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Jueves, 16 Octubre 2008 19:00

El viaje de Pepita Arriola de Iñurrategui y de Germán Ma. De Iñurrategui verano de 1949

Escrito por Gracias a Arantza Iñurrategui
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El viaje de Pepita Arriola de Iñurrategui y de Germán Ma. De Iñurrategui  verano de 1949

 
Paris.-  Llegamos felizmente a las doce horas del día 13 de Agosto.  La impresión que me produce es magnífica, pues no da la sensación de que por espacio de más de cuatro años haya sido ocupada por los alemanes.
Después de siete años de haber abandonado Francia, la verdad es que más que cambiar se ha superado en sus clásicas exquisiteces.  Por la tarde nos fuimos a San Juan de Luz.


Puente Internacional  de Hendaya

Aquí llegamos el día 14 de agosto, a las cinco de la tarde para despedir a Pepita  que se marcha a Deva a ver a su familia.  Me acompaña Ramón Larrañaga y me sucede un curioso incidente.   Al ver a mis hermanos Edurne, Iñaki y Javier al otro lado del puente, me adentro hasta la línea divisoria y llego hasta las proximidades de  Irún, sin escuchar los gritos de los gendarmes.  Hablo a voces con mis hermanos y al regresar al lado francés, me detienen en un cuarto pequeño e infecto, donde me registran, me hacen exhibir los documentos y retienen hasta que, sobre mi situación decida el Jefe de la Aduana.  Este, que se presenta al rato, oye mi explicación y creyendo que le hablo con entera sinceridad, me deja en libertad.

El mismo día, Iñaki camouflado con el Orfeón Donostiarra que va a cantar en Hendaya, pasa a verme.  Primera gran emoción.  Lo encuentro muy cambiado.  Estoy con él hasta altas horas de la madrugada, cuando el Coro marcha de nuevo a San Sebastián.

Llega ama a San Juan de Luz.  Mi impresión es muy grande.  Ella no hace más que llorar al verme y no hay forma de consolarla.  Poco a poco y en vista de que va a estar conmigo un mes, se va calmando pero observo en ella, que no liga bien los recuerdos. 

San Juan de Luz tan bonito como siempre.

Desde Ciboure embarco en un pesquero para presenciar el día 20 de septiembre, las regatas de traineras en la bahía de La Concha.  Vienen hasta el barco mis hermanas  Margarita y Edurne, con Pepita y Patxo, mi sobrino hijo de mi hermana Miren a quien conozco por primera vez.

He estado visitando lugares  y personas inolvidables.

Sin duda alguna, la mayor emoción de este viaje, la experimento hoy 12 de noviembre de 1949, al recibir aviso de aita, de que a las 10 de la mañana, va a pasar la frontera para pasar conmigo todo el día.
A las diez y media de la mañana, lo veo venir  por el Puente Internacional.  Anda con muchísimas dificultades y le veo desde el lado francés  descansar apoyado en los muros del puente.
A aita no lo había visto desde agosto de 1940 y entonces lo dejé perfectamente bien de salud.
Le abrazo muy fuerte y a su impresión que es muy fuerte, suceden unos momentos de distracción al tener que acompañarlo a las oficinas consulares de España a visar la entrada a Francia.

A las once y media llega Ramón Larrañaga,   Al encontrarse con mi aitatxo, se abrazan como hermanos y yo como espectador, me resigno a oírles hablar y comentar sus cosas.  Vamos poco a poco paseando hacia Hendaya y al fin un poco cansado aita, vamos en taxi a Biriatou y comemos espléndidamente.  Platicamos hasta las nueve de la noche, donde en el mismo taxi le acompaño a la frontera.

Aita esta muy sereno, pero yo no.  En el momento de despedirnos, sin embargo, me abraza muy fuerte y yo también sin poder contener las lágrimas, me echo a llorar.
Mis lágrimas obedecen más que nada al presentimiento de que no voy a ver a aita más.  Su estado me ha hecho una pésima impresión, aunque él  ha pretendido disimular lo posible. Permanezco en el Puente hasta que en el otro extremo se apagan las luces rojas de taxi. ¡Agur aitatxo!

¡Agur San Juan de Luz! Este rincón ha vuelto a entrar en mí con toda la fuerza, no solo de sus atractivos naturales, sino de esa sencillez pueblerina, tan fraterna a nuestra manera de ser.  Calle por calle, piedra por piedra.  San Juan de Luz, cuajada de recuerdos, cubrió con sus calores el dolor de la emigración vasca, abriendo sus brazos, a los que destrozado el corazón por el impacto de la guerra, llamaron un día a las puertas de sus compatriotas, no para quitarles el pan, sino para que les hicieran un sitio donde morar,  en la vieja paz y calma, que los bravos laburtanos asentaron con su trabajo, con sus labores arduas y penosas del mar y de los campos.

Ya se fue repatriando la mayoría de los que así llegaron.  De mis conocidos, solo el tío Jacinto, Doroteo Ciaurriz, Ramón Larrañaga, Ramón Aldasoro, Julitxo y Rosarito Lasquibar, Mari Ixabel Sese, impregnados hasta casi apestar de un tolosanismo que me hace sentirme en el pueblo, me abren un círculo de afecto, que no se cierra sino hasta   el día de mi partida.

Traigo a América el anhelo de que, pasados unos años, pueda a mi regreso extender los brazos, cual gigante mitológico y agarrando con el derecho  a San Juan de Luz y con el izquierdo a Tolosa, pudiendo  formar un puente, no limitado por banderas que nos son extrañas, sino lleno de amores y gracias, por el  que nuestros hijos, ya que no los padres, puedan fundirnos para siempre en el amor, en trabajo y la fe.

Cuando al arrancar el exprés, hoy 15 de noviembre, en una noche muy fría, no lloro solo.  Conmigo Pepita y en el andén Ramón, Doroteo, Roxario… ¿Cuándo nos volveremos a ver? Me pregunto.  El ruido sordo del tren ya a toda velocidad, me impide escuchar la respuesta.


Germán Ma. Iñurrategui

 

 

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