Jueves, 04 Septiembre 2008 13:00

Historia de un Inmigrante

Escrito por Susana Cano Garramuño
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HISTORIA DE UN INMIGRANTE


Transcurría el año 1900 y Romualdo Cano y Aja vivía junto a su madre y hermanos menores en Bilbao. Él era el mayor de los hermanos y, como varón, el responsable familiar dado que su padre y Marcelino, el hijo mayor, habían fallecido recientemente.

Con ese panorama, triste ciertamente, le llega a Romualdo la citación del ejército español para hacer el servicio. Su madre se desespera, junta el poco dinero que tenía y embarca a su hijo Romualdo en un barco que lo lleva primero a Cuba y luego a México.

El capital de Romualdo se reducía a tres baúles en los que su madre le había guardado todos sus bienes, pero resultó que al desembarcar en México los preciados baúles ya no estaban, le habían sido robados.

Grande fue la desesperación de Romualdo que a su corta edad, solo en tierra extraña, se encontraba con otro problema. De todas formas, sin amilanarse, salió con unas pocas pesetas a tratar de encontrar trabajo en el México de 1909. Pasaron los días, se acabaron las pesetas y el trabajo no se dio. Y era Navidad, su primera Navidad solo en un país desconocido y sin amigos ni alimento. Y lamentando mucho su apetito, decidió sentarse en un bar, que tenía mesas en la vereda, y comió todo lo que pudo. Al finalizar le pidió al mozo cigarrillos y ahí aprovechó para escapar, prometiéndose en lo más profundo de su corazón, volver a pagarle a aquel pobre hombre que tan bien lo había atendido.

Parece que la Navidad, la buena comida y su carácter tozudo le dieron fuerzas para seguir viviendo y buscando trabajo. Dios lo ayudó tanto que lo consiguió, en casa de otros vascos que como él vivían en México.

Pasó el tiempo, se asentó su vida y quiso el destino que se enamorara de una mexicana que le enseñaba a tocar la guitarra. Por ello fue a una casa de compra y venta de objetos usados a comprar una guitarra para consolidar aún más su enamoramiento. Pero como ya les dije antes, Dios lo ayudó. Al buscar con su vista una guitarra, ve colgados de la pared sus tres baúles, robados al desembarcar en México.

Sale, busca a un policía y éste hace bajar los baúles al dueño de la tienda. Tal y como mi abuelo querido recordaba su madre había guardado las pesetas en las hojas de los libros que trajo con él desde Bilbao, él había memorizado el número de las páginas, cosa que le dijo al policía y éste al buscar encontró todas y cada una de las pesetas que su madre guardara: los malvivientes le habían robado toda la ropa, pero no les interesaron los libros, con lo que mi abuelo, feliz, se hizo de su dinero.

Sin pensarlo demasiado volvió al bar, se sentó a la misma mesa, lo atendió el mismo mozo, pidió un plato y comenzó una charla. Le preguntó si alguien se había ido de ahí alguna vez sin pagar, a lo que el mozo le relata la historia que el tan bien conocía porque era la suya. Entonces mi querido abuelo se da a conocer, le paga la deuda y comienza una amistad con quien sin saberlo lo había ayudado tanto en su primera Navidad solitaria.

Así comienza Romualdo, mi queridísimo abuelo, sus días en México. Al pasar los años cuando ya era mi abuelo me decía que sus días y años más felices los había pasado por aquellas tierra  mexicanas.


Susana Cano Garramuño.


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