Miércoles, 13 Agosto 2008 13:00

“Por cien pesos al mes, me fui a Euskadi, aprendí euskera y llegué a ser profesor.”

Escrito por Pablo Zulaica Parra
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GABRIEL CEBALLOS, MÉXICO DF, 1980. EUSKALZALE.


“Por cien pesos al mes, me fui a Euskadi, aprendí euskera y llegué a ser profesor.”

Da la sensación de que a Gabriel nunca le costó trabajo hacer las cosas. Parece que todo lo importante en su vida comienza por un hobby. Pero la suya es la historia de un tipo voluntarioso que, mientras disfruta lo que hace, sabe estar en el lugar y en el momento adecuados.

Entre todos los del Centro Vasco de la capital mexicana hay un afiliado en cuya historia no aparecen apellidos, ni sangre, ni partidas de nacimiento euskaldunes. Es el profesor de euskera. Cuesta creerlo, porque a simple vista hay algo que en él que lo contradice, llámese cercanía o naturalidad, y más aún cuando comienza a hablar, ya sea en mexicano. Ha interiorizado tanto su papel en esta cultura de ultramar que nadie lo sospecha, y menos aún escuchándolo hablar euskera. En una mesa del frontón del Centro, tras las pilotakadak de cada viernes, Gabriel cuenta su historia con la serenidad y la experiencia propias de un campeón del mundo retirado, pero aunque su ‘currículum vasco’ ya está bien lleno, no ha hecho más que comenzar. Tiene sólo veintiocho años.

Un niño muy curioso.

Todo comenzó de chico viendo un partido de pelota. Gabriel viene de una familia muy activa y un día, todos juntos, se acercaron a ver un partido en el Frontón México. Impresionado por la velocidad de la bola y el control que los puntistas tenían de ella, se le ocurrió preguntar si allí habría forma de aprender. Por ese tiempo Gabriel practicaba, y no sin éxito, artes marciales, pero a ninguna de ellas le veía mayor futuro. La respuesta de los encargados no le dejó opción: “Por sólo cien pesos al mes, decidí cambiar el kárate por la pelota”.

Apenas contaba once años. El majestuoso frontón México era por aquel entonces un lugar muy concurrido, pero al tiempo muy familiar. El llamado “Palacio de la Pelota” comenzó a ser su segunda casa. Y es así como fue entrando en contacto con la cultura vasca. Claro que había algo en todo aquello que sus ansias no iban a poder reprimir. Los idiomas fueron siempre una inquietud para Gabriel, los aprende con suma facilidad, como le sucedió con el inglés y el francés, casi sin estudiarlos. Y habiendo incluso aprendido árabe “por curiosidad” en el Centro Libanés -cosas de Gabriel, terminó becado en el Líbano- cómo no iba a picarle el euskera.

Conoció el Centro Vasco y allí se apuntó a las clases. Ya no aprendería por inercia, como le había sucedido antes, sino que agarró con tal pasión el euskera que su progreso fue meteórico. Y como la pasión no tiene límites, también la aplicó durante sus estudios de Economía: cuando le llegó el momento de la tesis presentó ante el tribunal un estudio que analizaba y cuantificaba la inversión total de las empresas vascas en México, algo que nadie había hecho antes.

Pero hubo más. Por ese tiempo llegó a sus oídos información sobre un programa que a la postre iba a resultar clave en su euskaldunización. Se trataba del Gobierno Vasco, que convocaba unas plazas para la formación de jóvenes en el ámbito de sus relaciones exteriores. Buscaban el mejor perfil para integrar alguno de sus departamentos. Gabriel ya era entonces afiliado del Centro Vasco y se presentó como integrante de la diáspora. El conocimiento de la lengua y su tesis resultaron una combinación magnífica a los ojos de los responsables en Euskadi y Gabriel ganó una de las plazas. Cuando lo contactaron, él pensaba en la delegación que el Gobierno tiene en el Distrito Federal, y su sorpresa fue mayúscula cuando le adjudicaron su lugar: Lehendakaritza, en Vitoria.

Rápidamente tuvo que cambia el chip. Iba a ser parte de la sociedad vasca, anhelo de muchos, algo muy diferente a lo que supone integrar la diáspora. Iba a practicar el euskera en su día a día y además trabajaría sobre el tema. Estaba ante una oportunidad que, sin duda, marcaría su futuro.

Euskadi de cerca.

Llegó a Vitoria con un contrato de trabajo por un año prorrogable. Encontró una habitación muy bien ubicada, en plena calle Florida. Compartir casa con una anciana no era a priori una opción a tener en cuenta, pero sí si era en pleno centro y por setenta euros. La señora resultó ser pariente del conservador alcalde saliente, y su ideología constituía un buen complemento para un extranjero que ha conocido desde la distancia un sentimiento vasco más o menos exacerbado, cosa común entre los integrantes activos de cualquier diáspora.

Gabriel, como buen viajero y mejor analista, era una esponja y debía aprender de todo. Afirma que en ningún momento de su estancia en Euskadi se sintió ajeno ni extranjero, e hizo sólidas amistades de muy diversas ideologías y que aún perduran. Esta diversidad le vino de maravilla para conocer la Euskadi plural. Además de vivir en Vitoria, para equilibrar una triple balanza, parte de su trabajo se desarrollaba en Bilbao y los fines de semana se juntaba con sus amigos en Andoain. Así durante un año.

Su labor diaria consistía en elaborar agendas para las distintas delegaciones extranjeras que recibía el Gobierno Vasco. Allí se sentía plenamente respaldado y escuchado, y rescata para la ocasión los nombres de sus dos jefes, Mikel Burzako e Iñaki Aguirre, de quienes recibió gran apoyo para lograr la mimesis perfecta, ya que poco le faltaba. Su experiencia ad hoc le abrió las puertas a mucha gente y a muchas ideas, pero su saber hacer y la organización aprendida le acercaron también al trabajo en las instituciones –ahora trabaja en la embajada británica de México- y a una ilusión que supuso la culminación de un ciclo: desde hace tres años es profesor de euskera.

Creando escuela.

Su estancia terminó al concluir el año de contrato y, seguramente, de una manera agridulce. Tenía planes de boda en México. Pero cuando volvió se quedó sin lo uno ni lo otro, y ahora no duda en que volvería a Euskadi encantado en caso de que le surgiera otra nueva oportunidad.

Sin embargo halló una terapia ideal que le permite continuar su vida actual sin extrañar del todo la antigua. Para Gabriel, tanto recibir como impartir clases de euskera “es como tomar clases de yoga”. Afirma que supone para todos un ejercicio bárbaro, “una forma de desconectarnos de nuestros problemas cotidianos, de hacer algo por genuino gusto y por amor a la curiosidad intelectual y que también es parte de un movimiento maravilloso que quiere preservar una cultura que vale la pena conocer”.

Pero el grupo es, ante todo, algo muy humano y él continúa maravillado por las razones tan diversas que mueven a alumnos tan distintos a escucharle con tanto entusiasmo. Están los mexicanos de origen vasco que buscan aprender o recuperar la lengua; los vascos, jóvenes o viejos, que vienen por unos años y que quieren mantenerla o que simplemente añoran su tierra; los amantes de las artes o los deportes vascos, o los políglotas empedernidos con su sed de idiomas. Sin olvidar a los muchachos que, simplemente, se han enamorado de un vasco o una vasca y que encuentran, Gabriel mediante, una forma de mitigar su melancolía.

El primero de diciembre último, con motivo del Día Internacional del Euskera, el Centro Vasco celebró una comida. Acudieron unas quinientas personas. Allí había antiguos exiliados, ingenieros del ferrocarril suburbano, actores, estudiantes de intercambio de la UPV, un grupo de entusiastas del curso de Estudios Vascos de la vecina ciudad de Puebla y, en la última mesa, los alumnos de Gabriel, entre ellos un servidor. A la hora del postre hubo un pequeño discurso. Se recordó a mucha gente, se repartieron plaquitas a los viejos socios y al final se escuchó un nombre para una última plaquita con trofeo que allí aguardaba. Era para él. Reconocida en voz alta su notable aportación al Centro, al sorprendido Gabriel no le quedó otra que atravesar todo el frontón y tomar el micrófono. Aunque su cara lo decía todo, ahora no recuerdo sus palabras. Esencialmente porque gran parte de sus treinta y cinco alumnos de los martes, a base de palmas y gritos, no me dejaron escuchar.

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