Viernes, 11 Enero 2008 08:29

El poeta de las Regatas

Escrito por Adolfo de Larrañaga
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Adolfo de Larrañaga

 

EL POETA DE LAS REGATAS

 

Adolfo de Larrañaga nace en Portugalete en 1876 en la Calle del Medio, hoy Víctor Chávarri.

Su amor por los versos marcó su vida.

Estudió abogacía, aunque su primer trabajo fue de administrador en unas explotaciones mineras de Almería. Durante su estancia en Almería traba amistad con el poeta Francisco Villaespesa a quien siguió a Madrid en su vida poética. Regresa a Portugalete pues sus versos no le dan para vivir en la bohemia madrileña.

Solicita el puesto de Juez Municipal, el cual consiguió al no presentarse ningún vecino, con el titulo de Licenciado en Derecho.

Colabora en las revistas "Hermes" y "Euskal Erria" como experto en poesía y poetas. Escribe también en "La Tarde", "Ateneo", "Excelsior", "El Nervión Especial".

Es un nacionalista a machamartillo, lo cual le crea problemas con la censura.

Pretende crear una poesía humana que trata de las costumbres del pueblo; el caserio, los remeros, los aizkolaris, etc. Consigue que su poesía sea clara y artística.

Trabajó, además, en la "Juventud Vasca" de Bilbao. Conoció a Sabino Arana al cual apoyó, fue secretario de "Solidaridad de Trabajadores Vascos".

Dirigió los periódicos "El Obrero Vasco", "Eusko Languille" y "Lan Deya".

Se exilió a Francia residiendo en San Juan de Luz. Vivió de la ayuda que le prestaban sus amigos. Colaboraba en Francia con periódicos y revistas nacionalista: Eusko Enda y Guernika.

Obras:

Unai Ona o El buen pastor.

Arraulari o Las regatas.

El tejo.

Canto a Sabino.

La guitarra, etc.

Su obra comprende tanto poemas líricos como poemas bucólicos y poemas épicos.

Era un buen conversador , educado, amigo de sus amigos, pulcro en el vestir y querido por todos.

A su villa Portugalete la quiso y la llevó en su alma, añoró volver, pero no pudo.

Murió en San Juan de Luz en 1961.

En 1980, su amigo portugalujo Miguel Saenz editó una importantísima parte de sus versos en el libro "POESIAS".

Bibliografía:

De mi vida. Indalecio Prieto (1965).

Euzkadi. Vascos que escribieron en castellano. Elias Amézaga (1977).

Poesías (Adolfo de Larrañaga) recopilación de Miguel Saez (1980).

Euzkadi. Al cruce de tres culturas. Elias Amezaga (1989).

Portugalete y su gente (1991) Juan de Pagoeta.

Arraulari o Las regatas.

Por Adolfo de Larrañaga. Dibujos de Ramiro Arrue.

Extraído de la, hasta el momento, única edición de 1960

I

Quiero cantar la épica marinera

la noble exultación de las regatas

de la grácil y rápida trainera,

dejando la mar libre las fragatas,

catedrales del alma marinera.

Canto a los euskaldunes balleneros,

ancestrales de los bravos marineros

de pupilas azules y amatistas;

no aludo ni a piratas ni negreros

que de leyendas son protagonistas.

Que su origen refiera el erudito,

que el poeta pretende la expresión

de la belleza de la creación,

eterno sacerdote del gran rito

del canto, la armonía y la oración.

II

Nuestra trainera es atlética,

nuestra trainera es estética

cuando en el puerto se halla descansando;

pero en la mar, si va regateando,

es netamente patética.

La trainera es la barca de una ondina

cuando va como la hoja de un cuchillo

cortando el agua azul y cristalina.

Con aletas, sería golondrina,

y cargada de rosas, canastillo.

Tiene un aire felino su silueta,

más que correr, bogando, se desliza;

parece que mira la coqueta

en el espejo azul de su gaveta

como una bayadera de la liza.

Se construyó para cortar el viento,

superando la ley de la resistencia

en su alado y gentil deslizamiento,

toda llena de gracia a barlovento

como un tritón en plena adolescencia.

De noche, el arraunlari la visita,

ungiéndola de sebo y de manteca;

siente celos porque es la favorita

digna de ser la cuna de Afrodita

modelada en el torso de un esteta.

Aromada de marisco,

al arrullo del puerto en un lugar

que es para ella confortador aprisco,

se oculta para ver el obelisco

-la pupila del cíclope lunar-.

Se llama Izarra, nombre de bautismo

como la novia del proel amado;

cuando salió a alta mar, su dinamismo

se derramó con un anacronismo

sobre yerba del florido prado.

Las noches misteriosas del ensayo,

recelando de todas las miradas

se recata en las sombras; las celadas

del adversario en las encrucijadas

puedan captar sus formas al soslayo.

La princesa del pueblo es la trainera

que ha adoptado la gente marinera

objeto de vitrina y de marfil;

en el retrato de una pescadera

he visto dibujado su perfil.

Es coqueta, es audaz, es temblorosa,

piafadora, impaciente, núbil, bella.

Lleva en la proa la nupcial estrella

de la esperanza abierta como rosa

ofrendada a ingrávida doncella.

Mar azul, claro cielo, viento blando,

la trainera ha salido de paseo,

y las gaviotas, cuando van volando,

retornan la cabeza recordando

que en la proa iniciaron su aleteo.

III

Torso formón tallado y a maceta,

brazos vibrantes, músculos de acero,

velludo el tórax, ojo de torrero

que al otear el tiempo lo asaeta

como el arco sutil de sabio arquero.

Al pecho lleva un pardo escapulario

y medallas que siempre ha de besar

con la emoción del niño o del corsario

que deletrea el alto abecedario

del véspero azulado a la polar.

Este alegre arraunlari, bueno y fuerte,

ama a la libertad cual la gaviota,

es fetichista de la mar ignota,

su esperanza se ríe de la muerte

y sueña en retornar, como el patriota.

Desde el pretil del puerto otea,

un patriarca absorto en una idea,

la vasta superficie movediza;

sueña que es el patrón que regatea

y al detener el tiempo lo eterniza.

Ojo redondo y claro, de aguilucho

que el horizonte ha taladrado mucho,

curvada la nariz a sotavento,

prógmata vigoroso en movimiento,

ironía en los labios de hombre ducho.

Es el símbolo vasco del marino,

huele a honradez, a dignidad y audacia,

más que al pan y al tabaco, quiere al vino,

que ahuyenta de su mente la desgracia

y le enseña a sonreír frente al destino.

Antes que sorprendiese el gran Colón

de América la atónita existencia,

el arraunlari euskeldun el arpón

de su aventura hundió el corazón

de Terranova sin la real licencia.

Porque él era señor independiente

por la insignia que ostenta su bandera;

pues llevaba en la popa su trainera

un diploma foral, una patente

superior y anterior a otra cualquiera.

Primate insigne de los balleneros,

en Terranova aún se ve su tumba

con la data de viejos marineros

y restos de perdidos astilleros

en cuya fama el temporal retumba.

A remo crudo persigue a la ballena,

la reduce, la acosa y le dispara

el rectilíneo arpón con su cadena,

que se clava en el lomo como antena,

y el monstruo al fin sus coletazos para.

Por la lucha tenaz ensangrentadas

las manos que sujetan el chicote,

vibrante del dolor del cachalote,

del monstruo al esquivar las coleadas,

un cascarón de nuez parece el bote.

Y al tornar a la patria la mirada

humedecida del secreto llanto

de aquel que piensa en la mujer amada,

el arraunlari sueña en la arribada

y convierte sus lágrimas en canto.

Muy pronto volverás, amigo mío,

a recordar los días de tu infancia,

a la sombra natal del caserío

impregnado de mágica fragancia

y de las risas y besos de tu río.

Este abolengo goza de raigambre

de los bravos hijos de la mar.

¿Qué tendrá ésta para que el enjambre

de las abejas, aunque pasen hambre,

quieran todas volver al colmenar?

IV

Puerto clásico de nuestra costa,

de poco fondo y con entrada angosta

allá en la bajamar, se satura

al penetrar del aire la frescura

de salitre, alquitrán y hasta de bosta.

Al subir lentamente la marea,

el roce de cadenas y chicotes

chirría entre las anclas y los botes;

y, al fin, la pleamar, como azotea,

al puerto entero lo levanta a flote.

El puerto es una sinfonía azul:

la flota piafadora toda azul,

las marineras de pupila azul,

los marineros de mahón azul

y hasta el pescado es de color azul.

Por ver del puerto la calcomanía

nostálgica de gris melancolía,

cambian algunas casas del lugar;

bajan de noche a mirarse a la ría

y en silencio se vuelven a su hogar.

En otras, pende desde la fachada,

a los besos de un sol ya macilento,

toda la ropa limpia, remendada,

de una policromía tan variada

como peleles que se lleva el viento.

Remedan otros nidos de gaviotas

que entre las rocas viven solitarias,

libres, hurañas, longevas, visionarias,

que se levantan sobre sus picotas

como grises sorguiñas centenarias.

A algunas el tiempo las ha humanizado,

las ha encanecido, las ha poetizado

de no sé qué leyenda del amor

de una marquesa con un pescador

bello como un Antinoo, el bronceado.

Subsiste aún el palacio silente,

de un noble etxeco-jaun descendiente,

que la noche de sus bodas quedó muerto;

una semana continuó yacente

en su lecho de lis, mirando al puerto.

Y cuando la galerna o la tormenta

ululan, el palacio de lamenta

con el blanco fantasma en la ventana,

y el chirrido febril de una roldana

el terror de las brujas acrecienta.

Luego, las redes de los pescadores,

a modo de guirnaldas victoriosas,

penden del muro, mientras las esposas

de los inmensos ojos soñadores

tejen, cantando, mallas misteriosas.

¡No ha muerto Pan, ni huído las sirenas!

Alegre coro de los pescadores,

al volver de la pesca los vapores,

a la taberna van como falenas

a la luz de los báquicos fulgores.

En la taberna hay gran algarabía,

charla y beben en la sidrería

lo mismo que marinos de Marsella,

y cantan al tin-tin de una botella

que a breves intervalos se vacía.

En ella olvidan la miseria humana

de la lucha tenaz y cotidiana,

esclavos del deber de la existencia

que, domando al dolor con su experiencia,

dicen a la esperanza: "Hasta mañana".

Al dulce balanceo de la cuna

que mece maternal la abuela luna,

al arrullo de eresias en euskera,

se va formando el alma marinera

bajo la inspiración de la fortuna.

Se aproxima la larga teoría

de innúmeros motores

hasta ganar la plácida bahía,

y a la luz de los faros de la ría

muestra el camino real a los vapores.

Brilla a proa la luz amarillenta,

a babor y a estribor la roja y verde

para que al marinero le recuerde

la situación del barco en la tormenta,

pues la mar se enfurece y mata y muerde.

Todos los barcos duermen en hileras

disciplinados como en un cuartel;

y en el silencio de la noche artera,

rozándose la amura y el carel,

dialogan el vapor y la trainera.

-¡Qué bonita estás con tu cabellera

recogida en la nuca, cual si fuera

un gran manojo de algas perfumado

de reinetas plantadas en el prado

del heno fragante de la primavera!

-No manches mi costado ni el codaste

ni te me acerques en la pleamar,

que tus besos me rozan el engaste

de las conchas que forman el contraste

con las gemas brillantes del collar.

-Ponte en el branque un clásico amuleto,

una estrella de mar, cualquier objeto

que sea como adorno en tu figura,

que el triunfo te ha de dar en la aventura

el talismán que guarda mi secreto.

-Talla en mi proa una blanca medusa,

un hipocampo, la estrella polar,

las fases de la reina de la mar,

la sirena que escuchamos al pasar

tañer la fúnebre arpa de la Intrusa.

-¡Qué clara está la luna, amigo mío!

¡No sé qué tiene que me escalofrío!

¡Donde quiera que estoy de allí me mira!

¿Qué me presagiará? ¡Dulce mentira!

¡Con el sol de la noche, desvarío!

-Los albatros, gaviotas y fragatas

-lebreles de la mar-, y los tritones

con sus saltos mortales de bufones,

te escoltarán durante las regatas,

en medio de las grandes ovaciones.

-¡Agur, Izarra! Duerme hasta mañana,

jaca de pura sangre, que ya es hora;

la oración de cristal de mi campana

te despabilará tocando a diana

como el txistu al rosario de la aurora.

Han callado los dos; Izarra sueña.

De un potinandi surto en la bahía,

el patrón de la lancha los espía

con la inquietud celosa de la dueña

que teme una nocturna alevosía.

Noche de sirimiri impertinente,

el muelle está desierto y sin turistas;

con los suestes la marina gente,

descargando la pesca iridiscente,

nos evocan gnomos surrealistas.

Todo es silencio, soledad, misterio;

nada en el exterior la paz altera;

las luces de San Telmo en la ribera

fingen lejos del puerto un cementerio

con un verde fanal: la calavera.

V

La mar, esa mujer desconocida

que un enigma profundo guarda fiel

con una esfinge oculta en su guarida;

la mar, que tiene el cielo por dosel,

es la creadora de la vida.

La mar sublime y libre como el alma,

fiera en la tempestad, bella en la calma,

al acecho le agrada sorprender,

y si de noche suele acometer

es por besar los pies de rosa al alba.

Toda la mar es una sinfonía

de líneas, de sonidos y colores,

que según es la luz así varía;

y hasta en los huracanes, los livores

de los relámpagos son melodía.

La mar entera está en la caracola

como la música de un sí bemol,

nota fundamental es de la ola

la vaga majestuosa que aureola

el arco iris de la luz del sol.

Hombre libre que adoras a la mar,

acuérdate de Shelley, el gran poeta

que un día de ciclón con su goleta

como un albatros se lanzó a alta mar

para morir soñando como esteta.

La luna plañidera,

proxeneta errabunda y hechicera,

a la mar la transforma en aguafuerte;

luz y sombra, vida y muerte,

misterio y claridad, sueño y quimera.

Pero si la galerna la enfurece,

es una madre que se vuelve loca,

destruye cuando besa y cuanto toca,

y el hijo que más ama, aquél perece

oyendo a la sirena de la roca.

Todos los ríos no van a la mar:

hay uno hermético, sigiloso y sin un canto,

un río sibilante en su hontanar,

y es amarga su linfa al paladar;

el río del dolor se llama llanto.

Las lágrimas vertidas en la mar

endulzan de las olas la amargura;

pero aquellas que van a fondear

son las perlas más ricas del collar

que el corazón regala a la hermosura.

VI

Vasto paralelogramo es la ría

que extática contempla la hermosura

del estadio con la policromía

de bateles que adornan la bahía

flameando su alegre arboladura.

La multitud se apiña en los vapores,

loa árboles, los muelles, los tejados,

ávida de admirar a los mejores

con los prismáticos escrutadores

de los ístmicos vascos encantados.

El cromatismo de las campanillas

en los jubones llevan los remeros;

bogan de dos en dos como traíllas

que ensayan con el filo de sus quillas

la recta colisión de los carneros.

Blanca es Ondárroa, verde Donostía,

Orio de cuero, Pasajes violada,

Santurce añil, azul Fuenterrabía,

la esfinge de Sestao anaranjada,

Ciervana el rojo de la valentía.

El arco iris se diluye en ellas

lo mismo que en la lluvia el sol radiante;

nos evocan erráticas doncellas

que ostentan en su frente siete estrellas

con los siete colores del diamante.

Santurce y Ciervana, los fronterizos

pueblos en el deporte advenedizos,

de la antorcha sagrada los destellos

más olímpicos y bellos

conservan en su sangre de mestizos.

Son los hijos paridos de la mar,

que en las minas, las fábricas y vides,

los músculos aceran en estas lides

que poetizan al regatear

en la aventura de los adalides.

Se alinean igual que los corceles

en el famosos Derby de carreras,

en la diestra los frágiles cordeles

de las boyas, están los timoneles

herméticos mirando las banderas.

Hay en el aire lívida expectación;

la hora de la lucha se aproxima;

tiemblan la lancha y la tripulación

latiendo con un solo corazón

al compás del honor que los anima.

Y al retumbar el bronco cañonazo,

que es la señal impuesta de partida,

sueltan la amarra dando un latigazo

y unánimes doblando el espinazo

salen a una rauda acometida.

Se lanzan las traineras como flechas

por manos invisibles disparadas;

ninguno titubea, van derechas

al blanco, murmurando las endechas

de las madres que rezan enlutadas.

Las canéforas, las roncas sardineras,

desgarradas incitan al remero

el insomnio pintado en las ojeras,

despeinadas las negras cabelleras

para ver a su novio el batelero.

Se oye el fragor de las respiraciones,

se miran, como potros, de soslayo,

se persiguen como ágiles tritones,

van muy pálidas las tripulaciones

y en sus pupilas amenaza el rayo.

Sobre el remo tendidos, azuzados

por la voz del patrón como jauría

que persigue a los tímidos venados,

los brazos tensos, de sudor mojados,

los ojos fijos en la lejanía...

Ausentes de los ¡goras! a su paso,

absortos en la fuerza de su pecho,

ahuyentando la imagen del fracaso,

de un remo que se rompe, o el retraso

de una palada del insatisfecho.

O el que vacila ante el tenaz dolor

del callo enrojecido;

o al que le amaga el mórbido temblor

del anillo inguinal ya resentido

por el nocturno ensayo agotador.

Todos temen, y hasta increpar se siente

al miedo de perder en la refriega,

al vacilar la lancha de repente,

que buscando el favor de la corriente

la boga corta a la rival que llega.

Al pasar bajo el puente de Bizkaya,

audaz y geométrica atalaya,

de ingrávida elegancia señorial,

las traineras de honor tradicional

el ritmo acrecen que el patrón subraya.

Ondárroa la famosa, rauda avanza

con su gurpil isócrono y profundo;

Orio la clásica, presto le alcanza;

Donostia lleva a proa la esperanza;

Santurce es enigmático y rotundo.

La muchedumbre mira con un ojo

de cíclope que horada el horizonte;

en él destacan el azul y el rojo,

pero el blanco requiere el anteojo

para el que no domina desde el monte.

Por la ley angular de perspectiva,

la situación difiere en la observancia;

sólo la ciaboga respectiva

se puede precisar la relativa

diferencia existente en la distancia.

El patrón, dando al cuerpo el movimiento

de la trainera, con la diestra mano

lleva el ritmo imperioso del momento,

gárgola medieval que corta el viento

y agarrado al timón es un tirano.

Todos están de espaldas a la meta,

menos él, que la ve como ideal

que florece en el alma del atleta

que lo mismo maneja una goleta

capeando un furioso temporal.

El roce del estrobo es el ariete

que chirría cantando una canción,

hasta que en la baliza el gallardete

anuncia la virada y sin tolete

hunde el remo el proel, como un arpón.

Brama la orden: "¡Arría babor!",

y la trainera, sin rozar la boya,

vira por la ciaboga de estribor

con tanta precisión y tal vigor

que gira como un gozne en que se apoya.

Y allá va la gaviota con sus alas

rozando apenas en su blando vuelo

la oletía de verde terciopelo

que le permite exhibir las galas

que Neptuno contempla de su cielo.

Irrintzis de sirenas y pitidos,

de gritar se enroquece la garganta;

ulula el viento; los mugidos

del frenesí de todos los partidos

excitan a la mar, que se levanta.

Para verlos, el lomo se agiganta,

las cien voces del monstruo y sus rugidos

en arrullos de espuma convertidos,

al besar las amuras ríe y canta

en honor de sus hijos preferidos.

Ya se acercan las cuadrigas lanzadas

al galope corriendo desbocadas,

baja la testa, el belfo con espuma,

la pupila cubierta de la bruma

de una respiración incontrolada.

"¡Ez dut denborik galtzeko! ¡Aurrera!

¡Aurrera, mutillak! ¡Aurrera!"

Increpa el patrón con voz vertical:

"¿No veis que nos saluda la bandera?

¿No sentís palpitar a la trainera?"

El cronometro exacto, inexorable,

el verdugo del tiempo ineluctable,

pulsera de una dama con corona,

registra las paladas implacable,

segundo tras segundo y no perdona.

La muchedumbre ruge embriagada,

cada trainera se sabe ya acosada

por el aliento de la rival que llega

con cuarenta paladas, agotada

por el fuego sagrado de la brega.

Los trece remos, como trece lanzas,

se elevan en honor de la victoria,

lo mismo que platillos de la balanza

al peso justiciero de la gloria.

¡Izarra es la estrella de la esperanza!

VII
Volví otra vez la noche de aquel día

a contemplar la liza silenciosa;

la inmóvil superficie parecía

de los errantes náufragos la losa

grávida y sepulcral, plúmbea y sombría.

Salió la luna ojerosa

entre cirrus a danzar;

y con lentitud morosa

la enamorada celosa

se hundió en el fondo del mar.

La noche estaba serena

de trasparente cristal;

y la voz de una sirena

de ojos glaucos y morena

cantó a la raza inmortal.

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