Jueves, 23 Octubre 2008 09:29

XV Mi tío Gerardo y su aventura en el mar.

Escrito por Félix Arrieta Etxeberria
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Mi tío Gerardo y su aventura en el mar.


En uno de estos barcos conocidos como “bous” y que había sido artillado con un sólo cañón de poco calibre, mi tío Gerardo, hermano de mi madre, y creo que con otros cinco o seis marinos más, que habían sido destinados para servicio en la guerra en misión de vigilancia de las costas. Y que precisamente estuvieron para reparaciones, fondeados en el puerto de Santander, hasta varios días antes de la toma de esta ciudad por las tropas rebeldes.

 


Contaba que, no sé si una semana o más antes, y de madrugada, los habían ordenado que partieran de puerto para auxiliar a un barco en dificultades que pedía ayuda, y que acudieron varios barcos semejantes, para auxiliarlo.
Pero que resultó, que ya en alta mar, y en el horizonte, vieron un barco enorme, que navegaba muy lento y con las luces apagadas, y que se movía casi paralelo a la costa, como observándolos y pendiente de lo que pasara.
Pero decía mi tío, que como él y otro compañero del “bou” natural de Guetaria, habían cumplido juntos su servicio militar en la marina de guerra, como tripulantes del acorazado “Miguel de Cervantes y Saavedra” afirmaban que habían sido capacitados como vigías, para conocer e identificar a los barcos de la armada de guerra por sus siluetas y por las banderolas y códigos de identificación.

Por lo que en este “bou”, la función de los dos, precisamente era la de ser vigías, relevándose por turnos, para identificar barcos que vieran, y como para esta función disponían de, dizque, de unos buenos prismáticos, que en un principio, por falta de visibilidad, y porque no notaban en el barco ninguna actitud amenazadora, habían creído, que el barco de marras, pudiera ser de bandera republicana, leal al gobierno de la República Española, pues siendo madrugada no les fue posible una identificación correcta, ni por la silueta ni por las banderolas que no conseguían distinguirlas.
En cuanto amaneció un poco mas, y ya con una visibilidad más clara, inmediatamente y con gran pavor, creyeron reconocer por la silueta, de que se trataba de un acorazado ¡¡¡bingo!!! y que por las banderolas, yo no creo que las vieran, pero se imaginaron a qué bando pertenecía, naturalmente que al otro, por lo que sin más averiguaciones, alarmados, se fueron con el chisme a su patrón del “bou”. Y este, héroe al fin, sin pensarlo dos veces (y por si acaso) ordenó que de inmediato y a todo lo que en velocidad (seguro que no pasaría de unos cinco nudos) pudiera dar su barco, procedieran a alejarse de la zona y eludiendo al acorazado, tomar rumbo al noreste hacia Francia.

Muchas horas más tarde, llegaron a puerto francés. Y contaba mi tío, que era tal la velocidad (yo lo llamaría mejor miedo) que llevaban, que no pudieron parar hasta que chocaron contra un rompeolas en el muelle.
Según mi tío Gerardo, que fue tan grande el estruendo que armaron al chocar con el muelle, que, aun cuando era noche, como de milagro, aparecieron en el muelle, antes silencioso y solitario, gentes y gendarmes por todos lados y que todos muy enojados los insultaron hasta desgañitarse, menos mal que no entendían nada en francés, y que los inmovilizaron con cuerdas, que incluso se los pasaron hasta por el cuello, y que de inmediato, como si fueran asaltabancos, a pesar de las cuerdas, fueron todavía maniatados con grilletes por los gendarmes y sin más, los metieron a empujones en la cárcel del pueblo, donde pasaron, decía que a pesar de todo, la mejor noche en mucho tiempo. Ya que pudieron dormir y descansar, a pierna suelta, sin preocupación por los inconvenientes y las sorpresas de la guerra.

Que al día siguiente, además de un buen baño, rasurados y con ropa limpia que les dieron, además de un excelente y abundante desayuno, y que seguidamente y en castellano, y con mucho respeto, los interrogaron y los clasificaron, y después de una buena comida con vino, hartos y somnolientos por la opípara comida, fueron trasladados ese mismo día a una playa a bastante distancia del pueblo y que había sido habilitada para campo de concentración, donde la totalidad de los internos eran españoles, y así como ellos, huidos y refugiados en Francia, y aquí quedaron internados y detenidos sin la más mínima comodidad, a la intemperie y rodeados por alambre espinoso, y custodiados por soldados negrotes senegaleses, de aspecto inquietante y feroz. Y aquí estuvieron por un buen tiempo, pasando hambre, incomodidades y carencias, sin la más mínima posibilidad de asearse ni de rasurarse debidamente, y lo que era peor, sin el desayuno, ni la comida, que tanto recordaban y añoraban.
Muy puesto a exagerar, aseguraba mi tío Gerardo que toda la comida que habían recibido durante el tiempo que estuvieron detenidos en la playa o campo de concentración, era por mucho, menor en cantidad y mucho menos en calidad, que la que comieron el primer día en la cárcel.

Y lo que sigue, es otra historia.

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