Domingo, 09 Diciembre 2007 07:34

CINCUENTA AÑOS DE PRESENCIA VASCA EN MÉXICO, 1800-1850

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50 AÑOS DE PRESENCIA VASCA EN MÉXICO, Josu Ruiz de Gordejuela Urquijo
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Jaione te comento: El miércoles presenté una ponencia en el congreso internacional Euskalherria mugaz gaindi (yo lo traduzco como traspasando la frontera de Eukal herria o algo parecido) celebrado en Vitoria-Gasteiz y que se ha dado a conocer como nuevas investigaciones sobre la presencia vasca en el mundo. El artículo completo aparecerá en internet, junto al resto de ponencias, pero he considerado interesante para mis amigos de México enviarte la presentación del estudio ya que es más corto y fundamentalmente porque no tiene pies de página que pueden dificultar la presentación en la página web.

Bueno Jaione, yo sigo trabajando en el proyecto de escribir una historia de los vascos en México en el XIX.

Recibe, como sueles decir tu, muxuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu aundi bat.

Josu

P.D. Sería interesantísimo encontrar correspondencia particular entre los vascos de México y de Aitaren Etxea (la casa del padre) es decir de Euskadi durante el siglo XIX. Ya sabes si puedes preguntar a nuestros amigos sería muy importante porque no hay casi nada.

Josu Ruiz de Gordejuela Urquijo

 

 

 

 

CINCUENTA AÑOS DE PRESENCIA VASCA EN MÉXICO, 1800-1850

 

A pesar del interés por el estudio de la emigración española a América durante el siglo XIX, los primeros años de emigración a México durante este periodo han sido escasamente tratados. A partir de la independencia de la Nueva España y hasta mediados del siglo pasado, México recibió a varios cientos de emigrantes vasco-navarros —que convivieron con otros muchos vascos que consiguieron permanecer en México tras la independencia—, hecho que marcó un punto y aparte en la historia de la emigración a este país. Es por ello intención de esta ponencia aportar luz sobre este tema prácticamente desconocido pero de gran importancia, ya que supone el eslabón entre la emigración del antiguo régimen y la contemporánea

 

La presencia vasca en el nuevo continente fue una constante desde el mismo descubrimiento de América y que perdurará, aunque residualmente, hasta mediados del siglo XX. Durante el periodo colonial, la condición innata de hidalgo de la mayoría de los vascos les ofreció importantes facilidades para desempeñar cargos públicos, lo que motivó que muchos jóvenes eligiesen la carrera funcionarial al otro lado del Atlántico para labrar su porvenir. Otros muchos, a la sombra de familiares o parientes instalados en el comercio en las colonias, decidieron abandonar desde temprana edad su hogar para aprender el oficio de comerciante, tal como lo habían hecho anteriormente miles de compatriotas suyos. La aportación religiosa del País Vasco a América fue otra vertiente relevante en el flujo migratorio al nuevo continente. Del conjunto del territorio que formaba España, el aporte humano vasco fue quizá el más significativo, no tanto por el número de emigrados sino sobretodo por la trascendencia de su presencia en la vida social y económica en las colonias.

Los estudios sobre emigración a América muestran cómo las guerras revolucionarias, la crisis económica y del comercio frenaron la progresiva emigración vasca a América reduciéndose significativamente durante las dos primeras décadas del s. XIX, sin que significara una paralización total de la salida de peninsulares hacia el continente americano. Es a partir del último tercio del siglo XVIII cuando la presencia vasco-navarra en México tuvo una importancia decisiva dentro del conjunto de comunidades españolas, representando más de un 18% del total, cifras que fueron aumentando sin cesar hasta la víspera de la independencia. El modo de emigrar de estos vasco-navarros es el reflejo del modelo de emigración “clásico” que vinculaba a los jóvenes peninsulares con familiares y paisanos colocados en su mayor parte en el comercio novohispano.

Así la presencia vasca alcanzó el 18,42% del total del conjunto peninsular —correspondiendo a Bizkaia un 57% de esta emigración mientras que Álava y Gipuzkoa fue similar con un 21,5% — y la Navarra continuó creciendo, aunque de manera más moderada, con el 19,93%. Dentro de este conjunto los encartados de Bizkaia, los ayaleses de Álava y los baztaneses de Navarra constituyeron el grueso de esta presencia vasca en Nueva España.

La insurgencia mexicana y la guerra de independencia en España frenó el flujo migratorio que llegó prácticamente a anularse con la independencia de México. A partir de este momento tal como afirmaba el ilustre pensador y político Lucas Alamán, “la situación de los españoles cambiaría sustancialmente después de consumada la independencia. Los criollos pasarían a ocupar el primer plano en la política nacional. Los peninsulares continuarían en absoluta minoría; sin el respaldo de España y sin la influencia y los privilegios de la Colonia. Los problemas a los que se enfrentarían después de 1821 serían muy diferentes a los del periodo anterior. En adelante, no tenían más alternativa que sufrir los vaivenes de la política y las vicisitudes de los primeros gobiernos nacionales”. Para Lorenzo de Zavala, la desconfianza de los mexicanos hacia los “gachupines” era inevitable, ya que a pesar de haber logrado la independencia, los antiguos opresores seguían disfrutando cargos en el gobierno nacional, en la burocracia militar y eclesiástica, y todos ellos beneficiándose de la nueva nación.

En definitiva, el colectivo español fue acusado de suscitar todos los males que padecía la república, lo que provocó continuas manifestaciones de animadversión a los peninsulares.

 

La mayor parte de los primeros en salir —además de los altos funcionarios coloniales que, obviamente, tenían que abandonar el país— fueron aquellos que más podían perder en la nueva situación y que vieron la conveniencia de abandonarlo a tiempo, cuando aún podían proteger a sus familias y salvar el valor de sus propiedades regresando a la península. Pero una parte significativa de éstos, sobre todo hombres del comercio y los negocios de apellido y origen vasco, decidieron asentarse en plazas europeas como Londres o Burdeos donde podían hacer rendir mejor sus capitales. Algunos de ellos se convirtieron en testaferros y depositarios de otros muchos paisanos suyos que permanecían en México pero que prefirieron sacar del inestable país sus capitales, hasta que se vieron obligados ellos mismos a marcharse. Comenzó así la exitosa carrera de algunos que, como los Aguirrebengoa, Urribarren y los Iñigo y Ezpeleta, llegaron a convertirse en grandes banqueros en la Francia de Luis Felipe o en la Inglaterra en plena revolución industrial. Además, estos hombres de negocios dieron continuidad en gran medida al comercio entre Europa y México, sólo que ahora otros puertos europeos como Bayona, Burdeos, Londres, sustituyeron a Cádiz y los puertos peninsulares españoles.

Del estudio total de 235 personajes emigrados españoles estudiados en la tesis doctoral entre 1821-1827, 104 tienen apellidos vascos o son vascos de nacimiento.

Esta muestra, de la que tan sólo conocemos la mitad aproximada de las ocupaciones de estos emigrados, nos ofrece, por tanto, una primera conclusión: la mayor parte (en concreto, un 73 por ciento) de los emigrados de la primera hora son los hombres del comercio.

 

El número de oficios desconocidos sólo alcanza el ocho por ciento, seguido de oficios liberales con el cinco, los mismos que sacerdotes y de oficios diversos y el cuatro por ciento de militares. Por otro lado, una mayoría de estos comerciantes eligieron como destino un puerto extranjero, sobre todo de Francia (67) o Inglaterra (14), y de estos la mitad son vasco navarros, algo por otro lado lógico debido a la larga tradición que tenían estos hombres del norte de relacionarse con los puertos atlánticos de Europa.

 

Mientras, otros muchos permanecieron en México —unos por no haber alcanzado la fortuna suficiente como para empezar de nuevo en otro lugar y otros porque tenían hecha su vida en el antiguo virreinato y carecían de motivos o posibilidades de emigrar— sufriendo en los años siguientes el ambiente cada vez más hostil hacia la presencia española. Esto es lo que debió de ocurrir con muchos pequeños comerciantes atrapados en sus negocios locales y con empleados de diversa clase. Es ésta una historia que está en gran medida por hacerse y que ofrecería mucha luz sobre la vida cotidiana de los vascos en el México de las primeras décadas del siglo XIX. Entre los documentos que guarda el Archivo Foral de Bizkaia he podido rescatar la documentación epistolar entre José María Maruri y su empleado José Ramón Basagoiti en donde se refleja bien la diferencia entre los que regresaron y los que tuvieron que quedarse.

 

En primer lugar la conspiración del padre Arenas y posteriormente los preparativos de la invasión de Barradas dieron la excusa decisiva a los políticos liberales mexicanos para decretar la expulsión de los españoles, de modo que, en una perspectiva más amplia, la fracasada operación militar significó también la pérdida del último eslabón que aún mantenía unidos, hasta cierto punto, a la metrópoli con su antigua y más rica colonia.

La presión de la opinión pública y de las cámaras regionales obligó por fin al Senado a aprobar, el 20 de diciembre de 1827, la primera ley de expulsión de españoles. Tan sólo 15 meses después una segunda ley pretendió resolver radicalmente el problema con medidas más estricta al afectar a todos los nacidos en la península —con independencia del estado civil, relación familiar, creencias políticas o vinculaciones personales— y no dejar prácticamente margen para excepciones o exenciones, tal como había sucedido en la primera ley.

El total de exceptuados de las leyes de expulsión de 1827 y 1829 por las cámaras del senado y congreso de la unión fue de 473 españoles, de los cuales 83 eran nacidos en el País Vasco, representando el 17,54% del total.

Muchos de los expulsos, ante la urgente necesidad de abandonar el país, se vieron obligados a malvender sus haciendas y propiedades. Luego tuvieron que sortear un conjunto ilimitado de dificultades: evitar los peligros del camino hasta el puerto de salida; una penosa espera en los embarcaderos hasta obtener un pasaje que los sacase del país, si es que antes no sucumbían a la fiebre amarilla; los abusos de los capitanes de buques y, por fin, un destino inmediato para la mayoría, Nueva Orleans y Burdeos, en donde se encontraron completamente desamparados, también por las autoridades consulares españolas donde las había.

 

Al desamparo y falta de medios se unió la desconfianza de los gobiernos, especialmente del español, que los convirtió en auténticos hombres sin patria, con un destino incierto. Muchos consiguieron llegar a las costas francesas, donde fueron acogidos por los emigrados que ya se encontraban allí; pero incluso entonces fueron vigilados por las autoridades españolas y mexicanas temiendo unas su eventual actitud “revolucionaria” y, las otras, que no participaran en posibles aventuras de reconquista. Silenciosamente fueron regresando, los que pudieron, a sus solares originales en la península, hasta perderse de nuevo en el anonimato de la historia.

 

En efecto, a partir de 1830, la inmensa mayoría de los emigrados que permanecían en Francia pasaron la frontera y se instalaron en España. A su vez muchos de los que aún permanecían en Nueva Orleans decidieron burlar las leyes de expulsión y regresar a México.

Pasado el furor revolucionario, las necesidades comerciales ya venían anunciando desde 1831 la urgencia de un acuerdo de paz entre México y España que llevara a la reconciliación y el restablecimiento de las relaciones de personas y bienes entre la vieja metrópoli y las nuevas repúblicas. El gobierno mexicano mostró tanto o más interés que el español por regularizar las relaciones, endeudado por los gastos de la guerra con Texas. Así, después de su estudio y aprobación por las Cortes españolas, el ministro plenipotenciario mexicano, general Miguel Santa María y su homólogo español José María Calatrava firmaban el tan anhelado Tratado de Paz el 28 de diciembre de 1836, por el que España reconocía la independencia de México y ambas partes declaraban la libertad de comercio y de tránsito de personas entre los dos países.

 

Habían transcurrido quince años desde la independencia hasta la firma del Tratado de Paz y Amistad y la situación legal de los españoles residentes en México era de lo más ambigua. De hecho el conflicto de la identidad de estos españoles va a marcar prácticamente las relaciones entre España y México durante los años cuarenta de ese siglo. La independencia hizo que muchos españoles adoptasen la nueva nacionalidad para poder continuar con sus vidas y negocios en la ex colonia y como dice Clara Lida ni los criollos los aceptaban ni ellos mismos se veían como hijos de la nueva nación. Para el gobierno mexicano los españoles que juraron fidelidad a la nueva república y que habían permanecido en esta nación —incluidos los españoles que fueron expulsados entre 1827 y 1829— eran a todos los efectos ciudadanos mexicanos, a diferencia de los llegados a partir de 1837 que fueron considerados súbditos de Su Majestad Católica.

A la hora de cuantificar el número de vasco-navarros que llegaron a las costas mexicanas durante los años 1837 y 1842 debemos considerar al menos dos factores que impiden conocer exactamente lo que supuso esta emigración. Por una parte, la inmensa mayoría de los jóvenes que se dirigieron a México zarparon del puerto francés de Burdeos evitando el control policial de las autoridades españolas, por lo que no existen fuentes fidedignas para este periodo; y por otra parte, ya en México, no todos los españoles se registraron en los consulados de España en México para obtener sus respectivas cartas de seguridad.

Gracias al documento titulado “Lista de los individuos que se han presentado en el Consulado General de España en México para obtener sus respectivas cartas de seguridad” conocemos la identidad de 983 españoles de los cuales 739 conocemos su procedencia, perteneciendo al colectivo vasconavarro 237 (35% Bi, 24% Gi, 3% Al y 38% Na)

 

En palabras del ministro español Pascual Oliver las edades de estos emigrantes, incluidos los vasco-navarros, oscilaban entre los 14 y 40 años “y su ocupación la del comercio por menor en clase de dependientes, a excepción de unos cuantos que tienen establecimientos propios, tres o cuatro que ejercen la abogacía, otros tantos médicos y algunos artesanos y artistas, aunque muy pocos”.

 

Coincidiendo con la llegada del citado ministro plenipotenciario español, el gobierno liberal moderado de Bustamante fue sustituido por el conservador dirigido por el omnipresente general Santa Anna. En este nuevo marco político el enviado español reclamó a su homónimo mexicano, Gómez Pedraza, que los españoles que hubieron permanecido después de la independencia en tierras aztecas pudieran recuperar la nacionalidad española.

Mientras, fueron muchos los vasco-navarros que padecieron la política del gobierno mexicano que les obligaba a realizar servicios forzosos tales como la custodia en cárceles o los temidos préstamos, haciendo caso omiso al artículo 6º del Tratado de mutuo reconocimiento. Un año después, el 10 de agosto de 1842, el gobierno mexicano decretaba que los españoles que se habían acogido a los tratados de Córdoba y el Plan de Iguala podían permanecer como mexicanos o bien renunciar a esa prerrogativa y ser considerados como extranjeros si así lo deseaban.

Oliver tuvo que enfrentarse un año después al endurecimiento de la política del general Santa Anna contra los ciudadanos extranjeros al prohibirles practicar el comercio al menudeo —principal actividad de los vasco-navarros afincados en México— lo que provocó que muchos de ellos decidieran recobrar la nacionalidad mexicana y de este modo continuar sus actividades profesionales.

 

Los acontecimientos obligaron al ministro español a requerir a sus superiores en Madrid que dotaran medidas restrictivas que paliaran el constante goteo de jóvenes a un México diferente al que habían emigrado años antes sus parientes y paisanos, proponiendo un conjunto de medidas restrictivas.

 

Por desgracia fueron muchos los que sufrieron la indigencia y la enfermedad, hecho éste que motivó que los hombres más pudientes de la Colonia española en México, cuya mayoría era de origen vasco-navarro, decidiesen fundar el 9 de octubre de 1842 la Sociedad de Beneficencia. Todos los socios contribuyeron a costear los gastos del mantenimiento del hospital-residencia para los españoles que vivían en la miseria con suscripciones que ascendían a cerca de los mil pesos mensuales. Entre los fundadores se encontraban importantes hombres de negocios vascos como, Manuel de Trueba, Benito Macua, José María Bassoco, Lorenzo Carrera, Pío Bermejillo y Luis Rovalo, por citar algunos de lo vasco-navarros más relevantes.

 

El estudio de la emigración vasco-navarra en México puede parecer a primera vista un ejemplo de “microhistoria” por su relativa presencia humana en el país americano, pero sin embargo es un vehículo de conocimiento de un vasto universo social que trasciende el mero análisis demográfico para profundizar en las múltiples dimensiones humanas y económicas de la sociedad vasca y mexicana.

 

 

Visto 3924 veces Modificado por última vez en Lunes, 24 Marzo 2014 00:16
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