza, mexicano y potosino, que resultó ser pariente lejano de la familia. Así pues, de ese dinero poco vieron. Rodrigo, hijo de Mª Carmen, recuerda cómo su hermano bromeaba con que algún día iría a España a publicar en el Hola la lista de lo que le adeudaban sus famosos.

Los camaradas vascos

Poco a poco, las cosas se fueron normalizando en la casa de huéspedes de La Condesa y empezaron a tener verdaderos clientes. Con algunos hicieron amistades de por vida. Ambas hermanas recuerdan, por ejemplo, al poeta republicano Pedro Garfias, integrante de la generación del 27, que había sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía por Antonio Machado.

Pedro Garfias

También a la familia Areitio, vascos acérrimos y exembajadores del Gobierno Vasco en Turquía, o a la hermana del lehendakari Aguirre, que estaba casada con el arquitecto Juan Madariaga. Pero quizás, de entre los amigos, recuerdan especialmente a los Regueiro, los tres hermanos futbolistas, uno de los cuales, Luis, fue jugador del Real Madrid, de la selección española y finalmente de la exiliada Selección de Euzkadi. Aunque ellos no llegaron a ser clientes, los de la Serna tuvieron siempre con los Regueiro una relación muy especial. Conchita cuenta que fue la amachi la que sacó de España a la futura novia de Pedro Regueiro, haciéndola pasar por hija propia. Igual que a los Arocena –cuentan-, que los sacaron en la cajuela de los coches de su tío Mauricio, el que se fue para Chile.

continúa parte II

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